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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El escritor terrorista

El caballo negro es formidable. En forma de diario, el narrador cuenta las desesperadas actividades de un exiguo pelotón de caballería por él comandado, «blancos» con «verdes» que pelean hasta la derrota contra los «rojos».

En 1949, Albert Camus estrenó en París Los justos, obra que sigue siendo un referente del debate ético sobre la violencia terrorista. El escritor se inspiró directamente en las acciones del grupo terrorista dirigido por Boris Sávinkov, que, en 1904 y 1905, asesinó al ministro del Interior y al gobernador general de Moscú, a la sazón el Gran Duque Sergei Alexandrovich, tío del zar Nicolás II.
Boris Sávinkov era por entonces un joven de 26 años, de buena familia, culto, de gustos refinados y con fama de seductor, rasgos que siempre lo acompañarían. Nacido en una población hoy ucraniana, había crecido en Varsovia y había estudiado Derecho en la Universidad de San Petersburgo, de la que fue expulsado por sus actividades subversivas. Completó sus estudios en Alemania, en las universidades de Heidelberg y Berlín. Como otros jóvenes, era un radical opositor al zarismo, y se había sumado a las corrientes llamadas nihilistas, con mezcla de ideas socialistas, antes de afiliarse al Partido Socialista Revolucionario, del que fue responsable de su brazo armado.

Andreu Nin, en un prólogo al libro de Sávinkov Memorias de un terrorista, editado en España en 1931, explica que los miembros de dicho partido no eran marxistas, sino, como dijo Lenin, burgueses con bombas en los bolsillos. El dirigente del POUM, asesinado en Alcalá por los comunistas prosoviéticos en 1937, rechaza las acciones terroristas del Partido Socialista Revolucionario, por individualistas y nebulosas, oponiendo a ellas el levantamiento colectivo de las masas obreras y campesinas, en el que Sávinkov nunca creyó.

Antes de organizar los mortales atentados y otros fallidos, ya comentados, Sávinkov había sido detenido y enviado al exilio en la ciudad de Vólogda, donde se fugó. Después de los atentados, fue juzgado y condenado a muerte, pero también se escapó y, tras pasar por Rumanía, se instaló en París.

En París escribió con pseudónimo su primer gran libro, El caballo amarillo (1909), también editado por Impedimenta, en el que, con personajes ficticios y novelizando, dio cuenta bastante exacta de sus actividades terroristas. En París, instalado en el barrio de Montparnasse, trabó amistad con artistas y escritores como Picasso y Apollinaire, quienes, en frase ya célebre, le llamaban “nuestro amigo, el asesino”.

Cuando estalló la primera guerra mundial se alistó como voluntario en el ejército francés y también fue corresponsal en el frente. Después, al producirse la Revolución de febrero, volvió a Rusia en abril de 1917 y llegó a ser viceministro de Guerra en el gobierno de A1eksandr Kérensky, que sena barrido por la Revolución de Octubre.

Sávinkov, siempre metido en fregados turbios y/o turbulentos, estuvo implicado por entonces en un golpe militar fallido y, mientras iniciaba su oposición total a los bolcheviques, fue expulsado del Partido Socialista Revolucionario.

Pero no se quedó quieto. Al contrario. Con apoyo de algunas potencias occidentales, volvió a entrar en Rusia y se puso al frente de partidas y destacamentos de caballería que se enfrentaron al Ejército Rojo en lucha muy desigual que acabó en estrepitoso fracaso. Esta es la experiencia que cuenta en El caballo negro «He decidido abandonar mi lucha contra ustedes», dijo Borís Sávinkov a los policías que le arrestaron (1923).

Volvió a Francia y dedicó sus energías a intentar aunar acciones internacionales con el régimen soviético, trasladándose a Polonia, entre 1919 y 1920, para abordar diversas tareas intelectuales y militares en la guerra que enfrentó a polacos y soviéticos. Cuando acabó el conflicto, los polacos le echaron del país, en octubre de 1921, para que no incordiara.

Borí Sávinkov, mientras no dejaba de escribir, intentó desde Francia, otra vez, orquestar alianzas antisoviéticas, se dedicó al espionaje y promovió sabotajes en La URSS.

La OGPU, la policía secreta soviética de aquel momento, le tendió una trampa. Le tenían muchas ganas. Le hicieron llegar la noticia de que fuerzas conspiradoras, bien pertrechadas, lo esperaban en el país para que se pusiera al frente de un nuevo levantamiento. Sávinkov picó y entró clandestinamente en la Unión Soviética. Fue detenido el 16 de agosto de 1924. «He decidido abandonar mi lucha contra ustedes», dijo a los policías que lo arrestaron. Trece días después fue juzgado con rapidez y condenado al paredón. Pero se libró del fusilamiento. La sentencia le fue conmutada por una pena de 10 años de prisión. Y entró en la temible Lubianka, la cárcel barroca en el centro de Moscú que sería sede de la KGB.

Durante el juicio, Sávinkov no sólo se arrepintió de sus errores y de sus crímenes, sino que proclamó su adhesión a los bolcheviques. ¿Verdad o mentira? Parece que su conversión era verdadera, al menos se conservan cartas que dirigió desde la prisión a destacados dirigentes comunistas, en las que incluso se ofrecía a ocupar cargos en el régimen soviético. A saber.

En la Lubianka siguió escribiendo. Póstumamente se publicó En prisión, un libro escrito en la cárcel. Marta Rebón y Ferrán Mateo, en la magnífica introducción a El caballo negro, cuentan que Sávinkov disponía de un despacho y que podía leer cuantos libros solicitaba. Cuentan también que incluso podía salir con escolta a dar un paseo por Moscú.

Un día, el 7 de mayo de 1925, en el curso de uno de estos paseos, dijo sentir vértigo al pasar por un puente y pidió regresar a su celda. Los escoltas descuidaron su vigilancia al entrar en la habitación, y Borís Sávinkov se arrojó por una ventana que estaba abierta. Tenía 46 años.

El caballo negro es formidable. En forma de diario, el narrador cuenta las desesperadas actividades de un exiguo pelotón de caballería por él comandado, «blancos» con «verdes» que pelean hasta la derrota contra los «rojos». Frases cortas y diálogos cortantes. La brutal violencia y las ejecuciones sumarias mezcladas con el sentimiento nihilista y apocalíptico de un alma devastada, todo sobre un fondo de intensa exaltación sensual y mística de la naturaleza y del añorado amor romántico. Una obra maestra.

Por Manuel Hidalgo

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