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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Novela movediza

«T. C. Boyle, el más histérico de los novelistas históricos, ve traducida al español su ópera prima, Música acuática

Alguien escribió que «las visiones de un hombre en movimiento son difíciles de precisar». De ser esto cierto, T. C. Boyle (Peekskill, Nueva York, 1948) es uno de esos escritores felizmente ¡mprecisables. Boyle no deja de moverse y sus numerosísimos cuentos y sus ya muchas novelas no parecen resignarse a quedarse quietos ni tranquilas en un sitio o un género. Lo suyo puede ser una saga familiar (El fin del mundo), la decadencia del sueño hippie (Drop City), la comedia de costumbres con delirio sanitario (El balneario de Battle Creek), el thriller con impostor a la Patricia Highsmith (Talk Talk) o la action-novel con aires de Roben Stone en la reciente y formidable The Harder They Come. Todo relacionado, sí, por un endiablado sentido del humor y de la peripecia, y por un obsesivo rigor histórico particularmente fascinado con las actitudes entre absurdas y poéticas de una determinada época, lo que hace de Boyle el más histérico de los novelistas históricos.

En femenino

Tras debutar con un volumen de relatos (en uno de ellos la perra Lassie se enamoraba de un coyote y abandonaba al pequeño Timmy a su suerte), Boyle, que venía de estudiar con John Cheevery John Irving en el prestigioso Iowa Workshop y de ser editado en Esquire por Gordon Lish, se estrenó en la novela, en 1981, con esta Música acuática. Las comparaciones fueron tan inevitables como automáticas: Thomas Pynchon, John Barth, Joseph Helter, Kurt Vonnegut, Donald Barthelme, Richard Brautigan… Pero, con los años, Boyle demostró ser él mismo, aunque Lorrie Moore 10 definiese, en femenino, como «una Flannery O’Connor con televisor en lugar de iglesia».

En cualquier caso, en Música acuática ya estaba todo lo que vendría y sigue viniendo: las piruetas de alguien a quien cabe aplaudir como a un freak feria con habilidades de domador de leones y pericia de trapecista sin red y sonrisa triste de payaso asesino. Aquí —finales del siglo XVIII—, un explorador escocés de nombre improbable pero verídico, Mungo Park, se pierde y se encuentra en las márgenes torcidas del africano río Níger mientras un ficticio estafador y comerciante de caviar falso y ladrón de cadáveres, Ned Rise, patea Londres en busca de algún incauto. Y claro: Park y Rise no tardarán en cruzar sus destinos con modales mucho menos elegantes y trascendentales que Stanley y Livingstone.

Lo que digo es ridículo

Jamás se ha sabido con exactitud cómo y dónde y por qué Mungo Park desapareció para siempre entre las sombras del continente negro. Pero Boyle —aunque muy documentada, Música acuática desborda de verosímiles improbabilidades históricas y cronológicas, incluyendo retornos desde la muerte— tiene más de una buena idea al respecto porque, como advirtió en una entrevista en The Paris Review: «No se puede escribir más de quinientas páginas sin inventar algo… Un montón de personas mal interpretan lo que digo porque lo digo con cara seria. Pero la mitad de lo que digo es ridículo. Después de todo, Jesucristo siempre ha sido mi modelo a seguir».

Los años ponen a Park y a Rise en su sitio, como, leída desde el ahora mismo, han puesto en sujusto lugar a Música acuática; y nos hacen comprender que hay ocasiones en las que si bien el alumno no supera al maestro, sí empieza a adelantarlo.

Pienso aquí y ahora en Mason y Dixon, de Pynchon.

Es decir: pienso a lo grande en dos grandes.

Por Rodrigo Fresán.

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