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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«El inicio de la primavera», en ACE Prensa

El inicio de la primavera es la segunda obra de Penelope Fitzgerald que Impedimenta nos ofrece en la acertada traducción de Pilar Adón.

Hace poco descubrimos a la escritora inglesa Penelope Fitzgerald (1916- 2000) gracias a una novela inolvidable, La librería (ver Ace – prensa, 5-05-2010), secreto homenaje al mundo de los bibliómanos y un ejemplo indudable de cómo, a partir de la más humana cotidianidad, se puede levantar una narración llena de ironía, humor, ternura e, incluso, de franca emoción.

Fitzgerald, es cierto, no forma parte del canon de los grandes novelistas ingleses del siglo XX, pero sí se sitúa en el centro mismo de otra tradición muy británica, la de los minors: escritores que, sin llegar a la genialidad, son capaces de crear mundos literarios precisos y creíbles, llenos de humanidad. El inicio de la primavera es la segunda obra de Penelope Fitzgerald que Impedimenta nos ofrece en la acertada traducción de Pilar Adón. El lector atento identificará de inmediato muchas de las características del estilo de la autora: el uso de la elipsis, la economía de medios, los guiños a la co media social, el uso de una fina ironía y de una concepción moral del mundo. Como elemento novedoso, en esta ocasión Fitzgerald se aleja del tradicional mundo inglés en la ambientación de la novela, llevándonos a la Rusia de principios del siglo XX: concretamente, un Moscú con aires de aldea a punto de entrar en la revolución. Frank, el protagonista, un joven empresario inglés que intenta llevar adelante una imprenta en Rusia, se despierta una mañana con la sorpresa de que su mujer –también inglesa– y sus tres hijos le han abandonado. En un giro muy fitzgeraldiano, la pregunta que inaugura la novela es: ¿por qué le ha sucedido esto a Frank? ¿Por qué se ha marchado toda su familia para que luego, más tarde, regresen, asimismo sin dar explicaciones, sus hijos? Al igual que sucedía en La librería, la comedia social se asienta sobre la retahíla de personajes que rodean a Frank y que se encuentran tan atónitos como él: personajes grotescos e ingenuos, tristes y enloquecidos, ambiciosos y nobles. De fondo, Moscú y las vísperas de la revolución, pero también el frío, la nieve y el hielo en la proximidad de la primavera, símbolo de la esperanza y de la transformación.
Nunca, ni siquiera en los pasajes más sombríos de la novela, se puede decir que Penelope Fitzgerald sea una autora que reniegue de la esperanza. Nunca, tampoco, podemos decir que sea una escritora sin encanto. Hablar de esperanza y de encanto me parece un buen modo de definir esta novela que se lee con interés y agrado sumo.

Daniel Capó.

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