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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Francia combatiente. De Dunkerque a Belfort», de Edith Wharton

Edith Newbold Jones Wharton (Nueva York, 1862-Saint-Brice-sous-Fôret, 1937) escritora norteamericana con vocación europea, nació y vivió en ambientes aristocráticos de alto nivel económico. Su conveniente matrimonio a los veintitrés años con E. R. Whart…

Edith Newbold Jones Wharton (Nueva York, 1862-Saint-Brice-sous-Fôret, 1937) escritora norteamericana con vocación europea, nació y vivió en ambientes aristocráticos de alto nivel económico. Su conveniente matrimonio a los veintitrés años con E. R. Wharton, mucho mayor que ella, acabó en divorcio tras veinte desafortunados años. Empezó a publicar a los veintinueve, lo que la convertía en punto discordante en un mundo superficial y elegante, mundo que diseccionó en sus novelas, siguiendo la sugerencia de James, sobre que debía escribir de aquello que conocía: «the first hand account is precious»: Lo importante es contar aquello que hemos vivido, aquello que conocemos muy bien; hablar de lo que sabemos. Y lo que Wharton conocía perfectamente era la alta sociedad neoyorquina, que tan magistralmente plasmó en La edad de la inocencia.

Acostumbrada desde niña –como buena aristócrata cosmopolita- a pasar temporadas en Europa con su familia, y luego con su marido, continuó haciéndolo hasta instalarse en París, en la Rue de Varennes. El comienzo de la guerra, recién divorciada, la encuentra en su amada Francia.

Wharton colabora activamente en lo que una mujer de su edad (cincuenta y dos años) podía colaborar: la asistencia caritativa, una labor hospitalaria, y, como escritora, su pluma al servicio de la causa. Recibe una misión de la Cruz Roja: inspeccionar los hospitales del frente y se lanza a ello con su ímpetu habitual, y que Henry James apodaba «tornado». Resultado fueron estos textos, publicadosen la revista Scribner’s y posteriormente se agruparon en este volumen, casi a modo de diario de viaje.

El libro, con una cuidada y bien presentada edición de Impedimenta, se divide en seis capítulos, agrupados por las zonas visitadas, y precedidos de una introducción de Yolanda Morató, que sitúa muy bien el papel de la autora en el momento literario y en su momento vital. No sabemos bien quién acompaña a la autora en su viaje; en la foto, incluida en el libro, hay dos oficiales desconocidos y un señor con gorra, -quizá su chófer- discretamente apartado y sujetando el guardapolvos que ella probablemente no habrá querido ponerse para la foto. Sí sabemos que la mayoría del viaje se realiza en automóvil y que recorre la línea del frente de parte a parte, como especifica el subtítulo: de Dunkerque a Belfort. Y lo hizo sin miedo, o mejor dicho, con valentía –que no es lo mismo- porque llegó a estar en puntos desde donde veía, a cien metros, las trincheras alemanas y los impactos de artillería caían muy cerca de ella. Entró en pueblos que acababan de ser bombardeados, visitó los más extraños lugares reconvertidos en hospitales: una iglesia, una inmensa bodega, etc.

El primer capítulo del libro narra sus impresiones sobre el París que acaba de recibir la orden de movilización general. Los demás son más bien un diario de campaña, y aunque seguimos captando retazos de una gran escritora en algunas de sus descripciones o comparaciones felices, es en este comienzo del libro en el que nos hace sentir qué ha pasado en París. En una nación como la francesa, París es el símbolo que recoge a Francia entera. Y la descripción de la imagen de la ciudad ya nos manifiesta la imagen y el espíritu de Francia.

El último día de julio de 1914 Wharton sale de Poitiers hacia París, pasando por Chartres, en un momento en el que el sol inundaba de luz las vidrieras de la catedral y se creaba esa hora mágica en la que su interior resplandece y emociona. Llega a París al anochecer, en la hora azul: «se podía percibir cómo palpitaba el Sena con el brillo azul-rosado del primer Monet(…) La gran ciudad,-nos dice- erigida para la paz y el arte y para todas las cualidades inherentes a la condición humana, parecía yacer junto al río como una princesa custodiada por el cuidadoso gigante de la Torre Eiffel». Después nos cuenta cómo la ciudad se va acomodando a la normativa de guerra, se ven los trenes militares de reclutamiento, los residentes extranjeros –ella misma- han de pasar una serie de trámites engorrosos, surgen una serie de dificultades, pero a primera vista, la ciudad parecía ignorar la guerra: París se negó a evidenciar en su seno cualquier representación de la guerra, y alimentó el patriotismo de sus hijos mediante el simple despliegue de su belleza.

Claro que esto no podía continuar: y pasados unos meses empiezan a llegar los heridos… y los refugiados. Nadie que haya cruzado en alguna ocasión su mirada -nos dice- con la del desconcierto mudo o con la que emana del horror intenso y continuado, una mirada cargada de imágenes de llamas y ruinas, podrá quitarse jamás de encima la obsesión por los refugiados.

Tras esos primeros meses en París, Wharton se marcha a inspeccionar hospitales por todo el frente. La primera zona es la de Argonne, de la que destaca las inmensas aglomeraciones de heridos en espacios que apenas podían admitir a la mitad de ellos, y que se hacinaban angustiosamente y sin poderle poner remedio. La visión de los espacios vacíos, de los pueblos bombardeados y solitarios, las filas de soldados fluyendo en una dirección u otra, avanzando por el barro y el polvo, estas impresiones destaca en su reportaje. Tras Argonne, se desplaza hacia Lorena y Los Vosgos, en mayo de 1915. En Metz visita un gran monasterio convertido en hospital, donde las hermanas van desplazando las camas de los enfermos según van siendo bombardeados. Je promène mes malades, dice la hermana Theresia. En otra parte, se internan en la zona de trincheras, y llegan a cien metros de las alemanas: por unos instantes, – confiesa la autora- una vez más, se apoderó de mí la impresión de que nos acechaba el mal, omnipresente e invisible.

En junio van hacia Normandía, zona defendida por las tropas británicas e indostánicas, viaja a Dunkerque y Niuepoort y cree encontrar allí la reproducción de la imperturbable e impecable Inglaterra, aunque cuando suenan los cañones el ejército funciona como tal y deja de lado la preocupación por la limpieza y por el té y se lanza a defender un país que no es el suyo. La desolación del pueblo de Ypres, el más bombardeado de todos por su lugar estratégico, se lee en unas páginas impactantes.

En agosto recorre Alsacia, visitando en el pueblo arrasado y vacío de Thann, una antigua bodega, ahora hospital y refugio de los vecinos cuyas casas ya no existían. Y en otra parte, también se acercan a la línea fronteriza, en medio de una densa lluvia, chapoteando en el barro como los soldados que les rodeaban. Llegan hasta Belfort, punto final del recorrido.

El tono general que nos transmite Wharton es el de admiración por el patriotismo de una nación. En el capítulo final, a modo de reconsideración, intitulado El espíritu de Francia, habla del élan vital, el ímpetu: «la actitud de los franceses, después de catorce meses de sufrimiento, no es de sumisión ante esta catástrofe sin precedentes, sino de exaltación, de energía, de renovada determinación para poner fin al desastre.(…)A nadie se le ocurriría enfrentarse a una inundación o a un terremoto con una bandera blanca.(…) Y la muerte a la que de verdad temen los franceses no es la que pueda producirse en las trincheras, sino la que sobrevendría tras la extinción de su ideal de nación». Como anglosajona y como aristócrata, educada para ocultar y reprimir sus impulsos y mantener sus manners, sus modales, le sorprende agradablemente descubrir que los franceses no son así: «ese don consistente enexpresar sin miedo las emociones ha constituido una de las grandes fortalezas de Francia». Quizás estas afirmaciones, aplicables a otros países como Italia o España, no dieran los mismos resultados, pero entendemos que la autora escribe y publica en plena guerra, y sus emociones contenidas se derraman en animar y levantar ese impulso patriótico. No en balde le fue concedida la Cruz de la Legión de Honor por su apoyo a la causa francesa.

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