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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El corazón de la epidemia

Impedimenta recupera el 'Diario del año de la peste' de Daniel Defoe, una obra fundamental en la que el autor de 'Robinson Crusoe' relata con objetiva precisión los sucesos que sacudieron Londres en 1665

Las epidemias de peste bubónica acabaron con el 60% de la población de Europa durante el siglo XIV, pero sus estragos fueron bastante más allá. En 1665 se declaró en Londres otra epidemia del mismo mal, procedente de Holanda. Los efectos fueron devastadores y más de 100.000 personas perdieron la vida en el envite (a principios del siglo XVII la población de la ciudad se estimaba en 200.000), una catástrofe de la que la urbe sólo pudo reponerse con el advenimiento de la Revolución Industrial. Por entonces, Daniel Defoe era un niño de 5 años que vivió la tragedia en directo. Mucho después, en 1722, nuestro hombre era un sesentón que se había retirado tanto del oficio de periodista (en 1704 fundó The review, lo que le convirtió en padre del periodismo británico moderno) como de otras ocupaciones dudosas (ejerció de agente secreto a favor de los whig y contra los tories, partido en el que había militado anteriormente), de las que había obtenido notables réditos económicos, y que disfrutaba del éxito de sus novelas, especialmente Robinson Crusoe (1719). Aquel año, Defoe decidió recuperar su filón periodístico y contar lo que podía ser contado sobre aquel espanto que vivió de niño, tanto a partir de su experiencia como de la consignación de las más diversas fuentes. El resultado fue el Diario del año de la peste, una de las cimas indiscutibles de la literatura inglesa, que cuenta entre sus rendidos admiradores con Gabriel García Márquez y Samuel Beckett y que acaba de publicar la editorial Impedimenta, para alborozo de quienes llevaban años buscándolo en España, con traducción a cargo del argentino Pablo Grosschmid.

El lanzamiento constituye un verdadero hito editorial, dada la dificultad para encontrar la obra en castellano. Bruguera publicó dos ediciones en 1983 y 1985 de la traducción canónica de Carlos Pujol, la misma a la que recurrió el sello Alba para su edición de 2007, que pasó sin demasiada gloria por las librerías. Ahora, Impedimenta pone en circulación, al fin, una nueva traducción con una distribución amplia y una cuidada puesta en página que resulta una delicia tanto para quienes conocen la obra y desean volver a sumergirse en ella como para quienes se enfrentan por primera vez a sus páginas.

En buena medida, el Diario del año de la peste representa como pocos libros la transición del Barroco a la Ilustración. Con escrupulosa vocación de cirujano, Defoe se limita a narrar, de manera aséptica, lo que ocurrió sin más, acudiendo a las cifras para ilustrar de manera vehemente sus terribles (por realistas) descripciones. Si en el Barroco la muerte era un suceso enigmático, misterioso, propicio para las lecciones morales, macabro y dado a la fusión con el humor y lo popular mediante danzas, aquelarres y mojigangas, en el Siglo de las Luces se va a convertir en un objeto de estudio científico, sobre el que arrojar luz para la dilucidación de las más diversas claves. El autor de Moll Flanders desarrolla la técnica del diario para narrar los hechos con una magistral distancia, pero quizá precisamente por ese tono documental lo que cuenta mueve a las emociones más directas. Abundan en el libro padres que abandonan a sus hijos infectados, ricos y nobles que se instalan en sus casas de campo contraviniendo las órdenes municipales y extendiendo alegremente la epidemia fuera del cerco de la ciudad, casas tapiadas a cal y canto con los dolientes abandonados a su suerte en el interior, ladrones y malhechores que interpretan el contagio como un castigo divino por sus delitos, predicadores que sacan provecho de la epidemia para sus negocios y cuadros de diagnóstico detallados con información precisa sobre calenturas, indigestiones, tabardillos, afección en los dientes, bubones y tumores. Las escenas sobre amontonamiento de cuerpos y atención a los enfermos en las parroquias resultan desoladoras. Si Defoe inventó el periodismo moderno, también cabe decir lo propio sobre la literatura, en la medida en que demostró que la expresión más radical de la realidad puede superar los alcances estéticos de la ficción. Y tuvo razón.

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