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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La novela de la semana | Jean Giono: Un rey sin diversión

La diversión es para el lector, sin duda, que avanza encantado por esta novela que parodia al género negro desde el virtuosismo de la prosa de Giono.

¿Quién puede sustraerse al asombro de Jean Giono? A la lectura himnóptica de El hombre que plantaba árboles se une, por fin, gracias a la traducción de Isabel Núñez y el atrevimiento del editor Enrique Redel, la extraordinaria Un rey sin diversión (Impedimenta). La diversión es para el lector, sin duda, que avanza encantado por esta novela que parodia al género negro desde el virtuosismo de la prosa de Giono (Manosque, 1895-1970), magnífica ya desde la primera página con la descripción del hayedo:

Frédéric tiene la serrería en la carretera de Avers. Ha sucedido en ese oficio a su padre, a su abuelo, a su bisabuelo, a todos los Frédéric.

La serrería está justo en la curva, en la horquilla, al borde de la carretera. Allí se yergue un haya; estoy convencido de que no existe ninguna tan bonita: es el Apolo citaredo de las hayas. No es posible encontrar en un haya, ni en ningún otro árbol, una piel tan lisa ni de color más bello, una anchura más exacta, proporciones más justas, ni más nobleza, gracia y eterna juventud. Es exactamente Apolo, piensa uno nada más verlo, y sigue pensándolo incansablemente al mirarlo. Lo más extraordinario es que pueda ser tan hermoso y al mismo tiempo tan sencillo. Está fuera de duda que ese árbol se conoce y se juzga. ¿Cómo tanta justicia podría ser inconsciente? Bastaría un escalofrío de cierzo, un mal uso de la luz del atardecer, un voladizo en la inclinación de las hojas para que la belleza, desmoronada, dejara de ser sorprendente.

La primera de las célebres “Crónicas” de Giono, escrita en 1946, puede definirse como asombrosa, oscura, sensual. El narrador creado por el novelista-pacifista relata un siglo después de los hechos una primavera llena de cadáveres en Chichiliane, en la Provenza, a donde el capitán Langlois, con su pipa y sus pantuflas, con su monstruosidad y su compasión. Con él permanecerán con el lector para siempre la coscolina de Grenoble apodada la Salchicha, que regenta el Café de la Travesía, el soltero y salvaje Bergues, el guapo cura de espalda ancha como el portón de la iglesia.

Su traducción –y el entusiasmo para su publicación– es obra de Isabel Muñoz, quien acerca de Un rey sin diversión explica en el artículo en la revista Turia, Jean Giono, humor, poesía y nieve, la complejidad de traducir a un clásico como Giono:

Es un libro maravilloso, pero ¡ay!, un desafío para el traductor, lleno de modismos provenzales, de palabras inventadas o forzadas para decir lo que Giono necesite decir, en su hábil mezcla de exigente lenguaje poético y lengua popular y agreste. A veces, una página exige más de un día de búsqueda, pues los jeroglíficos se acumulan y su ingenio requiere soluciones a la altura en castellano.

No queda más que agradecerle su opasión, y por supuesto también a Impedimenta, editorial con una especial sensibilidad a la hora de rescatar los grandes nombres olvidados de la literatura del siglo XX.

Por Juan Carlos Rodríguez

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