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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Trabajar para escribir

Nuestro llorado amigo y compañero de páginas («colega y sin embargo amigo», como solía decir otro colaborador de este suplemento, hoy jubilado), el novelista, crítico e insaciable lector Félix Romeo, es el traductor de la obra que comentamos [...]

Nuestro llorado amigo y compañero de páginas («colega y sin embargo amigo», como solía decir otro colaborador de este suplemento, hoy jubilado), el novelista, crítico e insaciable lector Félix Romeo, es el traductor de la obra que comentamos, y quizá también el autor del título es pañol, que convierte el original italiano Mestiere di scrittori en otro más audaz y expresivo: Trabajos forzados. Un proyecto que podría haber sido brillante y que, quién sabe por qué, acaba siendo fallido. Como un brillante cohete que no acaba de dar en el blanco. Trabajos forzados trata de un tema complicado y quizá escandaloso: el hecho de que de todas las profesiones artísticas (por no decir de todas las
profesiones en general), la literaria sea la única cuyos profesionales so lo en muy contadas ocasiones pueden vivir de su trabajo. Sin embargo la autora, Daria Galateria, no se plantea las implicaciones éticas o estéticas que entraña esta situación. Si acaso la tesis del libro, nunca del todo explícita aunque insinuada
muchas veces aquí y allá, es que para los escritores es una gran suerte tener que realizar todo tipo de trabajos estúpidos y tediosos, ya que esta experiencia «humana» les hace acercarse a la gente, les da «libertad- creativa y, de maneras a veces realmente misteriosas, les ayuda en su tarea literaria. Charles Bukowski trabajó durante muchos años de cartero y se quejaba de que «el empleo postal lo había matado», aunque lo cierto, observa la autora, es que su trabajo de cartero coincidió con su encuentro con John Martin, que sería providencial en su carrera literaria. Boris Vian, ingeniero de profesión, trabajaba en la Asociación Francesa de Normalización, agencia dedicada a regular y homogeneizar todo tipo de cosas estúpidas e innecesarias, y de esta experiencia surge esa parodia letal de la burocracia y del trabajo administrativo que es Vercoquin y el plancton. Cuando Carla Emilio Gadda, que era también ingeniero de profesión, tuvo la oportunidad de dedicarse íntegramente a la escritura, se dio cuenta de que escribir era para él una pesadilla y que le aburría a muerte. Bohumil Hrabal hacía trabajos que no le gustaban e iban en contra de su naturaleza, «ya que así podía superarse y obligarse a observar la realidad con una lente deformada y fantástica». La autora asegura, en fin, que «normalmente, las horas perdidas con los trabajos alimenticios trabajan subterráneamente, y al final casi siempre afloran en las obras maestras de los escritores». Cuando Gorki trabajaba como descargador en el Volga era, aparentemente, muy feliz, pero luego tenía que escribir dos artículos al día y este trabajo le parecía «agotador».
Colette no desempeñó otros oficios para mantenerse -recoge Galateria-, pero usó su fama para ganar dinero. Por ejemplo, fabricó y vendió productos de belleza con su nombre.
Ingeniero de profesión, Boris Vian (a la izquierda) trabajó en la Asociación Francesa de Normalización, labor en la que se basó para escribir «Vercoquin y el plancton», parodia letal de la burocracia.

Sí, ciertamente Trabajos forzados es un libro extraño. A través de los veinticuatro escritores elegidos, va creando una imagen de la profesión literaria bastante peculiar, como si escribir fuera algo que se hace a ratos perdidos y que, en caso de convertirse en el centro de la actividad, solo produce aburrimiento y agobio. Virginia Woolf ya dijo con toda claridad que lo que necesita un escritor para escribir es dinero y una habitación propia, es decir, tiempo y espacio, libertad y silencio. Anécdotas aparte (y se pueden encontrar anécdotas para apoyar casi cualquier cosa), esto es lo que los escritores de verdad necesitan y desean.
Una de las escenas del libro que más me conmueven es la de Jean Giono, que durante sus paseos siempre se desviaba para contemplar el banco en el que había trabajado durante dieciocho años, como para asegurarse, nos cuenta, de que aún seguía allí. Me recuerda a una anécdota contada por Juan José Millás, que después
de dejar su trabajo en Iberia a veces pasaba por Velázquez para contemplar los edificios en cuyos despachos había trabajado
tantos años. Ambas escenas están separadas por más de medio siglo, pero son idénticas en su significado.
Trabajos forzados está escrito con un estilo muy condensado y está lleno de información interesante y pintoresca. La portada, como suele ser característico en Impedimenta, es preciosa.

Por Andrés Ibañez

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