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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«El ruletista», en El perseguidor

Siempre recordaré aquella escena en la que Cristopher Walken entraba en un antro de Saigón ataviado con un pañuelo rojo en la cabeza. Nick que así se llamaba el personaje que interpretaba, acaba siendo un adicto jugador de la ruleta rusa, porque no le queda nada, porque ha perdido hasta la consciencia.

El cazador (The deer hunter) de Michael Cimino es una epopeya sobre tres inmigrantes rusos que trabajan en la industria siderúrgica de Pennsylvania: Michael, Nick y Steven, cuyas rutinarias y felices vidas se transforman de modo irreversible en medio de la trágica devastación de la Guerra de Vietnam. Allí son capturados por el Vietcong, los cuales mantienen a los presos en condiciones infrahumanas y les obligan a jugar a la ruleta rusa apostando a ver cuál de ellos sobrevivirá. Logran escapar, pero la experiencia les produce heridas físicas y psicológicas que les marcarán en su regreso a casa. Esta película nos habla de la amistad y del horror de la guerra. Ambos mundos unidos de forma brillante con el juego de la ruleta rusa.
El otro día, tras acabar de leer el relato de El ruletista de Mircea Cărtărescu, afloró en mí la misma sensación que tuve al ver por primera vez esta película. La fascinación me duró al menos una semana. No era capaz de expresar con palabras lo que interiormente había causado la historia que me habían contado. Al igual que en la película en el texto nos cuentan la historia de El ruletista, este personaje, que por dinero, se deja seducir por los llamados patrones y que al ver que la suerte le acompaña en el juego, acaba convirtiéndose en un adicto por la ambición de querer ganar cada vez más.
Mircea Cărtărescu, escritor Rumano candidato al premio Nobel, critica a esta sociedad morbosa que ha perdido sensibilidad ante el sufrimiento. Estamos tan acostumbrados a ver las desgracias ajenas en televisión, que nos hemos vacunado contra el dolor y nos da igual. Cărtărescu se adentra en las miserias más profundas del ser humano, con la sutileza de un gran escritor que sugiere más que muestra.

Por Eduardo Boix

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