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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El corte (de cuello) inglés. «La juguetería errante»

«Impedimenta acaba de emprender la publicación la saga de Gervase Fen con La juguetería errante, aunque ya han anunciado su bendito propósito de colocar nuevos títulos en los estantes en cuanto les sea posible. ¡Benditos sean Crispin, Fen y los intrépidos editores de Impedimenta!»

Al ser interrogado por el mejor de sus ‘hobbies’, el muy ‘british’ de Edmud Crispin [1921-1978] solía salir por peteneras de lo más definitorias. “Nadar, fumar, leer a Shakespeare, tocar el órgano [el instrumento musical, se sobrentiende], escuchar óperas de Wagner y Strauss, vaguear y mirar a los gatos”. Sin embargo, Mister Crispin odiaba a los perros, las películas francesas, las películas inglesas modernas, el psicoanálisis, las novelas policiacas psicológicas y realistas y el teatro contemporáneo.
Ahí queda eso. ¿Alguien da más? La verdad es que, aun sin conocerle y sin ninguna posibilidad para que eso ocurra [por lo menos en esta perra vida], el tipo cae más que bien. Dan incluso ganas de mantener con él un careo frente a unas pintas en cualquiera de los numerosos pubs que llevan camino de convertir esta España nuestra en una ‘Pequeña Inglaterra’ de ‘fish’, ‘chips’ y birra más fría que caliente. Un acabóse.

Sin embargo, lo que mejor explicaba al señorito Crispin son las ocho novelas y el libro de relatos desternillantemente ‘noria’ que publicó en vida, firmados todos ellos con el mismo seudónimo. En realidad, bajo ese Edmund Crispin de curioso apellido se ocultaba Robert Bruce Montgomery.
[foto de la noticia]

¿Y quién era el bueno de Monty?, se preguntará más de uno. Pues el papá putativo de Gervase Fen, el estrafalario profesor de Oxford y detective aficionado que protagoniza sus relatos. E Impedimenta [otra de esas pequeñas editoriales a tener muy en cuenta; es decir, de las que dejan a las grandes a la altura del betún] acaba de emprender la publicación la saga de Gervase Fen con ‘La juguetería errante’, aunque ya han anunciado su bendito propósito de colocar nuevos títulos en los estantes en cuanto les sea posible. ¡Benditos sean Crispin, Fen y los intrépidos editores de Impedimenta!

La palmó Monty por culpa de un ataque al corazón en el 78, aunque había dejado de escribir novelas, vayan ustedes a saber por qué, unas tres décadas antes. Bienvenida sea ‘La juguetería errante’ como chupinazo de las horas de placer que se avecinan frente a la prosa de clásico de la novela de detectives con acento netamente inglés. Para el ‘New York Sun’, de hecho, las novelas de Crispin solo podrían ser más ‘british’ si vinieran acompañadas de ‘fish and chips’. En el ‘Washington Post’, por su parte, lo tenían aún más claro con respecto a este pedazo de bomba detectives: “Hilarante… Estamos ante una de las novelas más entretenidas jamás escritas”. ¿No se lo creen? Pues juzguen ustedes mismos. Ahí va el arranque:

Richard Cadogan sacó su revólver, apuntó con cuidado y apretó el gatillo. La explosión rasgó el silencio del pequeño jardín y, como las ondas concéntricas que van haciéndose cada vez más grandes cuando una piedra cae en el agua, generó alarmas y perturbaciones de intensidad progresivamente menor a lo largo de todo el barrio de St. John’s Wood. De los árboles cenicientos, con sus hojas pardas y doradas en el atardecer otoñal, se elevaron bandadas de pájaros asustados. En la distancia, un perro comenzó a aullar. Richard Cadogan se acercó lentamente a la diana y la escudriñó con gesto resignado. No había ni rastro de marca de ningún tipo.

—He fallado —dijo pensativamente—. Extraordinario…

El señor Spode —de Spode, Nutling & Orlick, editores de literatura de primera categoría— hizo tintinear algunas monedas en el bolsillo de su pantalón, seguramente para llamar la atención.

—El cinco por ciento de los primeros mil —apuntó—. Y el siete y medio por ciento de los segundos mil. No vamos a vender más de eso. Sin adelanto. —Y tosió de mentira.

Cadogan regresó a su posición inicial, inspeccionando el revólver y frunció levemente el ceño.

—Uno no debería apuntar, desde luego —dijo—. Debería uno disparar sin apuntar. Era delgado, de rasgos afilados, con cejas superciliares y unos gélidos ojos negros. Esta apariencia calvinista suya contradecía su carácter, puesto que en realidad era un hombre muy amigable, poco envarado y romántico.

Por Marga Nelken

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