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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El autor que se ganaba la vida como contable

No solo de pan vive el hombre, pero de pan también; ni siquiera los genios de la literatura pueden sustraerse de esta certeza. Por eso no escasean ejemplos de escritores que, ajenos a su vocación y preferencias, se han entregado a los oficios más diversos: carteros, vendedores de bisutería, fogoneros, cazadores de ballenas, almaceneros...

Curiosamente, la mayoría de los autores que figuran en ‘Trabajos forzados’ coincidían en quejarse de que la escritura era la tarea más agotadora de todas. Algunos ejemplos: Maxim Gorki creció víctima de las palizas y de las necesidades. Un día su abuelo le dijo: «No puedes estar para siempre pegado al cuello de tus familiares. ¡Ve a ganarte el pan!»
Tenía once años y acababa de perder a su madre. Se fue de casa. Se empleó en una zapatería de señoras, se enroló como pinche en un vapor, cazó pájaros canoros para venderlos en el mercado, se empleó con un delineante, trabajó en una fábrica de galletas, fue descargador en Odessa y pescador en el Mar Negro, entre otras cosas. Al fin, uno de sus relatos fue publicado en un periódico. Entonces, comenzó una fortuna literaria que sorprendió, sobre todo, al propio Gorki. En cierto momento, se encontró en la obligación de tener que escribir dos artículos al día. Entonces, él, que atesoraba un currículo extenuante, declaró que aquel trabajo «era superior a sus fuerzas».
«Los hombres sin trabajo madrugan/ bloqueados/ con sus hermosas mujeres descoloridas», escribió Charles Bukowski. Como Gorki, desempeñó numerosos oficios: empaquetador, almacenero y, durante años, cartero. Según un amigo suyo, se quejaba de que el servicio postal lo había matado. Sin embargo,
allí conoció a alguien de una importancia definitiva: John Martin. Este hombre, administrador de una empresa de registro de oficinas, publicó en 1966 en forma de ‘plaquettes’ algunos poemas de Bukowski, y después una colección entera de sus creaciones. El éxito no se hizo esperar. Aún así, para ganar algo más de dinero, dio conferencias. «Al principio, estaba aterrorizado, bebía y vomitaba todo el día; después era divertido e impresionante, con su metro ochenta, barriga de amante de la cerveza y la enorme nariz violácea. Mientras hablaba, bebía, y cuanto más bebía más crecía su hostilidad hacia el público», apunta Galateria. «Es más fácil trabajar en una fábrica. Allí no hay tanta presión», llegó a confesarle a un amigo.
Quizá para compensar lo extenuante que podía resultarles la creación literaria, muchos preferían emplearse en asuntos o negocios mecánicos y distantes. George Perec, ni aun después de haber alcanzado cierta fama, quiso dejar su empleo de subalterno de documentalista en un laboratorio
médico. Sus compañeros de trabajo lo miraban perplejos. Le propusieron un ascenso si se reciclaba como informático, pero lo rechazó. «Pensaba que si para un escritor es peligroso hacer carrera, todavía era peor depender de la escritura para vivir», escribe Daria Galateria. Eliot renunció a enseñar en Harvard para ser empleado de banca.
«Cuando un editor descubrió que el mejor poeta americano era además un buen contable, creyó que aquello era un sueño, y le confió su empresa», afirma la ensayista.

Acercarse al mundo

No faltan, entre los reflejados en este estudio, quienes creían que «la literatura los alejaba de los hombres». Por ello, «muchos escritores utilizan sus trabajos para acercarse a la gente común». En este sentido, uno de los paradigmas lo constituye George Orwell, que en 1928 renunció a la Policía birmana. «Sentía que, si quería convertirse en escritor, debía desistir de todos sus privilegios, coloniales y de clase, y conocer la vida de los marginados. Vendió sus abrigos y soportó heladas rodeado de vagabundos, que no lo rechazaron –como él temía– a pesar de su acento de Eton», recuerda. «Aprendió que, tras pasar catorce horas limpiando platos o siendo portero en Les Halles, no se tienen ganas de lavarse ni tiempo para pensar, y se pierde poco a poco la conciencia del mundo exterior», añade. En definitiva, experimentó
las vivencias que, en 1933, convirtió en ‘Vagabundo en París y Londres’. Lawrence de Arabia también durmió con los vagabundos. Quiso «confundirse con sus semejantes» y escribió ‘Los siete pilares de la sabiduría’ trabajando sin horarios y comiendo en las estaciones. Jack London no se queda atrás en lo referente al exotismo de los empleos que se vio obligado a desempeñar: cazador de ballenas en el Ártico, engrasador en la sala de máquinas de una compañía de tranvías; trabajador en una lavandería…
hasta que, por fin, y tras haberse presentado a varias ofertas de empleo sin éxito, le pagan cuarenta dólares por una novela. Con el dinero alquila una máquina de escribir.
Justo entonces le llaman para un plácido trabajo en Correos. London pidió permiso para aplazar su incorporación. Como respuesta recibió una negativa y renunció al puesto. Sin duda, acertó. Llegó a ser el escritor mejor pagado de su tiempo.
El caso de Colette es muy distinto a los mencionados hasta el momento. Nunca trabajó en otra cosa que no fuera la literatura, pero usó su fama para ganar dinero en otros campos. Abrió un salón de belleza y vendió productos bajo una marca elocuente: Claudine. Sus contemporáneos la acusaron de traicionar la literatura por el comercio. Ella contestó enérgicamente en ‘Vogue’.Tampoco dudó en escribir para una peletería ni en prestar su imagen para un anuncio de cigarrillos. En cierto modo, fue una adelantada a sus tiempos. En ‘Trabajos forzados’, un libro que tradujo el recientemente fallecido Félix Romeo, la nómina de escritores citados es muy amplia y muy diversos, los empleos. Pero hay algo que comparte este grupo
de maestros: la traslación de las experiencias vividas a sus obras. No fueron escritores diletantes
sino «escritores a tiempo completo» que, por las razones que fueran, se vieron convertidos en buscadores de oro, contrabandistas o conductores de autobús.

Por Txani Rodríguez

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