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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La juguetería errante», de Edmund Crispin

El New York Sun decía que «las novelas de Crispin no podrían ser más british ni aunque vinieran acompañadas de fish and chips».

British o no –que lo es–, fish and chips incluidas o no –no estaría mal, desde luego, que acompañasen a la novela–, lo cierto es que “La juguetería errante” ha resultado ser absolutamente deliciosa: un manjar preparado a fuego lento, con la incertidumbre como condimento, y el talento como la salsa que acompaña. No sólo está bien escrita; no sólo no es pesada y aburrida; no sólo la trama está bien elaborada, al más puro estilo Agatha Christie; y no sólo está escrita con ironía, con esos puntazos de inteligencia y humor británico que caracteriza a los escritores ingleses. No sólo. Es más. Las novelas que publica Impedimenta siempre son más. Es un estado en el que habitar. Edmund Crispin nos traslada a un Oxford que, quizás, en algún lugar errante de Inglaterra, siga existiendo.

«Gervase, he de decirte algo: se me ha perdido una juguetería»

“La juguetería errante” nos plantea un puzzle: se ha cometido un asesinato y el lugar donde Cadogan, uno de los protagonistas, ha descubierto el cadaver, ha desaparecido. Lo que era una juguetería es ahora una tienda de ultramarinos. Cómo. Dónde. Quién. Por qué. Cuándo. Todas las uves dobles inglesas que nos enseñan en el colegio, a la hora de inglés, y a las que nunca prestamos demasiada atención, están presentes en este libro. La aparición del segundo personaje principal, Fen, Gervase Fen, a bordo de su destartalado coche, Lily Christine III, no sólo nos llevará a un viaje entretenido, sino que también hilarante e interesantísimo. Aquí es donde reside el arte de Edmund Crispin: saber cómo contar las cosas, saber cuándo darnos de comer a los lectores para que no protestemos demasiado y pueda él seguir su narración sin nuestros quejidos y saber, en especial, cómo mantener la tensión desde el primer capítulo hasta el último.

La paradisíaca ciudad de Oxford sirve como magnífico escenario para las travesuras y locuras de Gervase Fen, profesor de literatura e imitador de Sherlock Holmes en su tiempo libre. Y parece que Crispin eligiera a la ciudad de Oxford, fantasmal, estudiantil, literata, sabiendo de antemano que sería un gran acierto. Él, que ya había habitado en Oxford, que ya había husmeado por sus calles, que ya había correteado desnudo por lagos infestos de peces y muertos, exclusivos para hombres, cercados a la mujeres; él, que ya se había saltado alguna clase, algún que otro seminario, que quizás se había cruzado con más de un perro moteado, con más de una Leeds o un Mold, que ya había escarbado en la suciedad de los borrachos de los pubs; él, que ya había robado latas de comida de ultramarinos falsos, que ya había chocado de frente y de lado con trenes de juguete apolillados, que ya había derrochado dinero en bicicletas robadas y en cottages deshabitados; él, que quizás se había cruzado con una Iris Murdoch que le enseñase todas las palabras del diccionario y le dijese “así, en la escritura así, Monty –porque su verdadero nombre era Bruce Montgomery–, usa bien las palabras y ellas te harán grande”, por los pasillos enladrillados de algún College enamorado y harto; él, eligió Oxford porque es la cuna del conocimiento, y centro de gravedad del misterio. Allí, en ese Oxford que pocos conocen bien, entre esas brumas fantasmales que surcan puentes que apenas aprietan ríos, Edmund Crispin, Bruce Montgomery y Richard Cadogan, de la mano del insurrecto Gervase Fen, nos cuentan una historia deliciosa mientras nos ofrecen una taza de té bien cargada con la que contener la emoción. Y también, queridos, para contener las páginas del libro, pues nunca querréis acabarlo.

«–Porque… –empezó Cadogan (…)–, porque la poesía no es el resultado o la consecuencia de una personalidad. Me refiero a que existe independientemente de tu pensamiento, de tus costumbres, de tus sentimientos, y de todo lo que configura tu persona. La emoción poética es impersonal: los griegos estaban bastante en lo cierto cuando lo llamaron inspiración. Así pues, a lo que uno se parezca no importa ni dos malditos peniques. Lo único que importa es si tienes un buen aparato receptor para las ondas poéticas. La poesía es una anunciación. Viene y se va cuando le place.»

Por Ainize Salaberri

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