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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Hablemos como pintores

Jean Giono, a través de uno de sus personajes en “Un rey sin diversión”, pide que se hable como lo haría un pintor. Hablemos como pintores. Así, decir que la sangre es hermosa.

Entiendo que hablar como lo haría un pintor es hacerlo con extrema belleza, y es así como está escrita esta novela: con la mismísima sangre de Marie Chazottes, desde su cabellera negrísima, sobre su piel blanquísima, en pimienta. Lo que parece una novela poéticamente negra se convierte, además, en una historia que va más allá de un misterio, un conflicto por resolver o una historia de silencios y preguntas. Va más allá, pero no se sabe hasta dónde.
Esta excelente edición de la Editorial Impedimenta viene traducida y prologada por Isabel Núñez, que con un texto bien trabajado y conciso arroja luz sobre algunas de las sombras que nos disponemos a encontrar en “Un rey sin diversión”. En mi caso, decidí dejarme el prólogo para el final, para ir saboreando la primera de las crónicas de Giono sin guías, sin mucha idea, a tientas. Reconozco que ha sido un error y también un acierto: me he perdido en la lectura, he vuelto, me ha seducido la prosa, he seguido adelante a pesar de las diferentes dudas que me asaltaban mientras avanzaba y quedaba atrapada por los frentes que se me iban abriendo. “Un rey sin diversión” se despliega en la mente y lo ocupa todo: no hay lógica ni porqué, pero existe el orden. Todo habría sido perfectamente soportable con la ayuda de Isabel Núñez; sin embargo, es tanta la calidad literaria de la historia que no importa cuánto de perdido andes por esta nieve que es el talento de Jean Giono.

No extraña, entonces, que se hable de thriller poético. Las sensaciones que despierta “Un rey sin diversión” son a partes iguales impaciencia y belleza, misterio y fluir. La combinación da un resultado ciertamente asombroso, y aunque en algunos momentos la dificultad de la novela -puesto que hay puntos de vista diferentes, tiempos y lugares que se pisan y se alejan sin previo aviso-, es tal el placer y el goce de la lectura que acaba convirtiéndose en un elemento secundario para el lector, que avanza insaciable.
El estilo gionesco es atrayente y seductor. Culto pero con muchas frases hechas (dificultad que se ha encontrado la traductora, puesto que hay que estar a la altura con las expresiones), es accesible pero jugoso. No es en este aspecto donde el lector va a quedar retado, sino en las diferentes escenas que nos propone este hermoso libro. A pesar de que la sinopsis parece sencilla y a priori llana, el juego al que nos somete Jean Giono es alucinante y provocador. A veces divertido, sutil e inteligente, la novela avanza a un ritmo extraño y prometedor. Dosificando sabiamente la información y manteniéndote, como buen thriller, en vilo hasta la última página, donde hay una explosión que te deja con un temblor entre las manos, la historia no parece nunca finalizada. Se abre como un árbol en medio de la terrible nieve que persigue a esta bestia que es el escritor que nos ocupa, y va abriéndose paso entre el frío y la niebla. Como buena prosa poética, la tensión está preciosamente camuflada por frases construidas con mimo y paciencia, con gran talento para la escritura.

Gracias al prólogo se puede saber un poco más del autor, y en este caso no sólo en referencia a “Un rey sin diversión”, sino al mundo que lo rodea. Llevando por título “Jean Giono, la crueldad y la nieve”, es casi un brevísimo ensayo sobre este genial escritor. De él extraigo una de las frases que más me han sorprendido, citando al francés al hablar de la Primera Guerra Mundial: «Nadie nos consolará de aquella guerra. Por eso yo me arrojé salvajemente al lado del árbol, de la nieve y de la bestia». Ese arrojo podría ser perfectamente la frase que nos puede reconciliar con todo el mensaje que nos manda Jean Giono desde “Un rey sin diversión”. Sin duda, queda del lado del árbol, de la nieve y de la bestia… y generosa y talentosamente nos ofrece un consuelo de aquella guerra, y de las que todavía no se han librado.

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