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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La pregunta impertinente. Acerca de «Trabajos forzados», de Daria Galateria

«Sin embargo, es interesante el interés con el que Galateria acaricia detalles mundanos y anécdotas poco conocidas, como que Bruce Chatwin entrenó su aguda mirada de cronista en sus años de catalogador en Sotheby’s o que Thomas Elliot renunció a dar clases en Harvard para trabajar en la banca.»

Hace un par de meses asistí a la puesta de largo de la editorial Jekill & Jill en Barcelona. Durante la misma se presentó el primer libro publicado por este nuevo sello de Zaragoza, una biografía ficcional de Mallarmé titulada Un día me esperaba a mí mismo. Luego de que el escritor Miguel Angel Ortiz Alberó se explayara ampliamente sobre el doble juego entre ficción y trabajo documental practicado en esta obra suya, una señora del público hizo una pregunta inesperada al autor.

Esa señora (una de las tantas que justifican la existencia de los clubes de lectura y talleres de escritura que se brindan en los centros cívicos y bibliotecas de la ciudad condal) le preguntó al escritor cómo se ganaba él la vida.

Una embestida de sentido común que el autor sorteó con coreografía taurina y, también, con evidente incomodidad.

Aunque pareciera que la crisis y el catastrofismo económico con el que convivimos a diario alentase este tipo de actitudes hostiles, la pregunta no parece ser exclusiva de los lectores. Recientemente, una “it” girl de la joven poesía española se preguntaba en Twitter de qué viven los jóvenes escritores en Barcelona. Un interrogante al que un tuitero irrevente, respondió oportunamente con otra pregunta: “¿No era que ya existe suficiente prostitución en Barcelona?”

Y ésta parece ser la misma pregunta impertinente que guía el libro de Daria Galateria, para desnudar con sutileza y elegancia los “otros” oficios de los escritores.

De tal forma, las experiencias que reseña la investigadora italiana nos remiten a las vidas de diferentes escritores del siglo XX (Gorki, Malraux, Svevo, Céline, Orwell, Chandler, Bukowski, entre otros) vistos como comunes mortales asalariados, algunos, y otros no tanto.

Desde la épica americana del pionero representada por Jack London buscando oro por Alaska a Colette aprovechando su fama para abrir un centro de belleza femenina en plena crisis del treinta, hay mucha diferencia.

Sin embargo, es interesante el interés con el que Galateria acaricia detalles mundanos y anécdotas poco conocidas, como que Bruce Chatwin entrenó su aguda mirada de cronista en sus años de catalogador en Sotheby’s o que Thomas Elliot renunció a dar clases en Harvard para trabajar en la banca. Aspectos biográficos que contribuyen al mito, a la leyenda, en algunos casos, y nos inducen a la más saludable conciencia de clase, en la mayoría.

Por Ana Llurba

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