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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Éste no es un cuento para niños

Karen es una niña tan pobre que no tiene ni para comprarse zapatos. Aunque la bondad reside en su corazón, también lo hace un pecado capital: el de la vanidad. Será precisamente esa coquetería la que la lleve, a ritmo de pasos de baile, a la perdición.

Éste es el eje de Los zapatos rojos (Impedimenta), uno de los clásicos menos conocidos del danés Hans Christian Andersen, que inaugura la colección «El mapa del tesoro». Publicado en 1845, comparte el autor con la protagonista una infancia marcada por la pobreza, la desgracia e incluso los zapatos, los que reparaba su padre hasta que la muerte se lo llevó cuando el escritor apenas contaba 11 años, condenándolo a la indigencia.

Pero no se llamen a engaño. Aunque cuenta con todos los ingredientes (una historia sencilla, unas elocuentes ilustraciones y una moraleja), no es un cuento para niños. Al menos no el típico cuento para niños. Nadie come perdices al acabar la Historia. Claro que tampoco lo hace, por mucho que se empeñe Disney, en ‘La pequeña cerillera’, ‘La sirenita’ o ‘El soldadito de plomo’, tres de los más de 150 cuentos infantiles que convirtieron a Andersen en figura clave de la Literatura.
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“Los cuentos clásicos son muy duros, precisamente porque son realistas. Sucede también con otras historias de autores del norte de Europa, como ‘Hansel y Gretel'”, explica Sara Morante, cuyas deliciosas a la par que bizarras ilustraciones acompañan y esclarecen el texto de Andersen. “Nos interesan los cuentos tratados con cierto rigor, sin edulcorar el final, ni a los villanos, porque están para cumplir una función: ser referencia del mal”, añade.

“Los editores y yo estábamos de acuerdo en que mis ilustraciones despejaran ciertos tabúes que existían en el texto de Andersen, yendo un poco más allá, fabulando sobre lo que sucedió realmente durante la danza de la niña Karen”. Así, con los dibujos traslada al lector los pecados que la pequeña cometió para acabar tan mal, que “no pueden ser la simple vanidad, ni aún poniéndonos tan luteranos como era Andersen”, explica la ilustradora.

Morante (Torrelavega, 1976), poco amiga de los bocetos, define su dibujo como intuitivo y espontáneo, tal vez influido por los pintores impresionistas y expresionistas del periodo de entreguerras, “aunque intento no parecerme a nadie”.

En cuanto al proceso de creación, “normalmente leo el texto”, explica. “Después lo dejo y no lo vuelvo a tocar. Es una forma de narrar paralelamente, si te ciñes únicamente a describir lo que dice el texto, no aportas nada”. Y ahonda en la idea: “Son dos las voces del libro ilustrado: la del escritor y la del ilustrador”. De hecho, el único requisito que le ‘impuso’ la editorial -para quien ya ilustró ‘Diccionario para Esnobs’, de Fabrice Gaignault- fue el del rigor histórico.

El resultado es un conjunto de impresionantes ilustraciones, en blanco, negro y rojo, realizadas con plumilla y tinta china, así como grafito, en las que prima la economía de tintas “para ahorrar costes y tiempo”. No en vano Morante procede del campo del diseño gráfico. Es más, es prácticamente una recién llegada al mundo de la ilustración.

Aunque estudió Artes Aplicadas orientadas al diseño, durante 10 años ha realizado trabajos administrativos. Hasta que su profesor de Ilustración la animó a dedicarse a ello. El empujón final le llegó con el Premio Nacional de Arte Joven, otorgado por el Gobierno de Cantabria, en 2008. “Profesionalmente empecé en 2009, y la progresión ha sido rapidísima”.

Por Elena Mengual

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