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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La bailarina», de Ōgai Mori

Dicen los entendidos que el impulso occidentalizador de Fukuzawa Yukichi cambió la novela japonesa del XIX. Fukuzawa, además de muchas otras cosas, fue el primer traductor oficial del Shogunato, y sin él no se explica la relativa abundancia de novelas traducidas en el Japón finisecular Otro factor inducido por esta coyuntura modernizadora fue el encaje del habla coti…

Esa influencia europea marcó a autores como Tsubouchi Shoyo, quien escribió sobre la necesaria evolución psicológica de los personajes en la novela nipona de la época.

Otro factor inducido por esta coyuntura modernizadora fue el encaje del habla cotidiana en la literatura japonesa. Futabatei Shimei abrió el fuego en 1888 con Nubes flotantes, y poco después, Ōgai Mori hizo lo propio con La bailarina.

Nos hallamos ante un relato arquetípico de amores imposibles entre personajes de distintas culturas, inspirado por la propia experiencia de Mori en Alemania, país que conoció como estudiante de Medicina entre 1884 y 1888.

El protagonista de La bailarina, Toyotarō, también está matriculado en la Universidad de Berlín. La vida de Toyotarō cambia cuando conoce a Elise, una bella joven que llora apoyada contra la puerta de una iglesia.

Si hay una relación digna de figurar entre los arquetipos de la época, ésa es la de Toyotarō y Elise, dos figuras separadas por la nacionalidad, por el nivel económico –ella es una bailarina pobre– y por sus aspiraciones personales.

En un mundo aún lejos de la globalización, la fatalidad romántica de esta pareja nos regala imágenes seductoras.

No es casual que La bailarina coincida en el tiempo con la edición de Madama Crisantemo (1887), de Pierre Loti, una novela que fue imitada por el fotógrafo y escritor británico Clive Holland en My japanese wife (1895) y remedada con éxito por John Luther Long en su Madame Butterfly (1898).

Como tendrán ocasión de comprobar, Ōgai Mori compuso La bailarina desde el sentimiento más hondo, atento al mundo interior de sus personajes.

Desde el punto de vista formal, la pieza es una apología de la claridad narrativa.

Más allá de los convencionales valores de su trama, lo que nos hace sumergirnos en la lectura es un misterioso y ambiguo sentimiento de melancolía que tiñe cada una de sus páginas.

A modo de curiosidad, recordemos la versión cinematográfica que en 1988 estrenó Masahiro Shinoda, gracias a un acuerdo financiero germano-japonés.

El texto que primorosamente publica Impedimenta nos llega en traducción del japonés de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, quien firma asimismo la modélica introducción.

Nota editorial

Hermosa alegoría sobre el amor y la renuncia, La bailarina es una de las piezas más delicadas del japonés Ōgai Mori, máximo exponente, junto a Natsume Sōseki, de la literatura nipona de la era Meiji.

Fruto del viaje de su autor a Alemania, país al que se trasladó para perfeccionar sus estudios de Medicina, La bailarina narra, casi en una imagen especular de la Madame Butterfly de Puccinni, el improbable encuentro de Toyotarō Ōta, un joven estudiante japonés, con una bailarina alemana, pobre y bellísima, que poco a poco lo va seduciendo hasta atraparlo.

Toyotarō, que por educación posee un acerado sentido del honor, debe elegir entre su carrera y sus violentos sentimientos amorosos hacia la muchacha.

La bailarina constituye una fábula de una sencillez pasmosa, que aúna amor, abandono y culpa. Un auténtico clásico de la literatura japonesa por fin recuperado en castellano.

Ōgai Mori, seudónimo de Rintaro Mori, nació en la ciudad japonesa de Tsuwano, en la antigua prefectura de Iwami, en 1862.

Su padre ostentaba el cargo hereditario de médico del señor feudal de su pueblo, y, al ser Ōgai el primogénito, se dio por hecho que seguiría la tradición familiar. En 1872, con la llegada de la Restauración Meiji, los Mori se mudaron a Tokio. Tras licenciarse en Medicina con diecinueve años, convirtiéndose así en la persona más joven en graduarse en esta especialidad en Japón, eligió la carrera de oficial médico del ejército.

Pronto fue enviado a Europa, y residió en Alemania desde 1884 a 1888, experiencia que le inspiraría uno de sus relatos más conocidos, La bailarina (1890).

Fue allí también donde se familiarizó con la literatura occidental. De hecho, Ōgai Mori fue el primer japonés en viajar en el Orient Express. A su regreso a Japón se entregó a una intensa actividad como traductor de obras literarias occidentales, con tan buen oficio que algunas de sus traducciones (como las de Goethe, Schiller, Ibsen, Andersen o Hauptmann) están consideradas auténticos clásicos de la literatura japonesa.

En 1899, Mori se casó con Toshiko Akamatsu, hija del almirante Noriyoshi Akamatsu, aunque se divorció al año siguiente. Se da la casualidad de que su casa, situada en el distrito tokiota de Hongo, donde escribió gran parte de sus obras tempranas, se la alquilaría más tarde al también escritor Natsume Sōseki, que compuso en ella sus primeras novelas, como Soy un gato o Botchan. De hecho, el inmueble, aún hoy en pie, se conoce como «la casa del gato».

En 1907 se le reconocieron de manera oficial sus méritos médicos y militares, y Ōgai Mori fue ascendido al cargo de General Médico, el puesto más alto de su rango.

Además de La bailarina, Mori escribió algunos de los cuentos más brillantes de la moderna literatura nipona, como El ganso silvestre (1913), Sansho el camarero (1915) y La barca en el Takase (1916). Asimismo, escribió apreciables novelas, como Vita Sexualis (1909). Murió en Tokio en 1922.

Por Guzmán Urrero

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