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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El nuevo imperio rumano

Varujan Vosganian y Mircea Cartarescu ofrecen dos caras de una misma moneda: el empuje de la última literatura rumana, una de las más vigorosas de Europa y que rompe con los viejos clichés del país del Este

Quizá, para la mayoría, esta historia solo pueda empezar al pie de los Cárpatos, hace más de quinientos años. Vlad el Empalador hace honor a su alias despachando y enjaretando turcos y apilándolos en sangriento morral, que le valieron cinco siglos después ser considerado héroe nacional por otro empalador más sutil, pero no menos cruel, el alucinado Ceaucescu, sátrapa estalinista de Rumanía. Pero también alguien habrá que rescate la figura del poeta romántico Mihai Eminescu, el Cervantes rumano. Los habrá todavía más leídos y viajados que nombren a Cioran, Ionesco, Tristan Tzara, Mircea Eliade, rumanos y figuras trascendentales de la cultura del siglo XX. Y poco más. Casi nada para un país como el rumano con el que nos une, entre otras cosas, una lengua muy familiar, desde donde ahora, por fin, nos llegan destellos de una literatura que, alejada de su tradición de amor por lo francés, tiene al boom hispanoamericano y al realismo mágico como fuente de la que manan obras que albergan el sabor de la literatura con todas las mayúsculas, y hacen de ella una de las más vigorosas y rompedoras de Europa.

Dos de estos rumanos han desembarcado en unas semanas en el mercado editorial español, y ante su talento solo cabe la rendición incondicional. Además, con fantásticas traducciones. Son Varujan Vosganian y Mircea Cartarescu. Tienen casi la misma edad y ciertas cosas les unen (su pasión por García Márquez, los dos son grandísimos cocineros poetas antes que frailes narradores, y otras les separan: Vosganian es considerado el narrador que da por cerrado el postmodernismo rumano, del que, precisamente, Cartarescu ha sido uno de los mayores valedores).

Vosganian publica «El libro de los susurros» (Pre-Textos), una obra monumental, nacida al pie de un albaricoquero, con un rosario en las manos y un café en los labios, en boca de un niño que escucha a su abuelo devanar el trágico hilo de la madeja del genocidio armenio por los turcos. Cartarescu, con «El ruletista» (Impedimenta) sigue los pasos del Dostoievski de «El jugador».

«Mi libro no es autobiográfico —cuenta Vosganian—. Pero su protagonista es un niño y un niño es el mejor testigo, porque como no sabe lo que es pecado tampoco sabe perdonar. Mientras lo escribía fue la primera vez que le tuve miedo a la muerte, temía morir antes de acabarlo, pero ahora la novela ya puede vivir sin mí. Y también vivirán todos los que me regalaron sus recuerdos».

«El libro de los susurros» es uno de esos títulos que, como «Vida y destino de Grossman», mete la cámara en el museo de los horrores que fue el siglo XX. Pero sin tremendismos, sin melodramas, pura prosa amamantada por la poesía. «Venimos de los campos de exterminio y el gulag, pero no hemos aprendido nada del siglo XX, y sin la compañía de la memoria no sabremos cuál es el camino del futuro».

La Humanidad tiene una deuda con el pueblo armenio. De tres millones de personas, más de millón y medio fueron asesinadas. En La Haya deberían decir algo, cree Vosganian, aunque señala que su libro no trata «solo sobre armenios», porque «El libro de los susurros» «cobija la memoria, cobija a los muertos, los antiguos y los contemporáneos, a la gente normal y corriente», los héroes del pasado o los del 89 en Timisoara y Bucarest, «a los que volveremos a matar si no los recordamos».

Del horror a los susurros. «Porque —continúa Varujan Vosganian— en susurros hablas cuando rezas, cuando declaras tu amor, porque en susurros hablaba toda esa gente que en vez de vivir la Historia la sufrió». Varujan Vosganian, testigo, «porque es lo que debe ser un escritor, no juez ni fiscal». Vosganian y la memoria de su pueblo, del niño que fue, de aquel sabio abuelo: «Las lágrimas de tus ojos no deben impedir que veas las lágrimas del otro».

La conexión hispana

Háganse una idea. Uno de los últimos proyectos de Mircea Cartarescu, también admirador de Gabo, Cortázar y Borges, es una «Enciclopedia de los dragones». Otro de sus libros, «Levantul», traza la historia de la literatura rumana al estilo del Joyce de los «Bueyes del sol» en su «Ulises». Y otro es «Travesti», una de sus novelas más impactantes, un éxito en su país y en Centroeuropa y Escandinavia. «De bachiller, hubo una época algo más “liberal” en Rumanía y se podía conseguir cualquier libro, aunque fuera occidental. Leía unos 150 libros al año», explica al autor, que siempre suena para el Nobel. «”El ruletista” estuvo censurado, sí, pero lo estaba todo lo que se salía de lo normal y lo corriente, cualquier libertad artística, hasta los libros de cocina eran censurados en esa última epoca de Ceaucescu». Poeta principalísimo, dejó la lírica porque «se me quedó pequeña, igual que la ropa cuando creces», y tampoco los sucesos y el cambio de régimen del 89 le alteraron: «Soy un hombre serio, ninguna revolución alterará mi obra».

Su despedida guarda la misma sabiduría que la de Vosganian: «La tecnología cambiará la lectura, pero lo trascendental seguirá siendo el texto. Mire, los libros son como la rueda, son máquinas perfectas para leer, y como la rueda ya no se pueden perfeccionar, porque son perfectos por definición».

La rueda de la literatura rumana, de la que Vosganian y Cartarescu son la avanzadilla, va a dejar una profunda huella entre nosotros.

MANUEL DE LA FUENTE

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