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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La juguetería errante», en Dilatando mentes

En definitiva, una lectura de lo más necesaria, jugosa y gratificante que hace que espere con ansia que se publiquen el resto de novelas de esta saga, recomendabilísima y de obligada lectura, que bien podría resultar de combinar a Agatha Christie con los Hermanos Marx y gotitas de Highsmith.

Tener un libro de la editorial Impedimenta entre las manos es como tener un tesoro entre las manos. Edición cuidadísima, sibarita, con esas portadas con sobrecubierta que esconden una portada interior igualmente bella, con ese papel tan agradable, haciendo que uno, cuando lee, se vea empleando todos los sentidos en lo que hace.
Se dice de Edmund Crispin (de nombre real Robert Bruce Montgomery) que lo que más le gustaba en el mundo era nadar,
fumar, leer a Shakespeare, escuchar óperas de Wagner y Strauss, vaguear y mirar a los gatos. Por el contrario, sentía gran antipatía por los perros, las películas francesas, las películas inglesas modernas, el psicoanálisis, las novelas policíacas
psicológicas y realistas, y el teatro contemporáneo. Y es por eso que en esta novela, “La juguetería errante”, huye de esas novelas policíacas psicológicas que detestaba y se decanta por una historia detectivesca tan trepidante como sarcástica y
plagada de genuino humor británico. Impedimenta apuesta nuevamente por la calidad y por el toque british más genuino con este clásico indiscutible e imperecedero de la literatura anglosajona que sirve de pistoletazo de salida a la saga -compuesta por 9 libros y dos libros de relatos- de Gervase Fen, un tipo temerario al volante (su vehículo, Lily Christine,un descapotable rojo que teme ser empotrado en cualquier pared un día de estos), estrafalario profesor de Oxford afincado en el imposible Sto Christopher’s CoUege (y claro homenaje a StoJohn’s CoUege, donde estudió Crispin en la huye de esas novelas policíacas nsicolózicas oue detestaba v se realidad), detective fortuito y ocasional de devoción que basa sus conjeturas y soluciones en la pura intuición.
La historia nos traslada a Oxford, lugar al que acude el poeta Richard Cadogan, amigo de Gervase y escudero de aventuras
como si del Dr. Watson se tratase, que ha decidido tomarse un período sabático tras discutir con su editor.
Allí, la misma noche que llega a la ciudad, se encuentra de manera inesperada y casual con el cadáver de una mujer en el suelo de una jugueteria. Acude a la policía y estos le toman por loco cuando, al acudir a la escena del crimen, se encuentran
con que ni hay cadáver, ni restos de que lo hubiese y ni tan siquiera hay juguetería, sino que el establecimiento se ha transformado en una tienda de ultramarinos, con lo cual todo se le complica más aún. Es entonces cuando entra en escena Gervase y juntos, se dispondrán a esclarecer lo ocurrido. Los dos alocados y opuestos protagonistas tendrán que hacer frente a todo lo que les va viniendo encima con cada paso que dan: testamentos extraños, pistas con forma de poema, persecuciones increíbles… Responder a todas las incógnitas será una quimera. En definitiva, una lectura de lo más necesaria, jugosa y gratificante que hace que espere con ansia que se publiquen el resto de novelas de esta saga, recomendabilísima y de obligada lectura, que bien podría resultar de combinar a Agatha Christie con los Hermanos Marx y gotitas de Highsmith.

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