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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El detective ilustrado

Sherlock Holmes resolvía sus casos a través del razonamiento deductivo. Hercules Poirot usaba la psicología. Gervase Fen, el profesor detective de La juguetería errante, deja el método de lado y se aprovecha de la ironía, el lenguaje y la literatura para avanzar en la investigación del misterio que se le presenta.

Edmund Crispin (1921-1978), escritor licenciado en lenguas modernas y compositor de música para películas, publicó en 1946 La juguetería errante, la tercera novela en la que aparece su particular detective Gervase Fen.
Este sabueso es un profesor de literatura inglesa en la universitaria ciudad de Oxford. Mordaz deslenguado, su capacidad para resolver el misterio de la obra va siempre acompañada de la desesperación de sus compañeros. Acompañado de su fiel corcel, el coche deportivo llamado Lily Christine III, odiado por el rector de la universidad, y con una innata capacidad para divertirse creando disparatados juegos de palabras, Fen se enfrenta a un enigma en apariencia absurdo.
Su amigo el poeta Richard Cadogan llega una noche a Oxford y descubre el cadáver de una anciana en el primer piso de una juguetería momentos antes de que le dejen inconsciente con un golpe en la cabeza. Cuando se despierta al día siguiente, la juguetería se ha convertido en una tienda de ultramarinos y la muerta ha desaparecido. Este extraño suceso da lugar a una investigación descabellada y llena de persecuciones por la ciudad. Crispin, gran conocedor de esta villa universitaria, la pinta como un entrañable paraíso estudiantil, donde ningún alumno aprende nada y todos se encuentran en la taberna The Mace & Scepter. Como buen profesor de lengua, Fen encuentra en Cadogan a un compañero infatigable en su verborrea
pedante llena de citas a textos del pasado. Las notas al pie que contiene esta edición ayudan a comprender la profundidad de la obra, intuir la ironía, y, de paso, conocer mejor la literatura inglesa.
Los dos amigos nos regalan unos fantásticos juegos literarios que nos serán muy útiles en cualquier pub inglés, como hacer una lista de personajes de ficción detestables (“Lady Chatterley y el tío ese de los guardabosques, casi todos los personajes
de Dostoievski, esas vulgares zorrillas cazamaridos de Orgullo y prejuicio”) y otra de libros infumables (el Ulises, todo Rabelais, Tristam Shandy). Los personajes rompen la cuarta pared e interactúan con su autor o incluso su editor, ya que Fen se distrae enumerando posibles “títulos para las siguientes novelas de Crispin” (Fen resuelve el caso, El regreso de Fen, El catedrático que desafió a la muerte) y, en un momento de indecisión, ante un cruce deciden dirigirse hacia la izquierda porque “después de todo, este libro lo va a publicar Gollancz”, conocido por su apoyo a los socialistas.
Una novela cómica, en la que el misterio es lo último que importa, con un elenco de personajes que parecen salidos de un vodevil, narrada a ritmo trepidante y pintada con una indeleble pátina de sarcasmo inglés a la que solo se le puede reprochar una cosa: que no se hubiera publicado antes.

Por Nil Ventós Corominas

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