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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La juguetería errante», en El Confidencial

Hay que reconocer que el mundo de la novela policiaca es infinito, y su desarrollo en los dos últimos siglos, vertiginoso. La literatura anglosajona, especialmente la inglesa y después la norteamericana, ha sido la pionera y maestra del género antes de que se extendiese como la pólvora por el resto de los países del globo terráqueo, inflamando la imaginación de una legión de escritores, algunos de los cuales han cosechado un éxito comercial inimaginable.

La recuperación de esta novela policiaca editada por primera vez en Gran Bretaña en 1946 es un verdadero acierto y, para mi gusto, un placer, ya que el sentido del humor, el absurdo y el decadentismo que impregnan sus páginas, te obligan a entregarte en seguida al argumento y a sus protagonistas, pues ni lo razonable ni lo previsible tienen cabida en su desarrollo.

Edmund Crispin es el pseudónimo de Robert Bruce Montgomery, escritor inglés nacido en 1921 que cursó estudios lingüísticos y musicales en Oxford, simultaneando su labor profesional como escritor y compositor hasta que murió en 1978. Autor de nueve novelas protagonizadas por Gervase Fen, profesor de lengua inglesa en Oxford y detective aficionado, excéntrico y alocado donde los haya. Con todas ellas obtuvo una enorme aceptación y ahora podemos leer en español por primera vez la más aclamada.

Richard Cadogan es un poeta famoso que aburrido de su rutina diaria, decide trasladarse a Oxford, a donde llega de madrugada tras un accidentado viaje. Su curiosidad le empuja a penetrar en un juguetería que tiene la puerta abierta; intrépido, nuestro héroe sube unas escaleras, abre una puerta… y se tropieza con el cadáver de una mujer estrangulada y con un golpe que le deja inconsciente y que le impide cualquier averiguación en caliente. Al despertar, no hay rastro del cadáver ni de la juguetería, que ahora es la tienda de comestibles más veterana del barrio.

Menos mal que su amigo Gervase Fen asume como suyo el enigma y ambos se embarcan en una investigación que hará las delicias de los lectores por la caracterización de los personajes y los diálogos. Todos están bastante chiflados y consiguen que se espere con impaciencia la siguiente ocurrencia. El autor, dotado de un maravilloso sentido del humor genuinamente británico, se ríe de sí mismo, de su oficio, de la tradición del género y consigue hacer sonreír al lector con frecuencia y sin esfuerzo. Si leído hoy produce este efecto benéfico, imagino lo que supondría para sus compatriotas que lo tuvieron entre las manos nada más terminar la II Guerra Mundial. Un reconfortante agasajo para nuestros agotados cerebros.

Pr María Trincado

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