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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Reseña de «La juguetería errante», de E. Crispin

En un clima de apatía y tristeza, La juguetería errante (Impedimenta, 2011) ejerce de reconstituyente vitamínico, de reconstituyente de la risa. El lector disfruta como nunca de una investigación capaz de aunar a un tiempo lo mejor de Sherlock Holmes y Benny Hill.

¡Bienvenidos a Oxford! Una de las ciudades universitarias británicas por excelencia. Con sus pulcras calles de empedrado centenario, sus sorprendentes jardines y rincones verdes –algunos hermosamente ocultos tras las más sosas vayas en forma de jardín privado, sus costumbres rígidas y quizás a nuestros ojos ridículamente extemporáneas, y ese perfil prácticamente liso y sin estridencias –donde la arquitectura se ve impelida a mantener la harmonía evitando cualquier excentricidad o salida de tono capaz de romper la sensación de sobria vetustez que invade a la ciudad entera.

Esta ciudad resulta ser el espacio literario donde viven los personajes y suceden las escenas de una de las series de novela de detectives más chispeantemente divertida de la literatura británica y universal.

Edmund Crispin, pseudónimo de Robert Bruce Montgomery (UK, 1921-1978), creó el personaje de Gervase Fen, profesor de literatura británica en el ficticio college de St. Christopher, al tiempo que apasionado detective aficionado especializado en crímenes imposibles, con la declarada intención de divertirse a costa de la pomposa pose oxfordiana. Gervase Fen no tiene ni el más mínimo reparo en romper, con su ilimitada osadía y directa dialéctica, todos los estereotipos tradicionalmente asociados a la vida académica de la ciudad. Un torbellino de sorpresa y aleatoriedad dentro de un mundo previsible, construido a base de costumbres seculares o rígidas e inquebrantables reglas.

De las nueve novelas y dos relatos protagonizados por Gervase Fen, Impedimenta publicó a finales del pasado año ‘La juguetería errante’ (Impedimenta, 2011, disponible en FantasyTienda). Originalmente publicada en 1946 ocupa, en un orden cronológico, el tercer lugar dentro de todos los textos protagonizados por Fen. Y destaca bastante entre todas las demás como, posiblemente, una de las novelas más divertidas y uno de los casos mejor construidos de este detective de imposibles.

La trama comienza cuando un antiguo conocido de Fen, el poeta Richard Cadogan -posible trasunto del poeta Philip Larkin (1922-1985), amigo y compañero de correrías durante varios años de Edmund Crispin-, decide tomarse unas vacaciones e ir a Oxford en busca de nuevas e interesantes experiencias. Un objetivo que consigue prácticamente desde el inicio cuando, callejeando tras su llegada a la ciudad, con el día apenas iniciado y, como quién dice, sin tener todavía las calles puestas, entra accidentalmente en una juguetería de hermoso escaparate. Allí dentro, en el suelo, yace muerta, con una cuerda al cuello, una mujer desconocida.

Cadogan, alarmado, intenta saber más de lo que pudo ocurrir, alertar a las autoridades quizás… Pero alguien le propia un fuerte golpe por detrás, dejándolo inconsciente, e impidiéndole reaccionar. Al despertar se encuentra en un cuarto pequeño, estrecho, un bajo sótano con la puerta cerrada por fuera, y con una alta ventana como única salida. Hasta allá arriba se encarama nuestro poeta, escapando de lo que parece una muerte segura, e iniciando una investigación que, aparentemente sencilla –pues Cadogan es testigo presencial y conoce perfectamente la escena del crimen-, se complicará extraordinariamente cuando, al regresar allí con las autoridades, compruebe que la juguetería ya no está donde antes estaba… y donde por buena lógica debería seguir todavía.

Evidentemente, las preguntas surgidas de este trepidante punto de partida poseen una fuerte atractivo, dado el gran misterio que las rodea: ¿realmente hubo tal asesinato, o responde mejor a la alucinación de un trasnochador con pocas horas de sueño?, ¿se confundiría de lugar al regresar, quizás, y por eso no volvieron a encontrar la juguetería?, y la misteriosa mujer ¿quién sería?, ¿existiría realmente, con lo que alguien podría echarla de menos, o no?, los motivos de un asesinato tan sorprendente ¿cuáles podrían ser?, ¿harán honor a este arranque o serán, a lo mejor, de naturaleza más mundana?

Gervase Fen desarrolla en ‘La juguetería errante’ (Impedimenta, 2011) una investigación dónde todos los interrogantes quedan respondidos, todas las respuestas hilvanas, y todas las dudas resueltas. En una trama abundante en giros inesperados, personajes estrambóticos y diálogos desopilantes, el lector disfruta como nunca de una investigación capaz de aunar a un tiempo lo mejor de Sherlock Holmes y Benny Hill. Sí, sí, han leído bien. Un caso de trama compleja donde la burla de las reglas, la tomadura de pelo a las autoridades, la tergiversación de los rigores académicos, o las referencias literarias tomadas a risa, constituyen el centro de su argumento. Con escenas inolvidables de persecución donde conviven una horda de estudiantes borrachos, con una patrulla policías locales, un grupo de serios profesores universitarios, y un huidizo presunto sospechoso que corre despavorido presa del pánico.

Edmund Crispin publica esta novela en la inmediata postguerra. La IIª Guerra Mundial había devastado el país y desolado las perspectivas de una ciudadanía cuya ardua tarea era la de reconstruir lo destruido y levantar lo derruido. En un clima de apatía y tristeza, ‘La juguetería errante’ (Impedimenta, 2011) ejerce de reconstituyente vitamínico, de reconstituyente de la risa. Esta novela nos recuerda que, entre tanta norma y rigor, todavía es posible encontrar un espacio para la alegría de vivir.

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