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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Los abuelos de Zipi y Zape

El vigor de las letras gamberras: niños architraviesos, vampiros contra zombis y ladrones de la tercera edad

Durante mucho tiempo las dos Españas de Machado (“españolito que vienes / al mundo te guarde Dios, / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”) dividían hasta a los niños. Media chiquillada era de Ibáñez y Mortadelo y Filemón. La otra media, de Escobar y Zipi y Zape. Los gemelos de aquel dibujante genial (1908-1994), una de las estrellas de la casa Bruguera, no han envejecido tan bien como los detectives de la TIA, cuyo creador, a punto de cumplir 76 años, sigue gozosamente en activo.

Pero Zipi y Zape tienen una tradición literaria que ya quisieran para sí otros tebeos (las pomposas novelas gráficas de ahora). Estos pilluelos están claramente inspirados en otros dos hermanos, uno rubio y otro moreno, de una gran figura de la literatura alemana, el escritor y dibujante Wilhelm Busch (1832-1908). Las trastadas de “esta pareja infernal, dispuesta a sembrar el mal” aparecieron en 1865 en unos versos e ilustraciones que constituyen el germen de los actuales cómics. La obra, Max y Moritz, acaba de ser traducida al castellano por Víctor Canicio (¡en rimas sin desperdicio!) para la editorial Impedimenta. La influencia de Busch es perceptible en el Guillermo el travieso de Richmal Crompton y en las viñetas de los estadounidenses Rudolph Dirks y Harold H. Knerr, entre otros autores.

Wilhelm Busch falleció de un infarto y estuvo al borde de la muerte varias veces por su desmedido tabaquismo, “vicio que en otros es culpa / y en él merece disculpa / porque ayuda a soportar / fatigas y mal pasar”. Al lado de sus hijos, hasta Pippi Langstrump, el pequeño Nicolás y Manolito Gafotas son unos angelitos. El artista, a quien recitan de memoria muchos alemanes, tenía un humor negro y cruel que hoy sería políticamente incorrecto: el final de su libro es de traca, como en muchos cuentos clásicos, y no en las edulcoradas adaptaciones de Disney.

La publicación de Max y Moritz, una joyita ilustrada, ha coincidido con una nueva eclosión de la literatura gamberra, un género que ya puso de moda un tal Quevedo. Sí, gamberra. Cómo calificar, si no, la agradable sorpresa de El abuelo que saltó por la ventana y se largó (Salamandra y La Campana), del sueco Jonas Jonasson (¿quién casó a Suecia con la novela negra?). Jonasson, de 50 años, está a la altura de un autor más veterano, el finlandés Arto Paasilinna, uno de cuyos títulos más celebrados, la primeriza El año de la liebre. se acaba de reeditar. El mejor hallazgo de El abuelo… es su protagonista, un anciano con un pasado delirante y que el día en que cumple 100 años huye del geriátrico y roba una maleta con una fortuna. Sus peripecias son una versión moderna de Las aventuras del buen soldado Švejk, del checo Jaroslav Hašek.

Hay personajes gamberros, como Max y Moritz. Novelas gamberras, como la de Jonasson. Y escritores gamberros, dicho sea con todos los respetos. Entre estos está el estadounidense e inglés de adopción Bill Bryson, de 58 años. Siempre hace sonreír, da igual de qué escriba: de viajes, historia, ciencia o lenguaje (le encantan juegos como la “batalla nabal” de El Buscón, en la que los contendientes se lanzan nabos). Bryson, como Pablo Tusset, Empar Moliner o Quim Monzó, no confunde el rigor con el rigor mortis. Y es divertidísimo. “La mayoría de la gente, cuando duerme, parece necesitar una manta; yo parezco necesitar atención médica”, ha escrito. Lo mejor es que la hilarante descripción de sus ronquidos no forma parte de una autobiografía, sino de un libro sobre Australia, En las antípodas (RBA).

La literatura gamberra ya tiene incluso subgéneros. Max Brooks, hijo del actor y director de cine Mel Brooks, se ha convertido en una autoridad mundial en, ejem, ejem, zombis. La próxima película de Brad Pitt, World War Z, se basa en un relato suyo. Brooks, de 39 años, ha dado una nueva vuelta de tuerca al irreverente Orgullo y prejuicio y zombis, de Seth Grahame-Smith. En su más reciente obra, La marcha zombi (Debolsillo), explica la congoja que invade a los vampiros cuando descubren que se están quedando sin “carne fresca” por culpa de una plaga de muertos vivientes.

Son muchos los abanderados de la literatura gamberra, pero si hay uno reincidente ese es el autor de Trainspotting. el escocés Irvine Welsh, de 53 años. Ahí están sus últimas recopilaciones de relatos, Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo y Col recalentada (Anagrama). Al protagonista de una de las narraciones le pica una serpiente de cascabel en el miembro viril y sólo puede sobrevivir si convence a un amigo de que le succione el veneno. El cronista prefiere no dar más detalles por decoro y prudencia. Aunque tanto pudor sobra porque, como diría un pareado de Wilhelm Busch, gamberrismo no rima con literatura, sino con periodismo.

Por Domingo Marchena

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