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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
¡Vaya pareja!

No es tan fácil que el contenido y el continente de cualquier cosa vayan en equilibrio con el resultado que la palabra belleza define de manera perfecta; claro está que esta palabra, que se construía sobre la armonía del ser con el objeto bello, entró en crisis hace mucho y cuando hablamos de arte contemporáneo pensamos más en el feísmo, en la angustia, en los aspectos más terribles del ser humano.

La belleza, según el discurso estético dominante, se emparenta con lo fácil, con lo cómodo. Son desplazamientos semánticos que la historia del léxico establece en función de los cambios de cosmovisión. Enrique Redel es el editor de Impedimenta, la editorial que atesora, es el verbo adecuado, un catálogo donde títulos indiscutibles en lo que se refiere a la calidad literaria se ofrecen de manera tan atractiva, con diseños tan sugestivos que continente y contenido alcanzan ese equilibrio al que me he referido. Tengo entre las manos la preciosa edición de Max y Moritz, obra de Wilhelm Busch que ha sido traducida por Victor Canicio, que ha conseguido algo tan imposible como hacerlo en verso y hacerlo muy bien; es decir, sin forzar el léxico ni la estructura ni el ritmo. La traducción, parafraseando al maestro Covarrubias vierte y no derrama.
Cada literatura tiene su canon de clásicos, de la misma manera que de autores malditos que, por supuesto, también pueden ser clásicos. La literatura alemana tiene predilección por Goethe, Mann y Schiller, entre otros. No es mala nómina. Junto a ellos se encuentra Busch, un clásico popular asentado en el imaginario alemán durante generaciones. Para el lector en lengua española es necesario hacer alguna referencia a este dibujante y escritor nacido en Wiedensahl en 1832 en una familia de comerciantes. Recibió una formación artística sólida y dentro de la tradición. Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de Amberes y en la Academia de Bellas Artes de Munich. En sintonía con la tendencia nacionalista que dominó el pensamiento alemán en la época, Busch, al igual que lo hicieran los hermanos Grimm, se tomó mucho interés en coleccionar cuentos, leyendas y canciones de la tradición popular. Esta obra, protagonizada por dos niños muy, muy malos, se mantiene con ventas importantes y es referencia en formas coloquiales de comunicación. En 1859 empezó a colaborar en periódicos satíricos; en el Münchner Bilderbogen publicó las aventuras de Max y Moritz. La crítica considera estas aventuras, los textos y los dibujos el Abuelo de los Cómics; mejor sería decir, el Abuelo de los Tebeos. Es importante destacar la frescura e ingenuidad de los dibujos que poseen un dinamismo notable. Son siete travesuras más un cuento de propina. La clave del texto escrito y gráfico es el humor más feroz y terrible, el humor negro. Nadie escapa a la maldad de estos chicos que inician sus hazañas con un juego perverso que termina con la muerte de tres gallinas y un gallo, lo que provoca la desesperación de la viuda Blume. Las aves acaban colgadas de un árbol y la pobre viuda, no le queda otro remedio, decide cocinar los cadáveres, freírlos en una sartén pero ni en el fuego están seguros. En la última viñeta de esta segunda travesura los chicos, ahítos, están tumbados en el campo con un muslo de ave en la boca y la barriga bien llena. Posiblemente estas aventuras no sean nada comparadas con la violencia de la sociedad con la que convivimos de manera habitual, pero su ingenuidad y la falta de justificación de las actuaciones de la pareja protagonista le otorgan una singularidad; es el caso del sastre Segismundo García. Los niños sierran una tabla y el pobre cae en el río que lo arrastra y que le provoca un gran dolor de barriga. No seguiré, que el lector lo disfrute.

Por Antonio Garrido

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