cabecera 1080x140
Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Memoria de Eudora Welty

Las cuatro damas del Sur, como a menudo se las ha llamado, forman más bien un poker de ases, creadoras de un potente imaginario que es parte ineludible de la gran literatura norteamericana del siglo XX.

Forjadoras, junto a Faulkner, Williams o Capote, del denominado gótico sureño, Katherine Anne Porter, Eudora Welty, Carson McCullers y Flannery O’Connor comparten los escenarios del profundo Sur, los ecos bíblicos y el gusto por los personajes grotescos, marginales, visionarios o descarriados, así como el interés por el mal y las huellas de la decadencia o la atención a las peculiaridades religiosas, sociales y raciales que han marcado la turbulenta historia de los antiguos estados de la Confederación.
De todas ellas, tal vez sea Eudora Welty la menos conocida entre nosotros, aunque de algunos de sus libros hay traducciones desde los ochenta. En los últimos años hemos podido acceder a los Cuentos completos –reunidos por Lumen con motivo del centenario de su nacimiento– y a dos de sus novelas, La hija del optimista y Las batallas perdidas, publicadas ambas por Impedimenta. Como explica el editor de este último sello, Enrique Redel, las conmovedoras y hermosísimas memorias de Welty, One Writer’s Beginnings, ya fueron traducidas por Miguel Martínez-Lage para Montesinos, pero el veterano traductor –fallecido prematuramente hace un año– no tuvo tiempo de revisar la primera versión de su trabajo, una labor de la que se ha ocupado Elena Medel. El libro conoce de este modo una segunda vida en español que permitirá a muchos lectores acceder por primera vez a esta pequeña joya del género autobiográfico, ilustrada con los retratos familiares que figuraban en la edición original.

Las tres partes de que consta La palabra heredada, cuyo solo enunciado –Escuchar, Aprender a ver y Encontrar una voz– revela el camino seguido por la autora en los inicios de su andadura, nacieron de una serie de conferencias impartidas por Welty en la Universidad de Harvard, en 1983, luego convertidas en un volumen que logró un éxito rotundo en Estados Unidos y sigue constituyendo una inmejorable puerta de acceso a los fundamentos de su universo narrativo, sólidamente anclado en la geografía de la infancia. “Mi memoria es mi tesoro más preciado”, escribe la mujer a quien alguna vez se reprochó, incluso después de su consagración como una de las grandes narradoras del siglo, el excesivo apego al terruño. Toda la vida de Welty –que permaneció soltera– transcurrió en Jackson, aunque sus padres no provenían del Sur. Hija de una maestra y de un agente de seguros que prosperó como hombre de negocios, Eudora fue la primogénita de tres hermanos y la única niña de la familia. Creció en un entorno feliz, protegida por unos padres que le dieron todo tipo de estímulos. Su madre en particular, que había sido maestra, le inculcó el gusto por la lectura, y aunque en un principio sintió inclinación por la pintura siempre se sintió fascinada por las historias que leía o le contaban, en la casa, la escuela o la biblioteca de su ciudad.

La palabra heredada es un libro sencillo pero magistral, precisamente por la naturalidad con que fluyen los recuerdos de Welty: las visitas a los abuelos y sus orígenes familiares –Virginia, Ohio– o los estudios en el Colegio Femenino del Estado de Mississippi, “la más antigua institución de su especie en toda Norteamérica”, y en las universidades de Wisconsin y Columbia, donde descubrió la pasión por Yeats –una de sus grandes influencias, junto con los cuentos de hadas– y su vocación de escritora. Tras acabar los estudios trabajó –otro paso decisivo– en la Agencia Estatal de la Administración Laboral, creada por el presidente Roosevelt, como publicista y fotógrafa, para documentar los estragos de la Gran Depresión entre las clases humildes: “La vida no espera, no está quieta. Una buena instantánea detiene un buen momento que trata de escapar. La fotografía me enseñó que captar la fugacidad de las cosas, apretar el botón en el momento crucial, satisfacía la mayor de mis necesidades”.

Al hilo de sus vivencias de juventud, Welty define algunas de las claves de su poética, apunta a las relaciones humanas como su tema predilecto, describe el nacimiento de sus relatos a partir de visiones retrospectivas o explica las afinidades y conexiones internas –o “confluencias”– entre relatos, personas y personajes que años después le revelaron sus vínculos. “La memoria es algo vivo; la memoria es tránsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive: lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, los vivos y los muertos”. La tierra, la familia, las historias, los mitos. Eudora Welty escribió de lo que conocía y había visto o escuchado, pero supo convertir su pequeño mundo en un teatro de resonancia universal.

Por Ignacio F. Garmendia

Scroll Up