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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Terry Southern y «El cristiano mágico», todo el ácido de la contracultura

Por primera vez se publica en castellano una de las novelas más inverosímiles y desternillantes del siglo XX. Terry Southern era la contracultura en cuerpo y alma. Un producto de ese siglo XX que fue una gigantesca botica en la que hubo de todo, como bien pronto advirtió a la tanguera manera Enrique Santos Discépolo: «Siglo XX, cambalache, problemático y febril...».

El mundo estalló en revoluciones y guerras como nunca antes había contemplado nuestra especie. Europa fue un gulag y una cámara de gas, un grito de libertad y un patíbulo. Pero además de las matanzas y las carnicerías de todo signo la centuria pasada también conoció épocas de despreocupación como los años 20 y años de imaginación, efervescencia, colorido, inspiración, rebeldía y ruptura con lo establecido como los vertiginosos años 60.

Todo parecía posible y muchas veces lo fue. La contracultura y la explosión pop fueron dos caras de una misma moneda, la del libertinaje creativo, y hubo tipos que tuvieron la fortuna, el acierto y el talento de moverse durante años entre esas dos aguas que aceleraron el pulso del planeta. Tipos como el escritor y guionista Terry Southern, tipos que muchas veces acabaron en la portada de uno de los más grandes discos de la historia de la música popular el «Sgt. Pepper’s», de los Beatles.

A Southern, los 60 le pillaron crecidito, era un cuarentón cuando se publicó «Satisfaction», pero no perdió ripio. De hecho no lo había perdido nunca. Su biografía parece un guión de cine (como los que él hizo o ayudó a hacer en películas como «Teléfono rojo volamos haca Moscú», «Easy Rider», «Barbarella») casi imposible de llevar adelante en alguien que además era politoxicómano y alcohólico convencido.
Existencialistas, beats, jazz…

Southern fue teniente en la Segunda Guerra Mundial, amigo de Sartre, Cocteau y Camus, y luego de Ginsberg, Keroauc, Ferlinghetti, Borroughs (él estuvo detrás de la publicación de «El almuerzo desnudo») apasionadísimo del jazz, colaborador de Kubrick (él le hizo llegar un ejemplar de «La naranaja mecánica», que estuvieron a punto de rodar los Rolling Stones), íntimo de Peter Sellers, estuvo en los fiestorros de Jagger, sus chicos y los Beatles en aquel Swinging London, anduvo de cerca de Anita Pallenberg, estuvo como cronista en la Convención Demócrata de Chicagoen el 68 que acabó a torta limpia, el FBI le puso en su lista negra fue amigo (aunque luego tarifó) de Peter y Jane Fonda, de Dennis Hopper, presencia estelar en algún Festival de Cannes, gurú del Greenwich Village, y según Tom Wolfeel auténtico padre del Nuevo Periodismo con libros como «A la rica marihuana y otros sabores». Esto es solo una mínima parte de una vida asombrosa.

Pero además Terry Southern escribió uno de los libros más alucinados y alucinantes, disparatados, cachondos y subversivos del siglo XX: «El cristiano mágico», que por primera se edita en españolo por Impedimenta.

Lo de este libro no es humor, es directamente que su personaje principal, un excéntrico hipermillonario, Guy Grand (en el cine fue también Peter Sellers) se parte literalmente los cromosomas gastando bromas a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Las bromas tienen su precio, valen su peso en oro, pero a Grand no le importa regalar sumas astronómicas solamente por ver hasta dónde es capaz de llegar la gente por un puñado de monedas o para darse el gustazo de comprar un cine para que las películas sean como a él le apetece.

Por eso es un libro subversivo, porque entre risas y charlotadas pone en evidencia, le saca todos los colores a este sociedad en la que el dinero es la medida de todo. Si lo prefieren, los mercados, para estar al día.

Y Southern lo hizo en 1959, cuando Occidente estaba a punto de arribar a una de sus décadas más próspereras, a esa década prodigiosa en la que Terry Southern fue un protagonista de excepción.

Si un marciano llegara al planeta Tierra y quisiera saber de qué va la cosa en estos días, bien podría empezar por partirse las antenas con «El cristiano mágico». Se pondría aún más verde de la risa, y pensaría con toda la razón que los auténticos extraterrestres somos nosotros, los terrícolas.

Por Manuel de la Fuente

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