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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Libros felices contra la crisis

Si quieren ustedes descansar un poquito, no sé, unas tres horas y media —a ritmo de lectura ágil— o unas cuatro —a un ritmo más moroso y acompasado—, si quieren, digo, descansar de metrallas auditivas y azarosos titulares de prensa sobre ajustes y recortes, sobre subidas y bajadas de ibexs y de primas, sobre el gris-negro horizonte que se nos pinta y en el que ya nos imaginamos, más temprano que tarde, desasistidos y viejos, bajo un puente..., si quieren, ya les digo, desenchufar de tanta dosis de grostesca realidad, cójanse este libro de Edmund Crispin, que les saque de aquí durante un buen rato.

¡Abundan tan poco los libros felices! Y este es, sin duda, uno ellos. Diversión y misterio inteligentemente entrelazados. Humor inglés, disparate surrealista. Y, encima, ambientado en Oxford. ¿Qué más se podría pedir? Bueno, sí: un excéntrico profesor universitario y detective aficionado, Gervase Fen, que usa expresiones del conejo de Alicia en el país de las maravillas; un poeta ocioso, Richard Cadogan, que acompaña a Fen en sus pesquisas; un jefe de policia obsesionado con la intencionalidad de Shakespeare en Medida por medida. ¿Qué más? Un coche deportivo, destartalado y ruidoso, llamado Lady Chistine III. Un cadáver en una juguetería que aparece y desaparece. Y continuas referencias literarias, entre ellas ese juego de acertijos basado en Los poemas absurdos de Lear, que termina siendo fundamental para la trama y la resolución del caso.

Y, encima, el libro está bien escrito y mejor traducido.

La editorial, Impedimenta, lo promociona como una obra clásica del género detectivesco, pero más preciso sería definirlo como una comedia que incluye, además, la investigación de un asesinato —no se lleven a engaño los recomponedores de puzzles a lo Agatha Christie o Dorothy Sayers—-, aunque aquí las piezas encajan y no menos perfectamente.

Si, como dejó dicho Baudelaire, el verdadero héroe es el que se divierte solo, ahora pueden robarle al tiempo ese privilegio durante unas horas leyendo La juguetería errante.

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