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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Westwood», de Stella Gibbons: Una obra pluscuamperfecta

El merecido éxito editorial de La hija de Robert Poste (1932) ha traído consigo que el sello Impedimenta destape el tarro de las esencias en forma de publicación de otras novelas de su autora, Stella Gibbons.

En este primer reencuentro con la prosa de Gibbons a través de las páginas de Westwood (1946), lejos de llegar a la conclusión de que el genio literario cabe acortarlo a las esencias de La hija de Robert Poste, certifica e incluso añade elementos para que tome cuerpo la idea —algo ya bien sabido en el mundo anglosajón— de que estamos ante una dama de las letras de una primorosa calidad. Cierto que, en sintonía con La hija de Robert Poste, Gibbons alcanza a trazar ciertas similitudes en el enunciado propio de la obra, empezando porque la heroína de la función literaria, la joven maestra Margaret Streggles, se configura, a priori, a imagen y semejanza de la Flora Poste de la novela fechada en 1932. Asimismo, el espacio central que ocupa Cold Comfort Farm en la obra de debut de Gibbons se corresponde en su décima novela con la vivienda circunscrita a los dominios de Highgate que da nombre a la misma. Sin embargo, ese prisma satírico que adopta casi de continuo el relato de La hija de Robert Poste troca en Westwood a un comportamiento diríase que tragicómico en atención a ese telón de fondo bélico que invade la vida de los habitantes de Londres y alrededores, un territorio donde la artillería aérea nazi se cebaría especialmente. Gibbons evita mostrarse solemne cuando trata de describir ese mundo en tinieblas, aunque la pulsión humanista de la escritora aparca en algunos pasajes de su novela una fina y ociosa ironía que tiene en su epicentro las andanzas de Margaret en un entorno que la compromete en lo emocional y en lo intelectual, en lo pasional y, en definitiva, en lo que se denominaría la joie de vivre.
Los trece años transcurridos desde la escritura de Cold Comfort Farm procuraron a Gibbons un refinamiento mayor de su estilo, edificado sobre todo por su majestuosidad a la hora de envolver al lector en esos espacios al aire libre que proyectamos en nuestra imaginación con todo lujo de detalles (por ejemplo, su conocimiento de la botánica era sencillamente portentoso). A medida que avanza la lectura de Westword vamos familiarizándonos con los caminos recorridos por Margaret, los que operan en un marco de naturaleza donde se sitúan los paraísos perdidos —los de la Inglaterra rural de la primera mitad del siglo pasado— pero asimismo aquellos dibujados en una mente en perenne ensoñación, persiguiendo la máxima de una felicidad dictaminada desde el coraje por decir lo que uno siente sin menoscabo a herir la sensibilidad de los demás. En Westword ese lenguaje preciso que se nutre de manera particular de referencias a escritores coetáneos o anteriores a Gibbons —John Keats, John Milton, Alice Meynell, William Shakespeare y un largo etcétera— se quiebra cuando toma la palabra Zita, la inseparable amiga de Margaret. Sus expresiones orales, exentas de una construcción gramatical ajustada a derecho, son presentadas tal cuál en el texto —parejo a la fórmula adoptada por William Faulkner en El ruido y la furia cuando la voz recae en Ben Compson, haciendo evidente su retraso mental—, sin que por ello pierda fuelle el ritmo, la cadencia de las frases de una endiablada belleza expresiva al armar la descripción del entorno natural y de unos personajes que giran en torno a la joven emparentada con las heroínas cautivas de la literatura de Jane Austen. Especial mención cabe hacer de Gerard Challis, el atribulado dramaturgo al que Margaret idealiza —sin que signifique mostrar sus reservas para con algunos personajes femeninos trazados en su obra Katté, vapuleada por la crítica en su estreno londinense—, que toma el molde de Charles Langbridge Morgan (1894-1958). Como ya había hecho José C. Vales en relación a la traducción de La hija de Robert Poste, sus colegas Laura Naranjo y Carmen Torres García van al rescate de cualquier dato que genere dudas, lleve al equívoco, a la confusión y que, por tanto, precise de una explicación cara al lector. Así pues, a falta de la publicación de la introducción servida por Lynne Truss en la edición en inglés, Naranjo y Torres se esmeran a colocar, entre otras muchas, esa nota aclaratoria sobre el ascendente de Gerard Challis, personaje pintoresco, un punto extravagante, acorde a esa decidida voluntad de Gibbons por evitar que el tedio y lo formal se apodere de las páginas de sus libros. Novelas del calado de Westword representan una invitación por parte de Gibbons a fabular sobre la complejidad de las relaciones humanas soltando lastre por lo que concierne al sentido de la trascendencia depositaria de algunos de sus colegas y confundiéndose en un bosque de referencias a la cultura anglosajona y, en particular, a su literatura (inclusive al apelar directamente, en la mejor tradición del siglo XVII y XVIII, al lector o lectora en un par de pinceladas), que sirven más de condimento que de pose intelectual. Una obra maestra con todas las de la ley… la de Gibbons, una dama con un dominio pluscuamperfecto del lenguaje escrito y mejor expresado. Nightingale Wood aguarda, pues, en la recámara de Impedimenta para, esperemos, suscribir lo dicho por lo que atañe a las dos obras editadas hasta la fecha de la escritora londinense, a la sazón casada con el actor y tenor Allan (Bourne) Webb (1907-1959), a cuenta del cuál Westwood contabiliza una de las numerosas notas irónicas (en referencia a The Pilgrim’s Progress) que salpimentan su exquisito texto.

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