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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Cartarescu, o la realidad como ficción

Le debo a la editorial Impedimenta el descubrimiento de la obra del rumano Mircea Cărtărescu, uno de esos nombres que suele aparecer con frecuencia en la lista de fin de año de posibles candidatos al Nobel de literatura (puede que esa lista sea lo más importante del premio, pues entrega cierto consenso crítico de autores contemporáneos imprescindibles, muchos de ellos de países cuyas literaturas no son muy conocidas).

Cărtărescu, nacido en Bucarest en 1956, es autor de una obra muy reconocida que ha comenzado a traducirse al castellano; Funambulista publicó Por qué nos gustan las mujeres en el 2006, pero luego Impedimenta se ha hecho cargo de toda la obra y ha comenzando publicando el cuento largo El ruletista (2010), y la novela Lulu (2011); se anuncia para fines de año el libro de cuentos Nostalgia, publicado en Rumania en 1993 y considerado por muchos el punto de inflexión en su carrera, y después La bella extranjera (su más reciente libro de cuentos) y Orbitor, una compleja trilogía de novelas publicada entre 1996 y 2007.

A Cărtărescu se lo considera un escritor posmoderno por su reflexión constante acerca de la naturaleza misma del hecho literario; pese a que esto tiene, como sugiere Marian Ochoa en el prólogo a su traducción de El ruletista-, “el mismo espíritu lúdico, exaltado y pueril de sus predecesores vanguardistas”, en Cărtărescu existe una preocupación trascendente, ontológica, que apunta a que la revelación de la literatura como artificio termine cuestionando la identidad del ser humano y la naturaleza misma de la realidad. En este sentido, un texto como El ruletista emparenta a Cărtărescu con, entre otros, el Borges de “Las ruinas circulares” y el Bioy Casares de La invención de Morel.

En el caso de la novela de Bioy, la invención fantástica de Morel -una máquina que “atrapa” a los seres humanos y les da la inmortalidad de las imágenes “con alma” a cambio de su vida- torna imposible diferenciar lo real de su simulacro, y permite que el narrador haga una analogía entre la naturaleza misma del “Archivo de imágenes y voces” inventado por Morel y la realidad: “¿En dónde yacemos, como un disco músicas inauditas, hasta que Dios nos manda nacer?”; “El hecho de que no podamos comprender nada fuera del tiempo y del espacio, tal vez esté sugiriendo que nuestra vida no sea apreciablemente distinta de la sobrevivencia a obtenerse con este aparato”. En Cărtărescu, el destino fantasmagórico del Ruletista, un ser que se vuelve célebre por su capacidad para salir victorioso en sus desafíos a la muerte con el juego de la ruleta, lleva al narrador a concluir que la realidad en la que viven el Ruletista y él es tan solo una ficción: “Pero hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir de la literatura. Allí las leyes del cálculo de probabilidades pueden ser infringidas, allí puede aparecer un hombre más poderoso que el azar. El Ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual es en cierto modo una forma de decir que el mundo en el que él vivía era ficticio, que era literatura”.

En La invención, las personas consiguen la inmortalidad al convertirse en personajes de Morel. En El ruletista, el narrador y el ruletista se vuelven inmortales al convertirse en personajes literarios. En ambos casos, el artificio -mass-mediático, literario- cuestiona y hace repensar la naturaleza misma de la realidad. Como en La invención de Morel, los personajes de Cărtărescu viven atrapados en una máquina, en este caso textual. Solo viven en la página, “viven siempre que su mundo es ‘leído'”.

Los que vivimos fuera de las páginas del libro puede que también estemos viviendo en un mundo ficticio. No es poco mérito que la bella y breve fábula de Cărtărescu nos haga poner en duda la realidad en la que nos movemos todos los días.

Por Edmundo Paz Soldán

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