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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Escribir: sudar tinta

Duro oficio es escribir. Sobre todo, porque rara vez es un trabajo limpio y a tiempo completo, todo lo contrario. La mayoría de los escritores deben subsistir a base de conferencias, artículos y otras labores ingratas, no tan creativas, que poco o nada tienen que ver con encerrarse y sentarse tranquilamente frente a la página para dar rienda suelta a la imaginación.

Daria Galateria, en su libro ‘Trabajos forzados’, indaga en esas otras profesiones de célebres escritores como Gorki, Jack London, Kafka, Chandler, Céline, Dashiell Hammett, George Orwell, Boris Vian o Bukowski.
La vida de este ramillete de escritores, elegidos no se sabe bien si por azar o por su peculiaridad, es a veces insólita, otras aventurera y otras, la mayoría, anodinas, poco artísticas.
Es el caso de Italo Svevo (los autores italianos son protagonistas por el origen romano de Galateria y muchos de ellos los desconocemos aquí en España, como Carlo Emilio Gadda y Ottiero Ottieri), industrial cuya carga de trabajo, tan pesada, le quitó las ganas de escribir. En ocasiones, la información ofrecida por Galateria abruma, aunque se nota la mano de Félix Romeo en la traducción para hacer más digerible el torrente de datos que se vierten. ‘Trabajos forzados’ resulta un interesante volumen de consulta, un curioso estudio sobre las biografías de autores que pertenecen a la Historia de la Literatura.
Decía Rafael Azcona que los guionistas, cuando ganaban dinero, se compraban un coche o viajaban en taxi, pero él siempre viajaba en transporte público o caminaba para así escuchar a la gente, para oír la vida de primera mano. Jack London cazó focas y buscó oro, experiencias que le sirvieron para llegar a ser el autor mejor pagado de su tiempo. Franz Kafka era agente de seguros, sabía cinco idiomas y quiso ser jardinero, agricultor, carpintero… ¿Por qué?: «El trabajo manual nos acerca a las personas», afirmó.
Esa es la esencia. Chandler ejerció 36 trabajos decepcionantes, Hammett fue vendedor ambulante de pescado, publicista de una joyería y detective privado, Sáint-Exupéry (el autor de ‘El Principito’) fue piloto de aviones, Orwell (policía birmano) ganó su primer sueldo gracias a una crónica de críquet y Bukowski, que ejerció de cartero, acabó dejando el empleo porque, en su opinión, «es mejor trabajar en una fábrica, no hay tanta presión». Otros, comoBoris Vian, tuvieron una vida bohemia, más acorde con la imagen habitual del escritor, además de trompetista de jazz. Paul Morand dijo: «Alguna vezme han dicho que no he escrito el libro bellísimo que habría podido porque he tenido una vida demasiado bella». Tenía razón, no se puede escribir de lo que no se sabe, a menudo el experimento sale muy mal. Es frecuente imaginar al escritor como una figura bucólica, extraordinaria, que solo vive por y para la literatura, y, aunque la vida de la mayoría de ellos no es tan tumultuosa, extrema ni interesante como muchos de los protagonistas de ‘Trabajos forzados’, la conclusión en todos los casos viene a ser la misma: de la literatura no solo no se vive, incluso se sufre.

Por Diego Marín

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