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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Max y Moritz», de Wilhelm Busch

Estamos de suerte. Max y Moritz, el cuento infantil escrito y dibujado por Wilhelm Busch en 1865, es uno de los títulos más frecuentemente citados como antecedente del cómic, a pesar de lo cual no contábamos todavía con una edición en castellano.

Los traviesos protagonistas de esta obra son, por un lado, el origen de todas esas parejas de niños terremoto que tan populares fueron en la iconografía popular del siglo XX, desde los Katzenjammer Kids de Rudolph Dirks, una de las primeras páginas dominicales del Imperio Hearst, hasta los muy nuestros Zipi y Zape, quienes incluso conservaban el contraste de color de pelo de la pareja original.

Pero los ecos de Max y Moritz no solo resuenan en el cómic moderno por su temática, sino también (y esta es la principal razón por la que incluimos su reseña en esta sección) por su peculiar modo de narración gráfica. Antes de su publicación, la tira cómica era muy diferente a como la concebimos ahora; en lugar de presentar gags gráficos, los humoristas relataban pequeñas historias ilustrando cada escena con un dibujo diferente, acompañado de textos explicativos para que el lector pudiera seguir el hilo de la narración. A mediados del siglo XIX, el ilustrador suizo Rodolphe Töpffer demostró la posibilidad de componer narraciones gráficas de manera diferente. Inspirado en la técnica gestual de los actores de su época, se atrevió a dramatizar sus «cuentos en imágenes», empleando varias ilustraciones para segmentar cada una de las escenas por acciones de tal modo que, al recorrerlas con la mirada de izquierda a derecha, el lector tenía la sensación de estar contemplando a los personajes en movimiento.

El método narrativo de Töpffer resultó ser tan popular que muchos humoristas gráficos europeos decidieron seguir su estela y, gracias a los trabajos de gente como Cham, Gustave Doré o el mismo Busch, las páginas de las principales revistas satíricas europeas descubrieron un nuevo género, el slapstick, es decir, la comedia física, deleitando al lector con las caídas y los trompazos de sus protagonistas, en ocasiones sin necesidad de palabras y mucho antes de que Fatty Arbuckle o Chaplin volvieran a popularizar este mismo género en el cine mudo.

Al contrario de lo que ocurre en la obra de otros grandes pioneros alemanes de este género como Alfred Öberlander o Emil Reinicke, en la obra de Wilhelm Busch, sin embargo, importan mucho las palabras. Quiero pensar que en gran medida la condición de clásico de la literatura infantil que ostenta Max y Moritz, se debe al cruel e irónico contrapunto que los textos de Busch proporcionan a las, en apariencia, inocentes ilustraciones. La rima consonante de los versos, que conservan la comicidad del original gracias a la magnífica traducción de Víctor Canicio, se convierte en manos de Busch en un gesto de regodeo, consiguiendo que el niño lector pueda seguir sonriendo incluso cuando los protagonistas reciben su merecido al ser triturados en un molino.

Tan solo esperamos que la publicación de este Max y Moritz no se quede en un guiño editorial aislado por parte de Impedimenta y le sigan otros clásicos de la narración gráfica (¿un Doré quizá? Sus obras capitales, Historia de la Santa Rusia y Disgustos de un viaje de placer siguen sin traducciones a nuestra lengua), cosa que no parece probable a juzgar por reciente edición de La Ciudad de Franz Masereel (ed. Nórdica), de la que nos ocuparemos pronto en esta misma sección.

Por Roberto Bartual

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