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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Soy un gato», de Natsume Soseki

Mi adquisición de la Feria del Libro de Madrid de este año ha sido un total acierto: Soy un gato, genial novela de Natsume Sōseki (1867 – 1916), presentada por la editorial Impedimenta en un volumen casi artesanal, narra las peripecias vitales, artísticas, filosóficas y literarias de un gato adoptado por un extravagante maestro y su peculiar familia.

Escrita en clave de humor, es imposible que no produzca en el lector una sonrisa –o la abierta carcajada, en mi caso- tanto en las más dispares conversaciones entre los personajes a quienes el gato observa como en sus propias apreciaciones, sarcásticas y mordaces.

A través de los ojos del gato –quien, como él mismo aprecia en la primera línea de la novela, no tiene nombre- Sōseki realiza una brillante crítica de la burguesía Meiji y, a través de ésta, de la propia especie humana. Las principales preguntas filosóficas y los argumentos más aceptados son hechos trizas con una lógica aplastante que, como no podía ser de otra manera, se corresponde con la manera gatuna de ver el mundo. El gato razona con una asombrosa simplicidad sobre las diferencias entre su especie y la humana, y algunos de los hilarantes contrastes que establece en su pequeña cabecita de gato no pueden dejar de ser reproducidos aquí:

«Si uno observa sus rarezas e incluso transige en aceptar estas perversas peculiaridades en materia de atuendo y alimentación, no puede hacer lo mismo cuando de lo que se trata es de analizar aspectos que no afectan lo más mínimo a su naturaleza. Tomemos como ejemplo su pelo. Puesto que éste crece a la fuerza y de modo natural, lo más lógico sería dejarlo tal como viene, esto es, libre y a sus anchas. Pero no. […] Los llamados sacerdotes, o monjes, tienen la costumbre de afeitarse la cabeza y lucir siempre un cráneo de invariable color azulado: azulado en verano, azulado en invierno. Cuando hace mucho calor se encasquetan un sombrero y si hace mucho frío se cubren el cráneo con mantas. Y, puesto que necesitan cubrirse por una razón o por otra, haga frío o haga calor, ¿por qué razón entonces se afeitan la cabeza? No tiene ningún sentido. Hay otros que usan un instrumento parecido a una sierra y dividen su cabello en dos mitades exactamente iguales. Parecen encantados con el resultado».

Los pasajes en que el gato reflexiona sobre las rarezas de nuestra especie se combinan con otros donde narra las conversaciones del maestro, su mujer y el resto de personajes (la mayoría, antiguos alumnos del maestro, aunque también aparecen criadas y vecinos), así como con escenas de su vida diaria narradas pormenorizadamente. Podría decirse que la vida humana es vista a través de unos ojos de gato, mientras que la vida de gato es analizada por unos escrutadores ojos de humano científico. El propio gato llega a identificarse con los humanos en algunos pasajes –en otros coincide con sus semejantes gatunos en que algún día exterminarán a la extravagante raza humana y serán ellos quienes dominen el mundo.

De entre los extraños personajes que nos presenta Sōseki, cada uno con su lógica particular, destaca Meitei, un culto y burlón ex alumno del maestro, quien no desperdicia oportunidades para hacerle visitas y cotorrear sobre cualquier cosa de manera sarcástica. Desde el papel de la mujer en la antigua Grecia, pasando por la mejor manera para comer los tallarines, la explicación de cada una de las funciones de su recientemente adquirida navaja suiza, la disertación sobre la nariz de la entrometida vecina o la crítica a las composiciones poéticas del maestro, las conversaciones entre Meitei y cualquier otro personaje constituyen una continua y alocada mezcla entre cultura, fantasía, sarcasmo y ridículo que por momentos puede desembocar en un absurdo rayano en lo kafkiano.

Al lado de personajes como el maestro, Meitei y los otros ex alumnos, quienes forman parte de la sociedad culta y mantienen una especie de círculo amistoso de discusión, se encuentran otros como la mujer del maestro, o los vecinos, gente ajena a tales discusiones y que toma sus absurdas divagaciones como diversión o insulto, según el personaje y el momento. El propio maestro bromea con su mujer sin que ella sea consciente de ello, y es llamativa la complicidad del gato con su amo en estos pequeños chistes privados, incluso si éste no la comparte (pues no sabe que su gato no es un gato cualquiera).

Lo fantásticamente bien que está escrita, lo alocado de las discusiones y descripciones, el continuo aunque sutil sarcasmo y las críticas abiertas a lo que todos, como humanos, conocemos, la convierten en la perfecta novela para pensar, disfrutar y, por qué no, introducirse en la cultura japonesa, aunque eso sí, en una parte de ella muy peculiar.

Por María Pardo Arenas

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