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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La palabra heredada», de Eudora Welty

“La palabra heredada” es probablemente uno de los libros más bellos, más enternecedores y estremecedores que he leído en las últimas semanas. Es un libro en el que se nos presenta una Eudora Welty que cautiva mientras crea literatura; una literatura distinta, autobiográfica, que sin embargo revuelve las entrañas y nos hace vibrar. No es palabrería todo esto que digo.

Quizá exista alguien que no se acerque al libro al enterarse que es un recuento de unas conferencias que dio en Harvard; a quien lo haga, mal hecho. “La palabra heredada” son fragmentos de vida, fragmentos de un interior, como diría la Gaite, que resultan espectaculares: primero, porque están deliciosamente bien escritos; segundo, porque poseen una dulzura que es poesía en estado puro; tercero, porque Eudora Welty, como si de un diario se tratase, se deja la piel de la infancia y la adolescencia, se deja los huesos de su padre y de su madre, de su abuela y de su abuelo, y los cimientos de una casa en el sur de los Estados Unidos; ese despojarse de todo cuanto la ha formado como escritora, cámara y carrete fotográfico en mano, resulta ser sublime. Se aleja de las autobiografías de otros escritores que se convierten en monólogos aburridos y altisonantes, petulantes y poco reales. Eudora Welty cuenta su vida, su vida como escritora, como observadora, con una simpleza enérgica. Su memoria no la traiciona ni ella traiciona la memoria de los demás. No se ensalza como escritora ni como persona sino que, a través de lo que si vida ha resultado ser, engrandece a las personas que la hicieron como es. Son tres relatos autobiográficos que, en realidad, cuentan una historia importantísima que subyace y que podría convertirla en una novela más: la de quienes le alentaron a coger un lápiz, o una pluma, y escribir; y la de su madre, que le invitaba a leer.

En mi educación sensorial incluyo mi conciencia física de la palabra, de cierta clase de palabra: es decir, de la conexión que guarda con aquello que representa. Alrededor de los seis años, quizá, esperaba sola en el jardín a que llegase la hora de cenar, justo en esa hora en la que a finales de verano el sol se intuye bajo el horizonte y la luna llena se define, iluminándose. Llega un momento, y a mí se me reveló entonces, en que la luna se transforma, y pasa de ser plana a ser redonda. Fue la primera vez que mis ojos la identificaron como un globo. La palabra «luna» se me precipitó a la boca como servida en cuchara de plata. Al saberla en la boca, la luna se hizo palabra. Exhibía la redondez de una de las uvas moscateles que el Abuelo, en Ohio, cogió de la parra y me entregó para sorber todo su jugo, desprendiéndola de la piel para tragar la pulpa entera.

Eudora Welty nació escritora. No se formó, no le enseñaron a escribir; ella observaba y sentía la necesidad de ponerlo por escrito. Más que eso, en realidad: ella miraba y creaba literatura. Esa primera vez que ve la luna, que se le precipita a la boca y le sabe a uva, eso y nada más, es pura literatura, pura poesía. Y hablaba entonces la niña Eudora, la niña que se paseaba por los amarillos de Ohio, el mismo sur que caminó Carson McCullers, que podían haber caminado las dos de la mano, por qué no, enormes las dos, letra heridas para siempre. No hay dolor en “La palabra heredada”; hay alegría, hay vida, hay recuerdos que no tiñen de negro el presente, ni el de entonces ni el de ahora. Es un libro bello hasta la extenuación, terriblemente sofisticado, soberbio en su expresión. Son versos, no líneas, lo que discurre a través de las páginas. Es un libro sabroso de una escritora que es puro placer. Los acontecimientos que se narran son el reflejo de un vida y de una situación, de momentos concretos que la joven escritora nunca pudo olvidar. Es un libro especial, muy especial:

Mi padre se sabía el camino al dedillo; no importaba que fuera de día o de noche, siempre sabía dónde estábamos. Todo lo que desfilaba ante nuestros ojos, el discurrir del paisaje, constituía para él mundo conocido; para mí, pura imaginación. Cada uno a su manera, los dos estábamos hambrientos de todo aquello: en ninguna otra situación hubiésemos congeniado tanto, y tan bien, mi padre y yo.

Y en otro momento, dice:

Desamparada y casi ciega, muy anciana ya [está hablando de su madre], los recitaba de cabo da rabo tumbada en la cama. Su voz adquiría al declamarlos una resonancia y una firmeza inauditas, y sonaba con fervor antiguo, ciertamente feroz. Me dictaba una vez más, sin que yo me diera cuenta, su última lección: las emociones no envejecen. Lo supe: antes o después me sentiría como ella, y así es.

A veces basta transcribir citas de un libro para convencer a alguien. Eudora Welty, desde luego, lo consigue.

Por Ainize Salaberri

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