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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Flores de verano», de Tamiki Hara

Cuando cerca de los 40 una de tus tías aún te pregunta qué quieres por Reyes, a mí no me queda otra que tomármelo con naturalidad y darle el nombre de un libro, que por supuesto ya sé que no va a estar en la librería-papelería donde va a ir a buscarlo. Pero para eso están las distribuidoras: para atender a los pedidos que las tías detallistas hacen en las librerías-papelerías de un barrio de Móstoles. Y qué mejor regalo de Reyes que un libro de Impedimenta, aunque al librero no le dé tiempo a tenerlo para el 6 de enero, y llegue unas semanas más tarde.

Había hojeado este libro de Tamiki Hara (Hiroshima, 1905-Tokio, 1951) en alguna librería y me interesaba el tema. Durante una larga época de mi vida leí cuanto pude sobre los testimonios que hablaban de los supervivientes de los campos de concentración nazis, una lectura que siempre me ha parecido enriquecedora y necesaria. De hecho, tengo pendiente una relectura de Primo Levi, uno de mis referentes absolutos. También he leído, por ejemplo, la reflexión sobre quiénes fueron todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial que llevó a cabo W. G. Sebald, en Sobre la historia natural de la destrucción.
Estuve a punto de leer, hace años, un testimonio sobre las bombas nucleares lanzadas sobre Japón, escrito por un médico, y que publicó en su día Círculo de lectores (no recuerdo el título ni el nombre del autor); pero hasta ahora, hasta estas Flores de verano no había leído ningún testimonio directo sobre los bombardeos de Hiroshima o Nagasaki.

Tamiki Hara estaba en Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Proveniente de una próspera familia dedicada a la industria textil, que le permitió adquirir una sólida educación y dedicarse a la escritura sin problemas económicos (leemos en el prólogo), su vida estará sin embargo marcada por la tragedia: tres de sus hermanos habían muerto siendo él niño; su padre murió cuando Tamiki tenía 12 años; tenía 13 cuando murió su hermana preferida; 36 cuando murió su madre, y 39 cuando murió su esposa (en 1944). Tamiki, incapaz de vivir solo después de la muerte de su mujer, regresó a la casa familiar en Hiroshima, lo que le permitiría ser testigo directo de los efectos del primer lanzamiento atómico de la historia sobre una ciudad.

Flores de verano está compuesto por tres narraciones: Preludio a la aniquilación (1949), Flores de verano (1947) y De las ruinas (1947); los dos últimos textos se publicaron en una revista y el primero en otra diferente, dos años más tarde. En realidad las narraciones podrían ser leídas como relatos independientes, y a pesar de que el autor prefería –cuando se publicaron en conjunto– el orden cronológico para su publicación, esta edición de Impedimenta ha elegido el orden más lógico (el cronológico narrativo).

La relación es estrecha entre Flores de verano y De las ruinas: ambas historias están narradas en primera persona, y el resto de personajes casi carece de nombres propios; serán “el hermano mayor”, “la mujer de mi hermano”… Aquí el carácter testimonial se podría entender como absoluto.
Preludio a la aniquilación es un texto más extenso, que podríamos considerar una novela corta, y está narrado en tercera persona: el autor parece aquí querer distanciarse de lo contado y, para hablar de sí mismo, se sirve de la autoficción: el personaje que debería ser él en la realidad aquí se llama Shozo.

Me he acercado al prólogo de Fernando Cordobés al final; pero al leer la nota biográfica de Hara comprobamos que lo narrado en Preludio de la aniquilación se corresponde bastante fielmente con la vida del autor: Shozo ha dejado ya atrás la juventud, y tras la muerte de su mujer ha regresado al hogar familiar en Hiroshima. La guerra se está acabando y su ciudad natal permanece extrañamente intacta. Los presagios negativos, sin embargo, se disparan: “Había algo más que acechante en la casa, algo siniestro” (pág. 24); “Los duraznos estaban en flor y las hojas verdes de los sauces refulgían, y sin embargo, Shozo era incapaz de sentir el espíritu de la nueva estación que se acercaba. Había algo que no encajaba, que desentonaba terriblemente…” (pág. 36).

Shozo parece un ensimismado holgazán al compararlo con la actividad febril de sus hermanos, empeñados en mantener a flote el negocio familiar. En realidad, al conocer la muerte de su mujer, el lector siente que el personaje sufre una depresión más profunda que la inquietud meramente provocada por la guerra; o más bien todo es un conjunto integrado: el mundo no funciona.
También al acercarnos al personaje de Shozo podemos reconocer la personalidad del artista: además de intentar buscar un refugio en los paseos de su infancia, para describir la realidad suele recordar los libros leídos, por ejemplo: “Le vino a la cabeza la imagen de los refugiados en el comienzo de la obra de Goethe Hermann y Dorotea” (pág. 59).
La recreación de personajes y la composición de escenas es rica en Preludio de la aniquilación; aunque quizás se haya quedado algo anticuado su estilo narrativo omnisciente, pues –sobre todo hacia el final– el narrador se adelanta varias veces a lo narrado: habla un personaje y apunta en la página 66: “Últimamente me ha dado por pensar que Hiroshima es el lugar más seguro de Japón”. Entre paréntesis remarca a continuación el narrador: “La mañana del 6 de agosto Otani se volatilizó literalmente mientras se dirigía al trabajo”.

La primera persona de Flores de verano y De las ruinas nos acerca al tiempo narrativo de lo contado de una forma más directa. Creo que estas narraciones son mejores en cuanto a ritmo que la anterior, sin querer olvidar los méritos compositivos de ésta.
En Flores de verano se narra lo que ocurrió el 6 de agosto de 1945 en Hiroshima, la mañana de la bomba: “Le debo mi vida a un retrete”, escribe Hara en la página 72.
En De las ruinas se narra el después de la bomba: las pilas de cadáveres, la huida, las personas tumefactas, quemadas… las heridas que van siendo invadidas por gusanos, las personas que buscan a sus muertos por las calles, y las que vuelven después del desalojo a Hiroshima porque piensan que el ataque norteamericano se ha realizado con una bomba convencional pero más potente que las que conocían, y a las que las muertes de las semanas posteriores les hacen comprender que hay algo en el aire.

Y ante la dimensión brutal de lo vivido, Tamiki Hara decide, como Primo Levi, como Victor Klemperer, como tantas otras víctimas de la Segunda Guerra Mundial, tomar partido: «Pensé “Tengo que dejar testimonio escrito de todo esto”». (pág. 78); “En lo más profundo de mi corazón experimentaba una especie de sentimiento de euforia. Sentí el impulso irrefrenable de sentarme a escribir sobre todo aquello” (pág. 106).

En algún momento, según me acercaba hacia el final de este corto, pero terriblemente intenso libro, me he descubierto pensando que estaba leyendo una novela de ciencia-ficción. Los personajes, supervivientes de una guerra nuclear, se mueven por un paisaje calcinado, entre hombres supurantes, cadáveres y ruinas… Tenía que recomponer mi sentido de lo real y lo ficticio, y decirme: “No, esto no es La carretera de Cormac McCarthy, esto está escrito en 1947 y es un relato testimonial sobre algo ocurrido en la realidad de 1945. Cuesta creerlo.

Tamiki Hara, como tantos otros supervivientes de las debacles humanas del siglo XX, no pudo sobrevivir a su propia experiencia y se suicidó en Tokio en 1951 arrojándose a las vías del tren. Nos ha legado, sin embargo, un libro estremecedor y poético, necesario, desolado y a la vez profundamente humano y conmovedor.
Más de una vez se lo he comentado a mis compañeros del colegio donde trabajo: estoy convencido de que ningún alumno debería acabar su educación secundaria sin haber leído al menos Esto es un hombre de Primo Levi. Lo mismo puedo decir de Flores de verano de Tamiki Hara.

Por David Pérez Vega

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