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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Los solteros», de Muriel Spark

«Londres en aquellos momentos: treinta y ocho mil quinientas calles; diecisiete solteros de media en cada una, despiertos en sus camas, mirando al techo desvelados, rezongando, murmurando inquietos o agitados junto a sus parejas ocasionales, suspirando agotados entre las sábanas a todo lo largo y ancho de la ciudad de Londres, la mayor metrópolis del mundo».

Imagino a Muriel Sarah Camberg, en arte Muriel Spark (1918-2006), provista de un carpesano en cuyo interior descansan las galeradas de su nueva obra literaria tratando de convencer a su editor de lo apropiado de su título original, The Bachelors en razón de los seiscientos cincuenta y cuatro mil quinientos solteros —según los datos que había recabado para tal menester— potenciales compradores del mismo. Pero, presumiblemente el elemento que debió despertar la atención de su editor se correspondería con la temática abordada en The Bachelors, esto es, el espiritismo, elemento catalizador de una serie de infortunios y desgracias varias que afectan a esos singles que actúan bajo el “influjo” del taimado Patrick Seton.
Para un Imperio como el Británico, en que había hecho estragos la Segunda Guerra Mundial entre su población civil y aquellos destinados a sacrificarse en primera línea de combate por su patria, en tiempos de “paz” muchas personas, a título individual, se aferraban a la idea de ponerse en contacto con sus seres difuntos a través de sesiones de espiritismo orquestadas, a menudo, por personas sin escrúpulos que trataban de obtener un rédito económico. En realidad, este interés de un sector de la población por las denominadas Ciencias Ocultas se dio al finalizar la Primera Guerra Mundial, pero a mediados de los años cuarenta empezaría a experimentarse un repunte de las mismas que tuvo traducción, desde el punto de vista literario, en un buen número de novelas. Prácticamente a la par surgirían en el mercado editorial británico Los solteros (1960) —quinta de las obras publicadas de Mrs. Spark— y Seance On a Wet Afternoon (1961) de Mark McShane. Pero mientras la novela construida por el escritor australiano todo parece girar en torno a las sesiones de espiritismo, en Los solteros éstas se formulan como una derivada más dentro de esa ecuación que implica a una variopinta comunidad de singles refractarios a la simple posibilidad de contraer matrimonio. Un estado civil que les induce a un comportamiento reglado según sus propios códigos, desde los más banales (en el arranque de la novela, la voz del narrador concluye un párrafo diciendo que «Los solteros procuraban salir temprano, hacia las diez y cuarto, para evitar encontrarse con las mujeres: las legítimas compradoras») hasta los más pintorescos. Además de la “particularidad” en sí misma que encierra la soltería, cada uno de ellos padece alguna enfermedad psíquica o física —alergias, diabetes, epilepsia, etc.— que convierten la velada literaria en una especie de sainete con constantes entradas y salidas de personajes del “cuadro” atacados indistintamente por el mal de amores y por sus respectivas dolencias. En ese espacio minado de problemáticas que implican a la salud de nuestros solteros, Spark sabe que semejante “debilidad” nadará a favor de corriente al apelar continuamente a la atracción que despierta Patrick Seton, sobre todo entre el personal femenino. El encanto que desprende Seton no se encuentra supeditado a un determinado lugar —se podría convenir el que acontece en sus sesiones de espiritismo— sino que aflora de manera natural, incluso cuando se encuentra contra las cuerdas durante el juicio final, acusado de falsificar documentos. Allí donde la escritora escocesa visualizaría los últimos capítulos de un libro destinado, por razones obvias, a integrarse en las bibliotecas personales de una clase cada vez más creciente que abomina del vocablo compromiso marital y se obstina en preservar esos espacios de ocio en que la lectura prima entre los ejercicios intelectuales. No obstante, su disfrute es igualmente recomendable para parejas dispuestas a dejarse seducir con una prosa que saca punta a la ironía y la mordacidad —ni tan siquiera descuida la religión católica, a la que se había acogido ya en su madurez, para algún que otro private joke con afán crítico— sin perder las formas de un trazo sencillo. Si el Sr. Fergusson —uno de los encargados de emitir su veredicto en el juicio en torno a los documentos analizados con arreglo a saber si Seton falsificaba o no la firma de los mismos— tuviera que interpretar la rúbrica de Mrs. Spark podría certificar que su pulso es firme, su caligrafía proporcionada y la claridad del dibujo de las letras que conforman su nombre y apellido devienen correspondencia directa con una prosa que, lejos de trabarse, por ejemplo en The Bachelors, va cuajando hasta derivar en su rush final en una obra acomodada al subgénero de juicios pero sin perder ripio de esa fina ironía que se desliza a lo largo y ancho de las doscientas ochenta páginas de esta novela. Habrá, pues, que permanecer atentos a las futuras publicaciones de Impedimenta referidas al legado literario de Mrs. Spark una vez colocados dos de sus pilares literarios, esta delicatessen que nos ocupa, y La señorita de escasos medios (1963), sobre la base de un “edificio” que toca con la yema de los dedos un “cielo celestial” donde permanecen en reposo algunos de sus compatriotas como Sir Arthur Conan Doyle —igualmente natural de Edimburgo con diversos ensayos y obras literarias referidas al espiritismo en su haber— o su gran amigo Graham Greene, “instigador” en la sombra de una fe católica que redundaría en los trabajos de ella una vez superada la barrera del medio siglo de existencia. Un descubrimiento tardío pero que acabaría prendiendo entre un público lector que reconocía en la voz de Mrs. Spark una esencia insobornablemente british en sus maneras costumbristas contorneadas de un sentido del humor que la dotaría de un sello de originalidad.

Por Christian Aguilera

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