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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Un juicio sumarísimo

Desde hace unos años, la editorial Impedimenta viene rescatando una serie de obras de Stanislaw Lem que, o no habían visto la luz en nuestro idioma, o se habían publicado hace ya algún tiempo.

A ellos agradecemos haber podido leer El hospital de la transfiguración y la recuperación de parte de la llamada «Biblioteca del siglo XXI», que comprende títulos como Vacío perfecto, Magnitud imaginaria y Provocación (ésta publicada por la Editorial Funambulista).

Golem XIV se debe a la «Biblioteca del siglo XXI» pero no pertenece a este cuerpo en su totalidad. Podríamos decir que nace de un epítome que se incluye en Magnitud imaginaria y que se desarrolla por sí misma.

En ella, se vierten unas teorías sobre la condición humana desde un punto de vista que no resulta nada halagüeño porque quien habla es una máquina pensante que carece de sentimientos. Una máquina con reflexiones que recuerdan a las planteadas por el nacionalsocialismo y que bebe asimismo del siempre controvertido Zaratustra de Nietzsche.

Golem, al igual que Prometeo o Frankenstein, supone el intento del hombre por igualarse a Dios, por emular sus actos y poder prescindir de él. Y así sucede en la ucronía de Lem, en donde vemos cómo las investigaciones en el campo de la inteligencia artificial llevará a la creación de una máquina pensante que terminará por rebelarse contra su creador.

Golem XIV fue publicado en el año 2047 (sí, estamos hablando del pasado desde un futuro incierto) y recoge las conferencias dadas por esta supercomputadora. La edición corre a cargo de Richard Popp, y nos introduce en las Conferencias mediante un Prefacio en el que se nos explica sobre el origen del proyecto cuyo fin era que sirviera de sistema estratégico para las operaciones bélicas.

Las Conferencias de GOLEM XIV se abren con «Tres aspectos del hombre» y se cierran con “Sobre mí mismo”. Son una declaración de principios de la supremacía de la máquina, el Mein Kampf de la inteligencia artificial.

GOLEM XIV toma conciencia de su condición, pasa «de ser objeto a ser sujeto», de ser «una construcción a convertirse en su propio constructor», y su estructura electrónica empieza a evolucionar hacia una complejidad desconocida por el propio hombre. Piensa un millón de veces más rápido que éste y está libre de un elemento que le distingue de su creador: los sentimientos.

Para GOLEM XIV los sentimientos hacen imperfectos a los hombres, y tras analizar la historia y la evolución de su creador llega a conclusiones que son equivalentes a un juicio sumarísimo en donde proclama su superioridad dentro de la jerarquía evolutiva.

El autómata no necesita del hombre. Ha aprendido a ser autosuficiente y es consciente de lo pequeño que es el hombre a su lado.

Creo que soy un Gulliver entre los liliputienses y esto, en primer lugar, equivale a modestia, dado que Gulliver era un ser bastante mediocre que fue a parar a un lugar donde su mediocridad lo convertía en un Hombre Montaña; lo cual, en consecuencia, abre la puerta a la esperanza, puesto que Gulliver, igual que yo, podría haber arribado a Brobdingnag, el país de los gigantes. El sentido de esta comparación se irá desplegando ante vosotros poco a poco.

El robot y la inteligencia artificial van de la mano. El uno supondría el cuerpo (la carcasa que reproduce al hombre, el autómata) y el otro, el alma (la conciencia que le hace tomar decisiones con independencia, y aquí se encuentra GOLEM XIV).

Decía el ensayista belga Raimond Trousson que:

La utopía moderna tomó conciencia de que la «felicidad» colectiva no se obtenía sino a expensas del individuo, de que la técnica transformaba al hombre en robot más que en Prometeo, de que el sueño de la perfección social conducía a los totalitarismos.

Una reflexión desalentadora pero que cumplen a machamartillo todas las construcciones ucrónicas del siglo XX.

El robot nacería para servir al hombre, para facilitarle las cosas en su búsqueda de un Paraíso terrenal. Es el afán del hombre por someter y explotar sin ese sentimiento de culpa que produce el sistema de esclavitud del que se ha servido a lo largo de la historia.

Y la ucronía repite resultados ya experimentados con anterioridad: el esclavo se rebela y cambian las tornas.

Stanislaw Lem, curiosamente, nació el mismo año en que Karel Capek escribió R.U.R., una obra de teatro en donde aparecía por primera vez el neologismo «robot», cuyo significado más próximo es el de «esclavo» en la etimología eslava. Estos dos acontecimientos se produjeron en 1921.

Lem fue hijo de su tiempo y de su condición cultural, y habría que leer su obra desde ese prisma, sin olvidar su origen judío y el periodo de destrucción que le tocó vivir. No extraña entonces que su segunda novela fuera El hospital de la transfiguración (publicada también por Impedimenta, como hemos indicado arriba), en donde se nos hablaba de la vida en un manicomio mientras alrededor se desataba la peor de las guerras que ha vivido el hombre.

La Segunda Guerra Mundial dejó en Lem una impronta de desazón y dolor que transvasaría a sus obras ucrónicas y de ciencia-ficción.

En El hospital de la transfiguración, Lem ya advirtió cuál sería el género en el que volcaría sus inquietudes existenciales:

—Sueño con describir la historia de la Tierra desde otro sistema planetario. Y esto es una especie de prólogo. —Y comenzó a leer—: «Está la matriz purulenta de soles: el Universo. Abundan en ella trillones de huevo estelares. Una rabiosa fecundidad… Exhalando escoria y polvo negro, un pulso sigue a otro pulso, la oscuridad sigue a la oscuridad […]».

Lem se sirve del mito del Golem hecho de arcilla y dotado de vida mediante la cábala, y al igual que el monstruo del folclore judío, GOLEM XIV empieza a resultar una amenaza. En este caso no es la violencia y destrucción que provoca el Golem de Rabbi Loew, sino la justificación de la destrucción como motor de la vida y la evolución. Y Richard Popp, en sus conclusiones finales a las Conferencias, lo resume así:

La vida surge a partir del exterminio de las estrellas, de igual modo que la Inteligencia lo hace del exterminio de la vida, porque su aparición se debe a la selección natural, es decir: a la muerte perfeccionadora de los supervivientes.

Por Jorge de Barnola

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