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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Vigencia de una antigualla

La editorial española Impedimenta publicó en noviembre pasado La juguetería errante, una novela policial de Edmund Crispin escrita en 1946. Tuvo tanto éxito que en enero ya iba por la cuarta edición. El libro me produjo tanta euforia y tal perplejidad que dediqué el fin de semana a leer otras cuatro novelas del autor que bajé de la web.

La vida literaria de Crispin parecía concluida. Sus obras no figuran en la lista de las diez mejores novelas policiales de Fernando Savater (que es la peor lista de mejores novelas jamás compilada) ni en la Guía de la novela negra de Héctor Valverde, y Luis Chitarroni lo declara arrasado por el tiempo. Crispin (1921-1978) tuvo una doble vida: fue escritor y músico. Se graduó en literatura en Oxford y allí trabajó como organista y director de coros. Entre 1944 y 1952 publicó ocho novelas que tienen a Gervase Fen –un estrafalario profesor, crítico literario y detective amateur– como protagonista. Luego se olvidó de la literatura (aunque volvió a Fen poco antes de morir) y vivió de componer música para películas industriales. Entre ellas, algunas comedias de la serie Carry On, que los críticos confiables califican como parte de una cinematografía abyecta, aunque si revisamos a Crispin tal vez también deberíamos hacer lo mismo con el vilipendiado cine británico (dejo a otros la tarea).

Crispin cambió de oficio y hasta de opiniones, pero se mantuvo fiel al alcohol. En sus libros se toma más que en los de Chandler y los personajes expresan frecuentemente la desesperación por un trago. Tanto La juguetería errante como El caso de la mosca dorada (la editó El Séptimo Círculo en 1957) y Holy Disorders –los tres primeros episodios de Fen– son una fiesta. Los personajes carecen de toda profundidad psicológica, tratan sobre crímenes imposibles de cometer y de explicación incomprensible. Fen juega con sus amigos a hacer listas de personajes literarios odiosos (“Lady Chatterley y su jardinero”, “casi todos los de Dostoievsky”), a encontrar las peores líneas de Shakespeare, y decreta que los admiradores de Jane Austen merecen morir en la horca. Crispin, a quien alguien comparó con Groucho Marx, ironiza con su escritura: “Este nudo se llama ‘anzuelo, línea y plomada’. ¿Por qué se llama así? Para que el lector se lo trague?”, y hace hablar a su protagonista con citas de libros clásicos (que el traductor de Impedimenta se empeña en aclarar a pie de página, tarea inútil que compensa ignorando que una Public School inglesa no es un colegio público y gratuito sino todo lo contrario). Con estos materiales –y una tensa, ambigua y audaz relación con el sexo–, los libros resultan caóticos, chispeantes y enérgicos; son de una frescura ejemplar de la que Crispin, enemigo del populismo, de la academia y de la vanguarida, era muy consciente. En Holy Disorders se lee lo siguiente: “La fuerza del drama isabelino no reside en el argumento sino en el hoy olvidado arte de la retórica. El espectador popular de Shakespeare era de una cultura muy superior al burgués educado de hoy”.

Novelas posteriores como Frequent Hearses o The Long Divorce son menos exuberantes y más profesionales, como si Crispin se hubiese domesticado después de la inmediata posguerra, cuando expresó una rebeldía colorida y confusa contra la burocrática Inglaterra del racionamiento, presa de “la amalgama de las fuerzas de la opresión –capitalismo, fascismo, bolchevismo– encarnadas en figuras sombrías y amenazantes”.

Las novelas de Fen revelan que Crispin admiraba al escritor y pintor iconoclasta Wyndham Lewis, cuyo sensacional libro de memorias, Estallidos y bombardeos, también publicó Impedimenta en 2008. La editorial promete más novelas de Fen, pero también prometió más libros de Lewis y hasta ahora no ha cumplido.

Por Quintín

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