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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El maestro y su pupilo

La música de Vivaldi parece llenar las páginas de El pequeño salvaje, del escritor norteamericano Thomas Coraghessan Boyle (Nueva York, 1948), como impregnó en su día la cautivadora película de François Truffaut del mismo título, estrenada en 1970.

Ambas obras tienen muchos paralelismos, y no sólo porque beban de la misma fuente, un hecho verídico como fue el descubrimiento, a finales de 1797 en los bosque del Languedoc francés de un niño vagabundo y desnudo, con los modales de un animal y que fue conocido como «El salvaje de Aveyron». Película y novela, que acaba de publicar la editorial Impedimenta, comparten la misma factura de obra artesanal, cargada de sensibilidad y buen hacer.

Y es que, aunque el libro tiene en contra la narración de una historia bastante conocida, Boyle, que exhibe un conocimiento muy trabajado de la Francia de la época, la ha iluminado sabiamente con la luz de la Razón que es, no olvidarlo, la de una antorcha o una débil lámpara que deja muchas zonas en penumbra y nos regala una novela con un extraño atractivo en la que la Ciencia y las fuerzas naturales libran un discreto pero continuo combate.

En un país todavía sacudido por las ideas de Jean Jacques Rousseau, que cantaba las bondades del buen salvaje – ese hombre ajeno a la civilización y por tanto a toda maldad– el gran enigma es si ese chiquillo encontrado en Aveyron ágil, terco e impredecible es la prueba de que el filósofo suizo estaba en lo cierto.

Al igual que el personaje que interpreta François Truffaut en la película, el profesor Jean-Marc Gaspard Itard de la novela es uno de los pesos fuertes de la obra, un personaje bien perfilado y que transmite la tenacidad y la fe en la Ciencia moderna. Una Ciencia moderna con la que tratará de encarrilar a Victor, el niño salvaje de Aveyron.

Hay una escena contada de forma escueta y poética, en la que los dos protagonistas dan el paso decisivo para conocerse. Víctor, tratado como un animal, se ha subido desnudo a un árbol de la institución en la que está recluido y se produce la magia, el reconocimiento entre maestro y pupilo: «En las elevadas ramas del olmo, con la ciudad extendiéndose a sus pies y la trayectoria de los pájaros entreverándose sobre los tejados, Itard extendió su mano contra el viento, murmurando suaves y persuasivas palabras hasta que el niño la tomó».

Pero es que esta novelita –o si prefieren el término fino, nouvelle– está repleta de pasajes conmovedores y cargados de veracidad, con los que el autor norteamericano reconstruye con mucha sensibilidad y sentido literario un drama educativo ocurrido hace dos siglos.

Por todas estas razones, El pequeño salvaje es, a juicio de este firmante, una de las mejores obras de 2012 y la oportunidad, para quien no lo conozca, de adentrarse en la obra narrativa de un escritor muy dado a recuperar el pasado sin que el resultado final sea una novela histórica del montón sino, como es el caso, una novela con mayúsculas a secas, a pesar de sus escasas 121 páginas.

Por Alfonso Vázquez

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