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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Busca y captura

Lem culmina con 'Golem XIV' la 'Biblioteca del Siglo XXI', en la que expone sus tesis sobre a la evolución y los límites del hombre

Cuando a uno le gustan los libros, una cosa lleva a otra. Para mí, lo primero no fue un libro, sino una película, 2001: Una odisea en el espacio, la que más profundamente me ha agarrado, y que no me suelta desde la primera vez que la vi. Luego, cuando en 1985 Orbis comenzó su Biblioteca de ciencia ficción con aquella propuesta doble, El fin de la eternidad y 2001, allá que fui corriendo al quiosco con mis veinte duros para hacerme con el libro de mi película favorita que, por cierto, aún no me he leído. Sí leí, sin embargo, la novela de Asimov, no sé muy bien por qué. Creo recordar que empecé varias veces el tostón de Clarke y la cosa no cuajó, y en el ínterin, la imagen medio hipnótica de la portada del otro libro, los varios círculos concéntricos -verde, azul, blanco, gris, blanco, verde, blanco, azul, negro- detrás de las sombras negras puntiagudas y las líneas de fuga del suelo azul fluorescente, se me fue pegando a la retina, hasta que un día me dio por abrirlo y leer la primera página.

Me pasé buena parte de aquel 1985 cazando como loco todos los libros de Asimov que pude encontrar. Mi territorio natural eran los quioscos, pues a mis trece-para-catorce años era yo un obsesivo coleccionista de cómics, y las librerías me parecían lugares aburridos, cartesianos y deprimentes, que lo más que llegaban a ofrecer eran tebeos de Tintín y Astérix, junto a todas aquellas sopas de letras. Recorriendo la ciudad, compré Compre Júpiter y Yo, robot, y El hombre del bicentenario, pero mis grandes adquisiciones fueron los tres de las Fundaciones -sí, ya sé que hay más de tres; también sé que usted sabe que son tres, y no hay más que hablar-. Me encantaban, y me encantan, las ediciones de Libro Amigo, con esas formas geométricas de tonos amarillos en la portada. Era más fácil encontrarlos en el formato Gran Reno, y sin embargo, me las apañé para completar la trilogía en la misma edición de Bruguera, y hasta pude volver a completarla cuando un amigo me devolvió Fundación en el estado que queda un libro cuando se cae dentro de la taza del váter.

En aquellas interminables jornadas de caminata y bicicleta, quiosco tras quiosco, no paraba de toparme con un tal Stanislaw Lem, también en Libro Amigo, y su Diarios de las estrellas en dos colores, negro y azul -luego vi que en realidad eran dos libros, Viajes y Viajes y memorias -, y cuando el monitor de un grupo de cristiandad se ofreció a prestarme el primero, lo tomé raudo, me encerré a leerlo y tuve una epifanía, y cometí pecado mortal y nunca se lo devolví. No creo que haya nada mejor que leer a Lem, si de leer estamos hablando, se tengan 14 o 41 años. Es de esas pocas cosas que resultan siempre tan placenteras como la primera vez. Así que allí me tienen, vuelta a empezar, peinando los quioscos tras los títulos del polaco. Claro que entonces no era como ahora -ah, las librerías… qué equivocado estaba aquel niño, además de Tintín y Astérix resulta que tienen libros de Lem-, que va uno a la L de Lem, o mejor al estante de Impedimenta, y se encuentra todas estas maravillas, primorosamente editadas, excelentemente traducidas, puestas todas en orden. Y dan ganas de llorar de la emoción, cuando se tiene en las manos nada menos que Golem XIV, envuelto con una faja que reza “Stanislaw Lem inédito” al lado del cangrejo de Albertus Seba. Hay mil cosas que le podría contar de este libro, por qué es una obra maestra y por qué le hará feliz leerlo, pero no lo haré. En realidad he escrito el texto solo para dar las gracias a los editores, a Enrique Redel, y a la traductora, Joanna Orzechowska. Si usted ya ha leído a Lem, doy por hecho que lo adora. Si no lo ha leído…, disculpe, ¿dice usted que le gustan los libros?

Por J. Fernández

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