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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La palabra heredada», de Eudora Welty

Nada académico, y en las antípodas de la insoportable terminología utilizada por los ‘cultural studies’ que cooptan las universidades norteamericanas desde hace un tiempo, este libro lo forman tres conferencias que impartió Eudora Welty en Harvard cuando ya había cumplido con creces los setenta años.

Luego, publicado en 1984, se mantuvo meses en las listas de los libros más vendidos del New York Times. El malogrado Miguel Martínez-Lage se empeñó en volver a traducirlo para Impedimenta, pero falleció antes de terminar. El trabajo de esta editorial y de Elena Medel para publicarlo es tan exquisito como digno de reconocimiento. Desde luego, han sabido como nadie plasmar la sensible delicadeza de la autora de La hija del optimista: su labor parece una extensión natural de la prosa cuidada, serena y sutil de la menos gótica de la nómina de grandes escritores sureños en la que siempre se le ha encuadrado.

A diferencia de esa mayoría de artistas —pertenecientes en gran parte al viejo continente europeo— que, al contrario de lo que escribiera Emily Dickinson en uno de sus enigmáticos y sombríos poemas, acostumbran a fingir el espasmo y simular el pavor en sus testimonios memorialísticos, Eudora Welty participa de cierto buen humor anglosajón que es también un acto celebratorio: “Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida”. Pues al revés de lo que a menudo se estila en el mundo de la creación, los ensayos autobiográficos de esta excelente cuentista nacida en Jackson, Mississippi, rebosan gratitud, sinceridad y amor correspondido por unos padres que propiciaron su carrera literaria, que pusieron al alcance de la joven Welty los elementos fundamentales para que su mente proclive a la fantasía y la ensoñación se desarrollara mediante la escritura. No hay un ápice de rencor en estas páginas, pero tampoco de sentimentalismo. La septuagenaria Welty recuerda las cosas tal y como son, sin pizca de amargura, con la sabiduría de quien ya ha vivido lo suficiente, y salido de esa etapa en que uno está solamente centrado en sí mismo, como para comprender lo que es importante comprender en la vida. De esa evocación de la memoria van surgiendo los retales que, con el tiempo, conformaron una poética, la de Eudora Welty, que en ningún momento se nos impone, sino más bien: se enuncia con cierta sorpresa, como si al formularla con palabras la propia autora descubriera de qué materia está hecha su escritura: “Cada escritor ha de averiguar por sí mismo, imagino, sobre qué extraña base descansan sus creaciones”. Así, la cronología parece venir de la afición del padre por los relojes; la atmósfera de sus relatos, de la sensibilidad meteorológica de la niña; de su educación sensorial, la conciencia física de la palabra: y de esta forma va explorando de dónde proviene el acto de observar, de escuchar, cómo se encuentra una voz o cómo se llega a escribir como se escucha. Y junto a la protección del optimismo pragmático del padre y de la inteligencia compasiva de la madre, halla la necesidad de emancipación, como una consecuencia natural del clamor que le apremiaba a aprender insaciablemente, no siempre exenta de culpa:

“Cierta pasión por la independencia, no es de extrañar, se despertó en mí a edad muy temprana. Me costó mucho tiempo disponer de ella, pues amaba a quienes me protegían y anhelaba, sin remedio, devolverles esa sensación; pero nunca he logrado lidiar con mis remordimientos. En el acto y en el curso de la escritura de un relato, esos son los dos manantiales —uno luminoso, otro oscuro— que alimentan el arroyo.”

Estas tres conferencias narran también un mundo que ya no es, un tiempo de viajes en coche que duraban días, de lentos trenes que paraban en muchas estaciones, de vacaciones de verano y viajes junto al padre que, al tiempo que propiciaban el aislamiento gozoso para la lectura y la imaginación, muestran el suspense de conocer, poco a poco, un paisaje que a la autora se le revelará vivo, misterioso y palpitante:

“El mundo exterior constituye el ingrediente vital de mi vida interior […] Mi imaginación toma su fuerza y emprende su camino a partir de lo que veo y lo que oigo, lo que entiendo, lo que siento y lo que recuerdo del mundo”.

El tiempo recobrado por Welty abarca desde su niñez, remontándose incluso a los antecedentes familiares, hasta el día que decidió coger un tren y presentarse en una editorial de Nueva York con sus fotografías y cuentos. Tuvo que volverse de vacío: las primeras muestras de interés por su trabajo llegarían más tarde, cuando el padre ya no estaba para ver cómo su hija conseguía aquello que siempre quiso. Ese reconocimiento, sin embargo, parece importar menos, cuando uno se sumerge en el mundo de Eudora Welty, que la felicidad del simple hecho de escribir en la máquina que le regaló ese mismo padre; que la hambrienta necesidad de atrapar la fugacidad de la vida, como hiciera en su trabajo de fotógrafa durante la Gran Depresión, también por medio de las palabras; o que el agradecimiento por disfrutar del amor por la escritura —tan parecido al que destila, por ejemplo, la prosa de Ana María Matute—, de su belleza y esmero, o de esa sacralidad que le aguardó desde el principio en la alegría que heredó de aquellos a quienes va dedicado este hermoso libro.

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