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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Caída y auge de Reginald Perrin», de David Nobbs, un clásico británico

Durante el año 1984 fue emitida por Televisión Española –la única- una serie que había alcanzado enorme popularidad en el Reino Unido. La BBC la había programado allí entre los años 1976 y 1979.

Quizás alguien la recuerde, seguramente les sonará el nombre. Trataba de la vida cotidiana de un cuarentón rodeado de familiares, compañeros y jefes que basculan entre lo banal y lo ridículo; decide entonces desaparecer, simular un suicidio y empezar de cero. Reggie, en la serie, estaba magníficamente interpretado por Leonard Rossiter, que encarnaba de manera magistral el espíritu turbio y a la vez patético que rodeaba todas las acciones del protagonista.

Pues bien, todo el entramado procedía de una novela –que a la postre se convirtió en trilogía- publicada por David Nobbs en 1975, un oscuro periodista cuyo ingenio probablemente se agudizó cuando entro a escribir guiones televisivos. Si este medio potenciaba el absurdo y la carcajada la novela, aun con un final esperanzador, deja un regusto a desasosiego. Ya desde el primer capítulo, la despedida de la esposa cuando Reginald sale para el trabajo –tópico: beso, cartera y consejo-, se apunta algo inquietante sin que el lector sepa de donde procede, como en esas películas de Tim Burton en que una tranquila regularidad nos hace adivinar algo sombrío o ridículo.

A partir de este momento, con la llegada a la degradada oficina de Postres Lucisol, el absurdo de las reuniones y la excursión a la reserva de animales, el tono resulta poco a poco más desolador, Es significativo que Reggie busque recuerdos de su pasado o vuelva al pueblo de su infancia, también que intente tener una aventura –hipnótico placer al leerla- con su secretaria. Está intentando revivir.

El punto de inflexión es una escena sublime en un libro en el que muchas escenas lo son: el discurso alcoholizado y delirante que pronuncia en el congreso de la industria del postre. A partir de entonces se suceden atropellados cambios de personalidad. Reginald no se siente a gusto con ninguna, pero tampoco puede volver a ser Perrin. No es, al fin y al cabo, una novela humorística, aunque en ella hay humor y del desternillante, pero acoge también muchas más sensaciones; las relaciones sexuales, por ejemplo, están llenas de ternura y de podredumbre. Todo resulta ser extrañamente optimista, extrañamente triste.

Por César Prieto

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