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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La librería», Penelope Fitzgerald

Impedimenta nos invita a leer la tragicómica historia de Florence Green, quien tendrá que hacer frente a las trabas que todo un pueblo interpondrá ante su aspiración de abrir una librería en un viejo caserón...

Seguro que no soy el único que, al entrar en una librería, va en busca de los libros de Impedimenta, cuyo ya dilatado catálogo permite perderse en un universo único de literatura de calidad que, sin embargo, apuesta por dar a conocer a autores no siempre tan célebres como merecerían, pero que tienen mucho que ofrecer y complementar a las grandes figuras de la escritura.

La historia que Penelope Fitzgerald comparte en su novela, aparentemente sencilla, se complica a cada momento con la introducción de numerosos nudos argumentales que hacen de la protagonista una auténtica forastera en su tierra, un pequeño pueblo llamado Hardborough, “una isla entre el mar y el río, que murmuraba y se plegaba sobre sí mismo en cuanto sentía que llegaban los fríos otoñales”. Y es que la heroína de La librería, Florence, “tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir”.

Desde las primeras páginas, Fitzgerald (de quien se ha dicho que es “la más privilegiada heredera de Jane Austen”), nos envuelve en una atmósfera incómoda, a caballo entre la angustia y la ilusión, que hace de Florence Greene una suerte de títere que lucha por deshacerse de unos hilos en ocasiones demasiado rígidos (representados por los convencionalismos sociales y una anquilosada tradición), aunque la fatalidad a la que sus convecinos pretenden desplazarla, con contadas excepciones, no tendrá el resultado esperado.

Aunque al principio Florence lleva con cierto recato la iniciativa de su (¿)negocio(?) libresco, los habitantes de Hardborough acaban por enterarse y, por supuesto, comienzan a chismorrear: “-Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles”. En un entorno que destila espíritu pragmático, nadie entiende qué sentido puede guardar una empresa cultural que tenga por objeto la venta de libros… como no sea para conciliar el sueño. En este contexto, el libro es concebido como una rareza, como algo inverosímil que incluso atenta contra la dinámica de la vida de Hardborough.

No desvelaremos el final, aunque en esta novela quizás sea el desenlace lo menos importante. Lo auténticamente relevante es la voluntad inquebrantable de Florence por abrirse paso en un dominio que, aunque propio y conocido, le es hostil, y en cuyo camino tendrá como únicos compañeros a una inquietante niña, a un desconocido consejero y mecenas, y a un turbador poltergeist afincado en la librería.

Un verdadero homenaje a la buena literatura, a los libros y al oficio de librero que entretendrá y hará rechinar, en ocasiones, la conciencia del lector.

Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad.

Palabras de Florence Greene, protagonista de La librería

Por Carlos J. González Serrano

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