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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La librería de la rue Dupuytren o la expresión de una utopía

«Y, además, recuerde: en Méribel, durante aquella semana en la que reflexionamos todas las noches sobre la librería de nuestros sueños, llegamos a la conclusión de que, para lograr nuestro objetivo, necesitaríamos una librería así pero inglesa y en Inglaterra, una italiana en Italia, una española, una alemana, con una selección diferente cada vez, centrada en cada ocasión en un área lingüística y en un patrimonio literario particulares, de la misma manera en que en La Buena Novela se privilegia un fondo editorial francófono»...

… expresa Francesca, una de las empleadas de la exquisita librería gala que da nombre a la novela que nos ocupa. Con ello la autora Laurence Cossé (1950, Boulogne-Billancourt) trata de manifestar, en boca de Francesca, la vocación universal de una obra literaria que debía figurar, ya desde su impresión en el país vecino, por derecho propio en la colección de novelas que tributan en el sello Impedimenta. Así, tres años después de su bautizo editorial francés, la pieza literaria de Cossé amplia espacio geográfico al ser traducida a la lengua de Machado por parte de Isabel González-Gallarza, en una nueva apuesta de Impedimenta por dar a conocer obras que sin un cierto sentido de la osadía y de la valentía, dormirían el sueño de los justos en ese Departamento invisible de multitud de editoriales donde se acumulan propuestas sin que nadie ose reparar en las mismas.
Además de una pieza ociosa para «recolectores» de delicatessens, imbuidos por el arte de la lectura, en el que verbo o el adjetivo preciso produce un «efecto placebo», La Buena Novela razona sobre el territorio de la utopía, en que una idea vaga sobre la necesidad de concentrar en unos centenares de metros cuadrados obras literarias de enjundia lesivas a seguir criterios del gusto de la mayoría de público, acabe germinando y tornándose en un oasis dentro de una cultura en plena fase de desmenbramiento en la sociedad actual, en virtud de un rendimiento económico, por lo general, deficitario. Para construir esta «novela utópica» Cossé orilla el recurso epistolar que había empleado Helen Hanff en 84 Charing Cross Road (1970) —otra novela imprescindible para los amantes de la cultura que buscan refugio en las librerías out-system, que resuman olor a viejo—, dejando que el debate establecido entre librero y cliente quede acotado sumariamente, ya que el motor de la propuesta de la escritora francesa se circunscribe a los hombres y mujeres que hacen posible tamaño sueño. Cierto que resultan tan solo unos pocos —al frente de la intendencia, la citada Francesca Aldo-Valbelli (de linaje aristocrático) e Ivan «Van» Georg (con un pasado turbio a sus espaldas que tuvo en la literatura una pauta «redentora»)— los que quedan expuestos de cara al público (memorable las páginas que destina Cossé a establecer categorías de hipotéticos clientes), pero representa la punta del iceberg de un operativo en forma de comité de selección, responsable de filtrar los títulos que acaban conformando el patrimonio literario (con claro acento francófono) de La Buena Novela. Bajo criterios que para algunos puede sonar a sinónimo de pretenciosidad, elistismo o pedantería, o sendos calificativos a la vez, la librería parisina se hace visible el último día del mes de agosto de 2004 para acabar quedándose y formar parte de la inmensa red de librerías que siguen abasteciendo al país vecino. Entre los individuos que asoman por la librería de la Rue Dupuytren y que son descritos por Cossé —por lo general, sin reparar en demasía en sus respectivos aspectos físicos; espacio para que la imaginación del lector pueda poner cara, por ejemplo, a la joven Audrey Doudou, que podría ser un trasunto de la actriz de idéntico nombre y con un apellido de una fonética muy cercana—, se cuelan periodistas atraídos por ese fenómeno que, en ciertos casos, tratan de torpedear un proyecto nacido desde el entusiasmo, cuando no devoción, por la «alta literatura». Ataques desde el exterior que son repelidos por ese cuerpo de mando concretado en las personas de Ivan y Francesca, alma matters de una empresa que reside, como apuntaba, en el propósito de la utopía trazado por la pluma de un autora que no tardará, aventuro, a repetir presencia en el catálogo de Impedimenta. Del mismo no dudo que esa librería imaginada perlada de incunables, de obras mayúsculas de la Literatura de alcance internacional con domicilio fiscal en nuestro país (calculo que en casco antiguo de Madrid o en el Eixample barcelonés), extraería decenas de los títulos publicados por Impedimenta. Una empresa que, por ventura, se ha ido consolidando cada vez más en el suelo editorial español, capitaneado por Enrique Redel y operando en la «sombra» ese comité de sabios entre su legión de fieles lectores, que presumo recomiendan títulos leídos en las lenguas más diversas que todavía no han tenido traducción en papel con membrete made in spain. A vuela pluma, en esa soñada librería —émula de La Buena Novela— arraigada en Madrid, Barcelona o en cualquier capital de provincia del estado español, no resultaría ninguna sorpresa encontrar ediciones de La juguetería errante de Gervaise Fenn, Nostalgia de Mircea Cârtâcescu, La hija de Robert Poste de Stella Gibbons, Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay… y a soberbia La Buena Novela de Laurence Cossé. Todas ellas fácilmente distinguibles al tacto por la rugosidad de su cubierta e ilustraciones que sirven de puerta de entrada a un ejercicio de seducción a través del mundo de las palabras que ordenadas de forma conveniente se transforman en un arte tan placentero como la lectura.

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