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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Dos perlas orientales

En el prólogo de la exquisita novela “El país imaginado”, Alberto Manguel señala que China continúa siendo para la imaginación occidental el otro lado del espejo, a pesar de la Revolución Cultural, de la masacre de la Plaza de Tiananmén y del nuevo imperialismo comercial de la República Popular.

También podría decirse algo parecido de Japón y de ahí que la pareja de baile de esta reseña sea el “Buda en el Ático”. Ambas han sido merecidamente premiadas. “El país imaginado” está ambientada a principios del siglo XX y en ella una adolescente que vive a la espera de que sus padres le impongan un marido cuenta su fascinación por Xiaomei, la hija de un vendedor de pájaros, ciego. La protagonista, que no nos dice su nombre pero a quien Xiaomei llama Ling, se acerca primero a ésta con la intención de llamar la atención a sus padres para que incluyan a la chica en la lista de posibles novias para su hermano. Sin embargo, Ling acaba fascinada por la belleza de la joven y entabla una relación de amistad y enamoramientos inocentes. La recién fallecida abuela de Ling es uno de los personajes destacados puesto que desde ultratumba dialoga con su nieta y no sabemos si influye también en alguno de los acontecimientos. El autor de esta hermosa novela, que nos transporta al melancólico tiempo de la adolescencia, es el escritor argentino Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964). Ganadora en Argentina del premio “Las Américas”, “El país imaginado” es una obra llena de encanto, que parece pertenecer plenamente a la tradición literaria china y cuya fascinación poética va creciendo de principio a fin. También ha recibido premios, el Pen/Faulkner y el Femina, “Buda en el ático” de Julie Otsuka (Califormia, 1962. Es una breve y deliciosa novela coral narrada en primera persona del plural, cuyas protagonistas son las mujeres japonesas que viajaron a San Francisco para encontrarse con sus futuros maridos a los que solo habían conocido por carta. “Algunas éramos de Kioto. Algunas éramos de Nara. Algunas éramos de una pequeña aldea montañosa. Algunas éramos de Tokio. Algunas éramos de Hiroshima. La más joven de nosotras tenía doce años. La mayor tenía treinta y siete, era de Niigata. Algunas éramos de Kumamoto, donde no había hombres casaderos. Eché un vistazo a la foto y le dije a la casamentera: “Éste me vale.” Valga este fragmento, incluido en la contraportada del libro, como muestra del sugerente estilo de este libro que con el testimonio de muchas voces nos permite hacernos un retrato expresionista de la odisea que vivieron aquellas mujeres en un país desconocido y que en muchos casos viajaron engañadas y sus sueños de mejora se vieron traicionados.

Por Lluís Vergés

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