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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El rumor de los sueños

Entrar en las narraciones del rumano Mircea Catarescu, uno de los más destacados, si no el más, de las actuales letras rumanas, es penetrar en un mundo onírico, de atmósferas inasibles, como si se anduviese por una nebulosa que atrapa al tiempo que se desliza por los entresijos de las historias presentadas; siempre con la presencia de la niñez como impulso.

Sueños que abarcan una amplia gama de colores, mas siempre con el predominio de unas tonalidades oscuras.
A través de la lectura veremos que las referencias y comparaciones que se establecen en la esclarecedora introducción de Edmundo Paz Soldán no son para nada gratuitas o fruto de un desmadrado departamento de marketing; así desfilan los nombres de Kafka, Borges, Bruno Schulz , Lewis Carroll , Cortázar o Bioy Casares y desde luego se pueden observar parecidos de familia con todos ellos y otros maestros de la narrativa, en especial en su distancia corta.
A pesar de que el libro sea presentado como novela, de hecho estamos ante unos relatos adosados que se abren con uno de antología, un verdadero regalo para los lectores. Titulado “El Ruletista”, en protagonista es un hombre al que no le ha sonreído la fortuna a lo largo de su dilatada existencia, mas en el colmo de la paradoja, hace fortuna, precisamente, jugando a la ruleta rusa. Si este primer cuento es anunciado como prólogo, luego bajo el título de la obra se presentan otros tres que no decaen en intensidad brumosa con respecto al primero. En “El Mendébil”, un joven con mágicos poderes ve como estos desaparecen en la medida que nace su sexualidad y se ve cercado por unos cuantos seguidores. Los gemelos se detiene en la ira juvenil en plena efervescencia lo que va a conducir en línea directa al relato que constituye el eje de la obra, “REM”, en donde nos es presentada Nana, una mujer madura que se enamora de un estudiante de liceo con el escenario de atmósferas cargadas del Bucarest de la época, la de Ceausescu.
Concluye en libro con un epílogo de tonos musicales, “El arquitecto”. Entre los relatos no hay tiempo muerto, al igual que no lo hay entre las frases que forman la escritura del autor, que, al tiempo, nos hace partícipes de sus reflexiones sobre el acto de escribir.
Podría sentirse la tentación de ubicar al escritor, sin forzar las cosas, en los pagos cercanos al surrealismo. A un surrealismo oscuro, a veces iluminado con focos de luz, cuyo origen no se detecta claramente, como en los lienzos barrocos; precisamente la prosa de Casarescu avanza en una medida diseminación cargada , que hace que el lector se sienta rebotado en un juego de espejos que reflejan distintos rincónes del alma de la incontinencia narradora, arribando en algunos momentos a la sensación similar –cambiando lo que se haya de cambiar– que le hacía preguntarse a Hugo de qué está hecho el mañana.
Aquí la interrogación que planea es la de: de qué están hechos la realidad y los sueños, una pregunta que se desliza en la mente del lector acompañada de otros cuestionamientos: dónde queda la razón en este nivel del funcionamiento cerebral humano, cuando este mundo aparte que asoma y hasta invade la visión del mundo de los sujetos, que resultan las más de las veces sujetados por esa materia inconsciente, erigiéndose tal en el topos privilegiado desde el que se enfoca… desde este punto ciego, al tiempo que luminoso, se expresa la desbordante prosa del escritor rumano.
Tal postura origina una extrañeza envolvente que ineludiblemente aprehende al lector como si de una pegajosa tela de araña se tratase y, en ese terreno, la fantasía se adueña de las páginas y de quien lee sus narraciones tiñéndolos de unos tonos acordes con los de la imagen de la cubierta.
Se habla de Mircea Cartarescu como un sempiterno candidato al Nobel de literatura. No entraré en tales terrenos de méritos y adivinaciones, pero sí me atrevo a decir que estamos ante un grandísimo escritor, ante una gran obra de las que atrapa y marca época…y esto sí que nada tiene que ver con el mundo de los sueños, sino con el de la realidad pura.

Por Iñaki URDANIBIA

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