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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La estética de la ‘grandeur’

Cuando el futuro presidente de los nacientes EEUU John Adams fue enviado como embajador ante la corte de Francia con objeto de recaudar ayuda para su revolución, fue sorprendido por las preguntas sobre el poco interés que parecían despertar en él, y en general en el pueblo al que venía a representar, las artes, el hedonismo, el ocio al fin y al cabo.

Adams estaba convencido de que había una secuencia de aprendizaje ideal para que una comunidad progresara: si a la suya le había tocado luchar con las armas y la diplomacia, la de su hijo debería ser la que construyera una sociedad de leyes gracias al derecho, la ciencia y la filosofía, para que sus nietos pudieran disfrutar de la música, de la literatura, del arte en general, para colmar ese derecho a la felicidad que él mismo, como padre de la constitución, había aprobado en el texto fundacional de su país.
Recuerdo esta anécdota al leer Tratado de la vida elegante, publicado por Impedimenta, pues ya en su comienzo Balzac hace una distinción de clases, o de oficios, que parece coincidir con la del presidente Adams: “Las tres clases de personas que las costumbres modernas han creado son: el hombre que trabaja; el hombre que piensa; el hombre que no hace nada. De ahí derivan tres fórmulas de existencia […]: la vida ocupada; la vida de artista; la vida elegante”. Los de la primera clase no tienen tiempo de pensar más que en su penoso día a día, y mientras el artista se atormenta y deprime, el trabajador llama a su infelicidad cansancio.
Balzac hace así una destilación irónica y literaria de un pensamiento político profundo, que ya Adams había analizado precisamente al visitar su país un siglo antes, cuando la prodigalidad libertina de Versalles escandalizó al malencarado político americano. Los modos de esa tercera fórmula vital, que Balzac consideraba la mayor aspiración social posible, es lo que nos describe en este certero libro, publicado por primera vez en 1830 dentro de la serie que el autor denominaría Patología de la vida social.
En ese medio siglo entre una observación y otra había tenido lugar la revolución francesa, Robespierre y “El Terror”, Napoleón, de nuevo la monarquía, otra vez la república, con la extraña y aún vigente consecuencia de crear una mentalidad gala orgullosa de su alma revolucionaria y al mismo tiempo gustosa de un boato y un poder presidencial que convierte a su jefe de Estado en un rey sin corona.
Y pese a tantos cambios sociales, la consolidación de la burguesía, que imitaba esos gustos de la aristocracia a la que había detestado y contra cuyos privilegios se levantó, hizo que finalmente aquella ociosidad de la realeza, esa “vida elegante” contemplativa y esteta fuera abriéndose paso en la sociedad, hasta llegar a construir uno de los mitos masculinos del siglo XIX: el del dandi, que en Francia encontraría un discípulo aventajado en Jules Barbey d’ Aurevilly, autor de Sobre el dandismo, forma de ser y estar que traspasaría fronteras físicas y temporales, generacionales y artísticas hasta llegar a Oscar Wilde, quizá el personaje que más se asocia con dicha actitud vital.
Uno de los grandes valores de este libro (en edición impecable) es demostrarnos lo poco que, en algunos aspectos, hemos cambiado. No por casualidad Balzac es considerado uno de los grandes cronistas, no ya de toda una generación y un tiempo, sino de lo más perenne del alma humana.

Por Antonio García Maldonado

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