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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Un lugar en la cumbre, de John Braine

Hay grandes novelas construidas con la historia de arribistas, algunas más desvergonzadas, divertidas o desoladoras. Esta historia enseña muchos ángulos del retrato, destila un cinismo tan ácido, un humor tan oscuro que sólo se puede resistir porque el narrador es cruel, en primer lugar consigo mismo.

Joe Lampton, nuestro ambicioso héroe ya ha tenido su ración de guerra, de penuria y de una oscura ciudad industrial del norte de Inglaterra, cuya vida cotidiana define como “una farsa a lo Tiempos difíciles”. Es, al comienzo de su periplo un joven funcionario recién transferido a la más luminosa y próspera ciudad de Warley en donde comprueba cómo cambia la perspectiva de la vida simplemente con la posibilidad de poseer la belleza, el lujo y la comodidad.

Joe tiene cabeza y tiene encanto. En unos años podría haberse labrado una segura posición dentro de su negociado, podría haber escalado con paciencia y astucia la escala funcionarial pero ese camino es demasiado largo y laborioso y lleva a una meta tan aburrida, que para cuando la alcanzara seguro que ya estaría muerto por dentro. Como tiene encanto, esa cualidad que arrastra, que brilla y que atrae la suerte, se relaciona con las personas adecuadas, recupera la juventud que la guerra y su horrible ciudad natal le habían robado.

A pesar de su inteligencia y de su aparente buena fortuna, Joe es un idiota que no se hace ilusiones sobre sí mismo. Joe y su amigo Charles han diseñado toda una cosmogonía de la sociedad en la que viven, poblada por especímenes como los diferentes tipos de zombis: el Eficiente (funcionario modelo) o el Centelleante (con un Rolex por insignia), autómatas que cumplen a la perfección con el rol que de ellos espera la comedia humana.

Hay una deriva muy interesante en el relato: Joe vive en un mundo de hombres, en el que las ambiciones, las amistades y las emociones importantes son masculinas. Las mujeres eran necesarias como la cerveza, el tabaco o una cama caliente. Las mujeres bellas y refinadas eran importantes, un accesorio de lujo como un Aston Martin reluciente, un traje cortado a medida o un bronceado de la Costa Azul. Y entonces, casi en paralelo con la consecución del accesorio perfecto, de la más perfecta heredera, él entra al universo femenino a través de su amistad con Alice, una mujer mayor que él, casada y no muy feliz, una mujer con la que puede hablar, una mujer que por primera vez es algo más que un objeto. Con Alice se abre una ventana a un particular mundo femenino, el de esta talentosa y sofisticada dama de sociedad, a la tristeza que cubre esa brillante capa de barniz de lujo, un hermoso pájaro ornamental que está a punto de enloquecer de aburimiento y arrancarse las plumas.

De aquí en adelante Joe nos habla de los sacrificios que hay que hacer para llegar a la cima: como los sacerdotes de cultos antiguos ofrecían los corazones aún palpitantes de sus víctimas propiciatorias para agradar a un dios salvaje, él también paga con sangre al dios de la ambición. Vale la pena recordar que este tipo de ofrendas sólo funcionan si lo que se inmola es realmente valioso para el oferente. Y entonces lo consigue por fin llega a la cumbre, pero no logramos exhalar un suspiro de alivio porque tememos que por el camino nuestro Joe se haya zombificado, aunque el final del libro está tan bien logrado que tampoco podemos estar seguros de este extremo.

Me he entusiasmado tanto con Joe que no he contado nada de esas cosas pertinentes e importantes cuando se habla de un libro: John Braine lo escribió durante el período de convalescencia tras una tuberculosis y fue su exitosa ópera prima. Se publicó en 1957 y a su autor se le vinculó con el movimiento de los angry young men de la postguerra británica.

La edición de Impedimenta (2008), como siempre, cuidada y atenta al detalle. La traducción y la nota introductoria son de Enrique Gil Delgado. Me sorprende, nuevamente que un libro tan grande haya tenido que esperar tanto para ser reeditado en castellano, al parecer hubo alguna edición de la que no he podido encontrar datos pero llevaba décadas descatalogada.

En 1959 se hizo una estupenda adaptación cinematográfica por la que le dieron el Oscar a Simone Signoret, que se merecería aunque sólo hubiese sido por esta escena Room at the top cigarrette scene.

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