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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Un domingo en París

La vida de Jean de la Ville también lo fue: un misterio. Su madre, a quien Jean adoraba, publicó en 1935 una biografía sobre su hijo: Vie de Jean de la Ville de Mirmont (2 décembre 1886-28 novembre 1914) Ses vers inédits, ses lettres à ses parents, à ses amis, ses lettres de guerre, cuya localización por mi parte no ha tenido ningún éxito.

Los datos biográficos conocidos, los que constan en obras de referencia como el Diccionario de Autores de Bompiani (1956) apenas ocupan una docena de líneas, y probablemente son un resumen de la información que sobre Jean de la Ville se ha podido rescatar de algunos artículos escritos por François Mauriac, buen amigo de La Ville y Premio Nobel de Literatura en 1952. Otro escritor galo, Michel Houellebecq afirma que es uno de los grandes y desconocidos de la literatura francesa. Sin embargo, gracias a la publicación de su única novela al castellano, Los domingos de Jean Dézert (Impedimenta, 2009), los lectores tenemos la oportunidad de disfrutar de su genio creativo. En esta edición además se incluye un prefacio de Mauriac donde éste rememora su sólida amistad con De La Ville y nos acerca a la personalidad de su compañero bordelés de quien comenta que era un joven de desmesurada autoexigencia, con un desbordante carácter romántico que tanto le hacía sufrir y amar, que vivía con la obsesión de viajar y al que no le preocupaba ser un autor conocido.

“Yo creo que sufrió mucho. Aquel soñador no esquivaba la vida. Todo le suponía enriquecimiento. Sus primeros trabajos no le satisficieron mucho, y nunca quiso ser leído por muchos”.

Jean de la Ville nació en Burdeos el 2 de diciembre de 1886 en el seno de una familia burguesa y protestante. Su padre, Henri de La Ville, era un latinista famoso que ocupaba una plaza de profesor en la Universidad de esa ciudad, era traductor de Cicerón y miembro del Consejo Municipal.

La muerte temprana de un hermano y una hermana cuando Jean apenas tenía 10 años, avivó en él una fuerte dependencia de su madre. Estudió Literatura en la Universidad, trasladándose a París con 22 años para trabajar como funcionario en la Prefectura del Sena. Más tarde, entre 1912 y 1914, ejerció como secretario de la Oficina de Asistencia Social, una experiencia vital que le descubrió el mundo de miseria y enfermedad en el que se desenvolvía la gente de los suburbios, tan distinto a su modo de vida burgués. En 1914, al estallar la I Guerra Mundial, de La Ville se alistó como voluntario. Así lo cuenta su amigo Mauriac: “Así que se declaró la guerra, arregló sus papeles, reunió los versos que le parecieron dignos y corrió a las oficinas de reclutamiento para entrar en el servicio de las armas (del que había sido considerado incapaz por su extrema miopía).”Jean de La Ville de Mirmont murió en el frente de Verneuil el 28 de noviembre de 1914 con solo 28 años.

Antes de partir al frente, escribiría:

El gran Viaje.
Esta vez corazón mío, emprendemos el gran viaje
No sabemos cuándo vamos a regresar.
¿volveremos más orgullosos, más locos o más cuerdos?
¡Qué importa, corazón mío, puesto que nos vamos!
Antes de partir, mete en tu equipaje
Los más bellos deseos que vamos a ofrecer.
No eches nada de menos, pues otros rostros
Y otros amores nos consolarán.
Esta vez corazón mío, emprendemos el gran viaje.

*La traducción es de Lluis Mª Todó, traductor de la novela, Les Dimanches de Jean Dézert, al español.

Según puede leerse en la antología de John Taylor, en la obra del autor pueden distinguirse dos periodos muy diferentes. Su primera producción está marcada por la nostalgia, el ensueño, el anhelo del viaje. En los cuarenta y cinco poemas recogidos en L’Horizon Chimérique (1920), y en otros tantos publicados en distintas revistas y diarios franceses, De La Ville frecuenta el mar, el viaje y los barcos en su poética. El músico Gabriel Fauré, poco antes de morir, deslumbrado por la poética del joven bordalés, puso música a este poemario. François Mauriac habla de la influencia que ejercieron Ronsard, Du Bellay, Laforgue, Baudelaire y Rimbaud en esta primera época. En el segundo periodo, De La Ville dice adiós a su adolescencia creativa, abandona el simbolismo de su primera época para abrazar un tono más realista, atraído por el progreso tecnológico y la vida parisina. Su escritura tenderá a subrayar su postura cínica ante la realidad, tal y como comprobamos en Los domingos de Jean Dézert. A esta época pertenecen también: Lettres de guerre y la serie de Cuentos, ambos publicados de forma póstuma, y en los que De La Ville alude a ciertas temáticas que fueron importantes en su vida como la muerte temprana o la fatalidad del fracaso. Leí en alguna parte que el escritor era consciente de su fragilidad de carácter a la hora de afrontar la adversidad hasta el punto de intentar quitarse la vida bebiendo la tinta con la que escribía. Sería por ese carácter suyo que eligió vivir como un Robinson Crusoe en la Isla de Saint Louis, un lugar que en aquel tiempo era la más tranquila y desierta de todas las islas. La soledad, el fracaso y el suicidio también están presentes en su novela. ¿Fue Jean de La Ville un desertor de su propia vida cuando se empeñó en alistarse a pesar de que había sido excluido de la vida militar? Me temo que a esta cuestión ya nadie podrá contestarnos.

A pesar del pesimismo interior que como hemos visto afectaba a la personalidad de Jean de la Ville, como escritor sin embargo, la ironía y el humor eran armas infalibles en sus manos, Los domingos de Jean Dézert es una buena muestra de ello. Si hubiera vivido lo suficiente y hubiera nacido en EEUU, –no en Francia donde todavía los intelectuales discutían sobre si el cine proyectado en las ferias podía considerarse una expresión artística o no–. Si no hubiera muerto prematuramente, quizás se hubiera animado definitivamente a emprender un viaje al nuevo continente y allí trabajar como guionista en la meca del cine. Quién sabe. Sin embargo, la vida fue muy corta para el soldado, apenas un balbuceo. Me lo imagino en los años 30 o 40, en los grandes estudios de Hollywood escribiendo guiones a cuatro manos con Billy Wilder para Lubitsch o cualquier otro realizador de los grandes.

De La Ville seduce como novelista por su precisión en el dominio del lenguaje, provocando que con apenas un par de frases seamos capaces de visualizar y compartir con el escritor esos personajes que nos describe y las situaciones que les acontecen. La naturalidad en su forma de narrar es sin duda otro de sus logros; un valor inconfundible en los buenos escritores que sólo se gana corrigiendo el texto una y otra vez, depurando, reescribiendo…, en definitiva: trabajo y más trabajo.

Los domingos de Jean Dézert comienza así: “Vamos a llamar a ese joven Jean Dézert. A menos de tropezar con él, nadie lo distinguiría entre la multitud, de tan incoloro como va vestido.”

¿Qué es lo que tiene de particular entonces este Jean Dézert? Oigamos a su narrador en distintos momentos de la novela:
“(…) sobre todo, Jean Dézert hace suya una gran virtud: él sabe esperar. Durante la semana espera el domingo. En su ministerio, espera el ascenso, mientras espera la jubilación. Una vez jubilado, esperará la muerte. Él considera la vida una sala de espera para viajeros de tercera clase.”
“Jean Dézert no es ambicioso.”
“Jean Dézert no tiene envidia, ni siquiera de aquellos que detentan la verdad.”
“Sí, Jean Dézert es un resignado.”
“El domingo es la vida entera de Jean Dézert. A él le gusta ese día que pocas personas comprenden.”

En la primera parte se nos ofrece un divertido retrato del personaje y sus excentricidades, entre las que destaca su afición a pasear los domingos por París siguiendo los lugares y locales que aparecen en los anuncios publicitarios: “Piscinas de Oriente, Baños calientes para ambos sexos. A cualquier hora. Confort moderno. Masaje dado por ciegos.”

Antes de la hora del almuerzo, siguiendo el consejo del segundo anuncio decide visitar el “salón racional” donde se ofrecen “cuidados antisépticos”. Su paseo metodológico continúa por una comida frugal en un “restaurante vegetariano, antialcohólico, especialidades higiénicas –aparatos y utensilios para la economía culinaria–, ropa interior porosa”, tal y como se publicita en el anuncio. Allí se encontrará con un anciano con el que mantiene un escueto y estrambótico diálogo:
-¿Usted sólo come pan?
-Pan integral. Sólo aquí lo tienen bueno.
-¿Es un régimen?
-Sí y no. A decir verdad, es el único alimento posible para un hombre sensato. Lo he probado todo. Durante tres meses, comí unos setenta plátanos al día. Mi pensamiento se hacía espeso; me pasé al pan.
-¿Y le sienta bien?
-Me he vuelto muy dulce.

Y, casualidades del destino, tras concluir esta visita higiénica, Jean Dézert será invitado a disfrutar de los servicios de una meretriz, y que declina con la siguiente frase: Es algo que no está previsto en mi horario.
La historia continúa hacia un desenlace inesperado en el que ya comienza a adivinarse esa mueca triste que aparece tras la risa provocada por el absurdo. El absurdo que desencadena ciertas situaciones, la astucia en la construcción de los diálogos, la vivacidad del lenguaje, la concisión de las frases, poco tienen en común con la manera afectada en la que escribían muchos escritores de su época, interesados más por la estética que por el fondo de la historia.

Los domingos de Jean Dézert explotan en nuestras narices como una gran carcajada que termina con cierto sabor agrio: el misterio de la vida.

Por Yolanda Delgado García

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