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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Westwood», de Stella Gibbons

Stella Gibbons (1902-1989) fue una de las grandes novelistas inglesas del siglo XX. La mayoría la recordaréis por su obra más célebre y popular, «La hija de Robert Poste», una novela ingeniosa y divertida, ganadora del Premio Fémina en 1934 –uno de los grandes premios literarios franceses–.

En ella parodiaba el pesimismo rural de su compatriota Thomas Hardy (1840-1928), el autor de «Tess, la de los D’Urbervilles» o «Los habitantes del bosque»; novelas con desenlaces desafortunados en las que el destino de sus protagonistas se veía truncado por las imposiciones sociales. Esas diferencias de clase, no obstante, aún se percibían claramente en las novelas de principios y mediados del siglo XX, aunque poseían un matiz diferente, no tan arraigado en la tradición. En «Westwood» también lo veremos: la desigualdad aparece como un trasfondo constante de los acontecimientos, indisoluble del período histórico en que se sitúa.

Publicada en 1946, «Westwood» se ambienta en el bombardeado Londres de la Segunda Guerra Mundial. En este entorno melancólico, desesperanzado y desolador llega, procedente de la campiña inglesa, nuestra protagonista: Margaret Steggles, una joven maestra con aspiraciones culturales, soñadora, no demasiado atractiva, y de vida monótona. Su carácter contrasta vivamente con el de Hilda, su amiga íntima, una chica despreocupada y jovial, cuyo interés principal es el de flirtear con cualquier muchacho que se cruce en su camino. Hilda es el contrapunto ideal de Margaret; el único personaje que, a pesar de las miserias de la guerra, aporta a la narración algo de vitalidad y encanto. Pero la vida de Margaret cambiaría inesperadamente al poco tiempo de llegar a la capital. Una tarde, mientras se dirigía a Highgate –actualmente un barrio del norte de Londres–, encontró una cartilla de racionamiento perteneciente a Hebe Niland. Sabéis que el racionamiento era una medida impuesta por el gobierno en tiempos de guerra o hambruna, que limitaba el consumo de ciertos alimentos. Cada persona poseía una cartilla con una cantidad asignada de productos básicos, como el pan, el arroz o el aceite, que debía validar cada vez que se acercaba al comercio local. Perder una cartilla de racionamiento significaba perder una parte del sustento necesario en una época en que había escasez de productos de primera necesidad. Así que, debido a su importancia, Margaret decidió devolvérsela a su propietario. Este hecho fortuito la llevará a relacionarse con los Niland y los Challis, una familia de intelectuales y artistas de la aristocracia londinense, por los cuales nuestra joven protagonista sentirá una ferviente admiración.

Hampstead era menos pintoresco de lo que parecía desde la distancia. Como el resto de Londres, necesitaba una buena mano de pintura. Lo habían bombardeado fieramente, sus calles estaban desfiguradas por innumerables refugios de ladrillo y sus muros estaban empapelados de carteles que instruían a la población sobre cómo lidiar con las bombas mariposa o con las incendiarias. No obstante, había una nota de esperanza en aquellos rostros tristes y cetrinos y en esos acentos extraños. Jóvenes madres de resonantes voces empujaban cochecitos con bebés regordetes que parecían bellotas en su cascabillo, se saludaban efusivamente por encima de las cabezas provistas de tocados de las extranjeras y se preguntaban unas a otras si habían podido conseguir galletas o pescado.

La idea de mantener una relación de amistad con el mundo de la bohemia, con la alta sociedad londinense, entusiasmaba a Margaret. Ahora se abría ante ella un mundo nuevo lleno de placeres, una escala social diferente a la que acceder. Se le ofrecía la oportunidad de conocer y descubrir, poco a poco, la personalidad del pintor Alexander Niland y de su suegro, Gerard Challis, un famoso dramaturgo por el que se sentiría atraída. La novela gira en torno a las relaciones que Margaret establece con este círculo intelectual. No obstante, al final, la buena impresión que tenía de ellos, empezará a derrumbarse. Se dará cuenta de que también los más eruditos tienen defectos en su manera de sentir, de pensar y de actuar.

Stella Gibbons traza una historia no exenta de crítica social. Por una parte, nos advierte sobre las consecuencias de la guerra –principalmente de los efectos que tuvieron en Londres los bombardeos de la aviación alemana, la Luftwaffe, entre 1940 y 1941–; y por otra, nos ilustra sobre la decadencia de una sociedad destinada al fracaso, la de la aristocracia intelectual: la autora realiza, a través de una serie de personajes, como los Niland y los Challis, un retrato negativo de la alta sociedad inglesa, ilustre, refinada y cultivada. Todos esos elementos se mezclan en una novela interesante, irónica e ingeniosa en algunos puntos, pero decepcionante en su resolución final. «Westwood» no está a la altura de «La hija de Robert Poste». Le falta algo de vivacidad en su prosa, algo de gracia y fuerza literaria. Nos encontramos ante una novela correcta, potencialmente cautivadora por su argumento y de lectura fácil, pero que no atrapa al lector. Quizá sea por sus personajes: no llegamos nunca a empatizar con ellos. Sin embargo, a pesar de que a mí me dejó indiferente, quisiera no desmoralizaros de su lectura. Al contrario, os animo a darle una oportunidad si os gusta esta autora o habéis encontrado interesante el tema. Puede que a vosotros os atrape ese ingenio y energía de la que hace gala.

Por último, quiero mencionar la magnífica labor editorial de Impedimenta, siempre al servicio del lector más exigente. «Westwood» posee una traducción excelente, un buen encuadernado y una portada deliciosa, que atrapa sin necesidad de leer el argumento. La calidad es cara, pero, en ocasiones, vale la pena.

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