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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Reseña «El canto del cisne»

Hace unos cuantos meses se coló en mi estantería un tal Gervase Fen, profesor de literatura afincado en Oxford que junto a su infatigable compañero Richard Cadogan jugaba a resolver en sus ratos libres los más estrafalarios casos que podían caer en manos de la policía británica.

Lo cierto es que La juguetería errante, tercera de las muchas novelas protagonizadas por el investigador inglés y primera que se publicó en España gracias a la editorial Impedimenta, fue una lectura deliciosa, estimulante y en general, una auténtica sorpresa. Dado el rotundo éxito que cosechó su anterior entrega, puedo afirmar sin temor a equivocarme que El canto del cisne supone uno de los regresos más esperados de la presente temporada, un nuevo y excitante misterio que viene dispuesto a ejercitar nuestro lado más detectivesco.

Título: El canto del cisne
Autor: Edmund Crispin
Año de publicación: 2012
Género: Novela, misterio, policíaca
Editorial: Impedimenta
Páginas: 280
PVP: 19.95
ISBN: 9788415578222

Sinopsis

Cuando una encopetada compañía de ópera recala en Oxford para poner en marcha la primera producción posbélica de Los maestros cantores de Núremberg, de Wagner, la felicidad que reina en el ambiente pronto quedará ensombrecida por la aparición del odioso y molesto tenor Edwin Shorthouse. Todo el mundo tiene un motivo personal para odiar con toda su alma a Shorthouse, pero ¿quién de los presentes será tan torpe como para acabar con él ahorcándole y apuñalándole en su propio camerino, cerrado por dentro? Como dice Edmund Crispin en la primera línea de esta perspicaz novela: «Pocas criaturas hay en el mundo más estúpidas que un cantante».

Opinión

Como ya he dicho, y no me canso de repetirlo, tras lo mucho que me gustó La juguetería errante esta saga protagonizada por el profesor y detective Gervase Fen merecía indiscutiblemente una segunda oportunidad. Aunque se introducen bastantes elementos novedosos tanto en la trama, como en el desarrollo del caso y su posterior resolución, El canto del cisne es asimismo una novela de grandes ausencias: en esta ocasión no aparecen (ni desaparecen) jugueterías, tampoco abogados insufribles ni herederos sin escrúpulos, pero quizá la presencia que más se echa en falta es la de Richard Cadogan, antiguo compañero de Fen, sufridor nato y paciente de muchas y muy extrañas vicisitudes. La inconfundible nota de humor que suponía esta pareja detectivesca era uno de los principales motivos que me llevaron a continuar leyendo la serie, así que me llevé un chasco considerable al saber que el poeta Cadogan no aparecería en esta continuación inmediata de los sucesos acontecidos en La juguetería errante.

-Querida mía, ¿qué ocurre?
-Es solo… un miedo tonto… -dijo, y los tres se dieron cuenta de que estaba a punto de llorar-. Verás, es que… alguien ha estado a punto de envenenarme.

Sin embargo, el sentido del humor innato de Edmund Crispin sigue estando presente en El canto del cisne, novela que en contra de lo acostumbrado, no comienza con la aparición de un cadáver en los emplazamientos más insospechados, sino con el relato de lo que se cuece en el seno de una compañía teatral formada por personajes tan variopintos y bien cincelados como el apuesto Adam Langley, actor de incipiente reputación, su querida Elizabeth Harding o el insoportable Edwin Shorthouse, cantante de elevadas aspiraciones que verá prontamente interrumpida su carrera al estrellato al darse la desafortunada circunstancia de que alguien lo mata. Sin embargo, lo más extraño del crimen es que se produjo en el propio camerino de la víctima, cerrado a cal y canto y cuando no había nadie más dentro. Ante la imposibilidad de dar con el asesino, el profesor Gervase Fen se introducirá de lleno en el caso, siempre dispuesto a dar su peculiar punto de vista, aderezar la trama con su hilarante toque personal y redirigir la investigación hacia los derroteros más inauditos, por lo que el no saber en qué momento la historia puede dar un cambio brusco continúa siendo uno de sus rasgos más característicos y al mismo tiempo de los más atractivos.

Pocas criaturas hay en el mundo más estúpidas que un cantante. Es como si el ajuste milimétrico de la laringe, la glotis y los senos bucofaríngeos que se precisa para la generación hermosos tuviera que venir acompañado casi invariablemente -oh, cuán inescrutables son los caminos de la Providencia- de la estulticia propia de un ave de corral.

Pero sin duda alguna, lo que más me ha llamado la atención de El canto del cisne es que a medida que aparecen más pistas y se van conociendo más detalles del asesinato, el número de sospechosos no se reduce, sino que va en aumento. Todo el mundo tiene motivos para haber actuado contra Edwin ya sea por su endiablado carácter, su desesperante comportamiento durante los ensayos, su encubierta y a la vez polémica relación amorosa o simplemente por hacerse con su papel en la función, por lo que las ganas de saber cómo se resolverá finalmente el caso se disparan conforme se acerca el final. Edmund Crispin ha sabido hilar con maestría una trama intensa, impredecible, repleta de giros argumentales y además, salpicada de numerosas referencias a las más importantes piezas del género dramático y a los más destacados compositores de la época. Quizá lo que menos brille de todo el conjunto sea precisamente el final, por ser un tanto atropellado y confuso, aunque muy coherente con las pistas proporcionadas durante el resto del libro. Pero si os gustó La juguetería errante, en El canto del cisne encontraréis una excelente continuación que vuelve a reunir todo lo bueno del primer caso, confirmándose así como una de las sagas detectivescas más prometedoras del panorama actual. Si aún no habéis tenido el privilegio de adentraros en los misterios del gran Gervase Fen, ánimo, el asesino os anda esperando.

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