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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«La palabra heredada», de Eudora Welty

La palabra heredada no es sólo un manual del buen escribir o los trucos de formación del buen escritor. Es también un tributo. Un tributo a la propia vida.

Poco a poco, pero con paso firme, se va afianzando la notable propuesta editorial de Impedimenta que está generando un bellísimo catálogo –las obras son de una factura irreprochable- que en sólo cinco años nos ha surtido de sorprendentes novedades alternando el rescate de obras olvidadas de clásicos consagrados con la puesta en conocimiento de desconocidos en nuestro entorno que, gracias a la labor difusora de la editorial, han pasado a ser parte de nuestro canon por derecho propio.
Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001) no es una desconocida entre nosotros. El lector avisado podía tener noticia de esta magnífica autora a través de los comentarios de Truman Capote, por ejemplo, y, si no ando equivocado, su presencia en nuestro acervo bibliográfico se remonta a muy principios de los años 80. De hecho, la propia La palabra heredada había conocido una anterior edición, hoy inencontrable, de mano de Montesinos Editor, traducida por el mismo responsable de la versión actual, el prestigioso y solvente Miguel Martínez-Lage (a él se deben valiosas traducciones de Ernest Hemingway, Henry James, George Orwell, Virginia Woolf, Joseph Conrad, Edgar Allan Poe, Coetzee o Faulkner) –si bien su prematura y repentina desaparición dejó inconclusa la tarea, que ha sido coronada por los propios editores y la escritora Elena Medel-. Siendo, pues, Eudora Welty una ilustre conocida, la edición de La palabra heredada por parte de Impedimenta viene a completar el dibujo que el lector asiduo a la autora de Mississippi tiene de ella, mientras que para el que no haya tenido aún la fortuna de adentrase en su literatura tiene ahora la oportunidad inmejorable de conocer de primera mano los entresijos de la creación literaria –eso que llamaba Cocteau el secreto profesional- y conocer el andamiaje sobre el que se sustenta una voz, una mirada, un mundo, en definitiva elementos constituyentes de toda creación literaria que aspire a la grandeza y a la permanencia. Y, como recompensa, ese mismo lector que hoy se estrena con La palabra heredada y después se introduzca en el mundo de la Welty podrá disfrutar de una lectura más gozosa de sus ya clásicos Las batallas perdidas (Impedimenta, 2010), Boda en el Delta, El corazón de los Ponder, La hija del optimista, Las manzanas doradas o La novia del bandido.
“Escuchar” y “Aprender a ver” parecen un razonable programa para “Encontrar una voz”, títulos respectivos de las tres conferencias, pronunciadas en la Universidad de Harvard, en abril de 1983, que componen este volumen de La palabra heredada. A través de las tres conferencias asistimos a la formación de Eudora Welty como escritora. En la primera, “Escuchar”, la escritora de Jackson nos relata los años de su infancia en los que la palabra heredada se refiere tanto a los libros heredados –sus primeras lecturas- como –y más importante- las conversaciones de los mayores –conversaciones sin importancia, acaso chismes de pueblo o relatos familiares- pero que en la cabeza de la pequeña Welty se ordenan como una narración, educan su oído, y la enseñan a contemplar el mundo como una historia a la que no son ajenos ninguno de los componentes esenciales del buen narrar como la voz del narrador, la composición en escenas, los diálogos, la distancia del narrador ante lo contado, sin olvidar el valor intrínseco de la palabra –base esencial sobre la que se sustenta el hecho literario-, su sensualidad y su alquimia para, en la relación de unas palabras con otras, obtener, un acontecimiento significativo del mundo, a la vez mágico y revelador. En “Aprender a ver”, Eudora Welty adquiere conciencia del mundo y de que el relato, la narración hunde sus raíces en algo más lejano que el acontecer cotidiano y que los personajes cercanos y familiares que rodean a la escritora, y de que la historia se forma a base de hilos invisibles que unen personas, paisajes y épocas, cuyo mensaje oculto que hay que descifrar constituye la esencia de la tarea de escribir. Eudora Welty lo llama su “mirada retrospectiva” que fluye hacia la “confluencia”. Aquí son importantes tanto el peso de la genealogía como la intuición de la existencia una voz profunda de la naturaleza que suscribirían nuestro Valle-Inclán de La lámpara maravillosa o el Joan Maragall del Elogio de la palabra. Y los viajes, el viaje: la conciencia de las fronteras y de la diferencia. La tercera conferencia, “Encontrar una voz” es la más “profesional” de las tres piezas. Nos ofrece noticia relevante de sus primeros trabajos como “Acróbatas en un parque”, “Muerte de un viajante” (que el lector encontrará en Una cortina de follaje) o “Música desde España” (Las manzanas doradas) cuya ejecución le muestran a su propia autora el sentido último que marca su escritura (“mi verdadero tema: las relaciones humanas”) en la estela de la gran novela americana del siglo xx (Scott Fitzgerald, Cheever, Capote, Vonnegut, Bellow…), con su dominio de la perspectiva, la línea de visión, el encuadre –ese canon, esa poética, que en el fondo es una manera de ver y que también identificamos en el otro gran arte narrativo norteamericano, el cine, sobre todo el de los 40 y 50, y que en Welty de igual manera adquiere forma en su predilección por la fotografía (“la fotografía me enseñó a captar la fugacidad de las cosas”).
Para finalizar, La palabra heredada no es sólo un manual del buen escribir o los trucos de formación del buen escritor. Es también un tributo. Un tributo a la propia vida, a la vida familiar, a los padres, al manantial –ese río que hidrata la vida de la familia protagonista de El río, de Rummer Godden, que luego llevara al cine magistralmente Jean Renoir- que fluye por las venas de abuelos, padres e hijos. Por la comunidad de la que uno forma parte. Sin todo ello no hay escritura, parece decirnos Welty: “La memoria es algo vivo; la memoria es tránsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive; lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, los vivos y los muertos. Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida. Una vida así puede ser, también, una vida colmada de retos. Y todo reto serio, ambicioso, surge ante todo de nuestro interior.”
Poco a poco, pero con paso firme, se va afianzando la notable propuesta editorial de Impedimenta que está generando un bellísimo catálogo –las obras son de una factura irreprochable- que en sólo cinco años nos ha surtido de sorprendentes novedades alternando el rescate de obras olvidadas de clásicos consagrados con la puesta en conocimiento de desconocidos en nuestro entorno que, gracias a la labor difusora de la editorial, han pasado a ser parte de nuestro canon por derecho propio.
Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001) no es una desconocida entre nosotros. El lector avisado podía tener noticia de esta magnífica autora a través de los comentarios de Truman Capote, por ejemplo, y, si no ando equivocado, su presencia en nuestro acervo bibliográfico se remonta a muy principios de los años 80. De hecho, la propia La palabra heredada había conocido una anterior edición, hoy inencontrable, de mano de Montesinos Editor, traducida por el mismo responsable de la versión actual, el prestigioso y solvente Miguel Martínez-Lage (a él se deben valiosas traducciones de Ernest Hemingway, Henry James, George Orwell, Virginia Woolf, Joseph Conrad, Edgar Allan Poe, Coetzee o Faulkner) –si bien su prematura y repentina desaparición dejó inconclusa la tarea, que ha sido coronada por los propios editores y la escritora Elena Medel-. Siendo, pues, Eudora Welty una ilustre conocida, la edición de La palabra heredada por parte de Impedimenta viene a completar el dibujo que el lector asiduo a la autora de Mississippi tiene de ella, mientras que para el que no haya tenido aún la fortuna de adentrase en su literatura tiene ahora la oportunidad inmejorable de conocer de primera mano los entresijos de la creación literaria –eso que llamaba Cocteau el secreto profesional- y conocer el andamiaje sobre el que se sustenta una voz, una mirada, un mundo, en definitiva elementos constituyentes de toda creación literaria que aspire a la grandeza y a la permanencia. Y, como recompensa, ese mismo lector que hoy se estrena con La palabra heredada y después se introduzca en el mundo de la Welty podrá disfrutar de una lectura más gozosa de sus ya clásicos Las batallas perdidas (Impedimenta, 2010), Boda en el Delta, El corazón de los Ponder, La hija del optimista, Las manzanas doradas o La novia del bandido.
“Escuchar” y “Aprender a ver” parecen un razonable programa para “Encontrar una voz”, títulos respectivos de las tres conferencias, pronunciadas en la Universidad de Harvard, en abril de 1983, que componen este volumen de La palabra heredada. A través de las tres conferencias asistimos a la formación de Eudora Welty como escritora. En la primera, “Escuchar”, la escritora de Jackson nos relata los años de su infancia en los que la palabra heredada se refiere tanto a los libros heredados –sus primeras lecturas- como –y más importante- las conversaciones de los mayores –conversaciones sin importancia, acaso chismes de pueblo o relatos familiares- pero que en la cabeza de la pequeña Welty se ordenan como una narración, educan su oído, y la enseñan a contemplar el mundo como una historia a la que no son ajenos ninguno de los componentes esenciales del buen narrar como la voz del narrador, la composición en escenas, los diálogos, la distancia del narrador ante lo contado, sin olvidar el valor intrínseco de la palabra –base esencial sobre la que se sustenta el hecho literario-, su sensualidad y su alquimia para, en la relación de unas palabras con otras, obtener, un acontecimiento significativo del mundo, a la vez mágico y revelador. En “Aprender a ver”, Eudora Welty adquiere conciencia del mundo y de que el relato, la narración hunde sus raíces en algo más lejano que el acontecer cotidiano y que los personajes cercanos y familiares que rodean a la escritora, y de que la historia se forma a base de hilos invisibles que unen personas, paisajes y épocas, cuyo mensaje oculto que hay que descifrar constituye la esencia de la tarea de escribir. Eudora Welty lo llama su “mirada retrospectiva” que fluye hacia la “confluencia”. Aquí son importantes tanto el peso de la genealogía como la intuición de la existencia una voz profunda de la naturaleza que suscribirían nuestro Valle-Inclán de La lámpara maravillosa o el Joan Maragall del Elogio de la palabra. Y los viajes, el viaje: la conciencia de las fronteras y de la diferencia. La tercera conferencia, “Encontrar una voz” es la más “profesional” de las tres piezas. Nos ofrece noticia relevante de sus primeros trabajos como “Acróbatas en un parque”, “Muerte de un viajante” (que el lector encontrará en Una cortina de follaje) o “Música desde España” (Las manzanas doradas) cuya ejecución le muestran a su propia autora el sentido último que marca su escritura (“mi verdadero tema: las relaciones humanas”) en la estela de la gran novela americana del siglo xx (Scott Fitzgerald, Cheever, Capote, Vonnegut, Bellow…), con su dominio de la perspectiva, la línea de visión, el encuadre –ese canon, esa poética, que en el fondo es una manera de ver y que también identificamos en el otro gran arte narrativo norteamericano, el cine, sobre todo el de los 40 y 50, y que en Welty de igual manera adquiere forma en su predilección por la fotografía (“la fotografía me enseñó a captar la fugacidad de las cosas”).
Para finalizar, La palabra heredada no es sólo un manual del buen escribir o los trucos de formación del buen escritor. Es también un tributo. Un tributo a la propia vida, a la vida familiar, a los padres, al manantial –ese río que hidrata la vida de la familia protagonista de El río, de Rummer Godden, que luego llevara al cine magistralmente Jean Renoir- que fluye por las venas de abuelos, padres e hijos. Por la comunidad de la que uno forma parte. Sin todo ello no hay escritura, parece decirnos Welty: “La memoria es algo vivo; la memoria es tránsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive; lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, los vivos y los muertos. Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida. Una vida así puede ser, también, una vida colmada de retos. Y todo reto serio, ambicioso, surge ante todo de nuestro interior.”

Poco a poco, pero con paso firme, se va afianzando la notable propuesta editorial de Impedimenta que está generando un bellísimo catálogo –las obras son de una factura irreprochable- que en sólo cinco años nos ha surtido de sorprendentes novedades alternando el rescate de obras olvidadas de clásicos consagrados con la puesta en conocimiento de desconocidos en nuestro entorno que, gracias a la labor difusora de la editorial, han pasado a ser parte de nuestro canon por derecho propio.
Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001) no es una desconocida entre nosotros. El lector avisado podía tener noticia de esta magnífica autora a través de los comentarios de Truman Capote, por ejemplo, y, si no ando equivocado, su presencia en nuestro acervo bibliográfico se remonta a muy principios de los años 80. De hecho, la propia La palabra heredada había conocido una anterior edición, hoy inencontrable, de mano de Montesinos Editor, traducida por el mismo responsable de la versión actual, el prestigioso y solvente Miguel Martínez-Lage (a él se deben valiosas traducciones de Ernest Hemingway, Henry James, George Orwell, Virginia Woolf, Joseph Conrad, Edgar Allan Poe, Coetzee o Faulkner) –si bien su prematura y repentina desaparición dejó inconclusa la tarea, que ha sido coronada por los propios editores y la escritora Elena Medel-. Siendo, pues, Eudora Welty una ilustre conocida, la edición de La palabra heredada por parte de Impedimenta viene a completar el dibujo que el lector asiduo a la autora de Mississippi tiene de ella, mientras que para el que no haya tenido aún la fortuna de adentrase en su literatura tiene ahora la oportunidad inmejorable de conocer de primera mano los entresijos de la creación literaria –eso que llamaba Cocteau el secreto profesional- y conocer el andamiaje sobre el que se sustenta una voz, una mirada, un mundo, en definitiva elementos constituyentes de toda creación literaria que aspire a la grandeza y a la permanencia. Y, como recompensa, ese mismo lector que hoy se estrena con La palabra heredada y después se introduzca en el mundo de la Welty podrá disfrutar de una lectura más gozosa de sus ya clásicos Las batallas perdidas (Impedimenta, 2010), Boda en el Delta, El corazón de los Ponder, La hija del optimista, Las manzanas doradas o La novia del bandido.
“Escuchar” y “Aprender a ver” parecen un razonable programa para “Encontrar una voz”, títulos respectivos de las tres conferencias, pronunciadas en la Universidad de Harvard, en abril de 1983, que componen este volumen de La palabra heredada. A través de las tres conferencias asistimos a la formación de Eudora Welty como escritora. En la primera, “Escuchar”, la escritora de Jackson nos relata los años de su infancia en los que la palabra heredada se refiere tanto a los libros heredados –sus primeras lecturas- como –y más importante- las conversaciones de los mayores –conversaciones sin importancia, acaso chismes de pueblo o relatos familiares- pero que en la cabeza de la pequeña Welty se ordenan como una narración, educan su oído, y la enseñan a contemplar el mundo como una historia a la que no son ajenos ninguno de los componentes esenciales del buen narrar como la voz del narrador, la composición en escenas, los diálogos, la distancia del narrador ante lo contado, sin olvidar el valor intrínseco de la palabra –base esencial sobre la que se sustenta el hecho literario-, su sensualidad y su alquimia para, en la relación de unas palabras con otras, obtener, un acontecimiento significativo del mundo, a la vez mágico y revelador. En “Aprender a ver”, Eudora Welty adquiere conciencia del mundo y de que el relato, la narración hunde sus raíces en algo más lejano que el acontecer cotidiano y que los personajes cercanos y familiares que rodean a la escritora, y de que la historia se forma a base de hilos invisibles que unen personas, paisajes y épocas, cuyo mensaje oculto que hay que descifrar constituye la esencia de la tarea de escribir. Eudora Welty lo llama su “mirada retrospectiva” que fluye hacia la “confluencia”. Aquí son importantes tanto el peso de la genealogía como la intuición de la existencia una voz profunda de la naturaleza que suscribirían nuestro Valle-Inclán de La lámpara maravillosa o el Joan Maragall del Elogio de la palabra. Y los viajes, el viaje: la conciencia de las fronteras y de la diferencia. La tercera conferencia, “Encontrar una voz” es la más “profesional” de las tres piezas. Nos ofrece noticia relevante de sus primeros trabajos como “Acróbatas en un parque”, “Muerte de un viajante” (que el lector encontrará en Una cortina de follaje) o “Música desde España” (Las manzanas doradas) cuya ejecución le muestran a su propia autora el sentido último que marca su escritura (“mi verdadero tema: las relaciones humanas”) en la estela de la gran novela americana del siglo xx (Scott Fitzgerald, Cheever, Capote, Vonnegut, Bellow…), con su dominio de la perspectiva, la línea de visión, el encuadre –ese canon, esa poética, que en el fondo es una manera de ver y que también identificamos en el otro gran arte narrativo norteamericano, el cine, sobre todo el de los 40 y 50, y que en Welty de igual manera adquiere forma en su predilección por la fotografía (“la fotografía me enseñó a captar la fugacidad de las cosas”).
Para finalizar, La palabra heredada no es sólo un manual del buen escribir o los trucos de formación del buen escritor. Es también un tributo. Un tributo a la propia vida, a la vida familiar, a los padres, al manantial –ese río que hidrata la vida de la familia protagonista de El río, de Rummer Godden, que luego llevara al cine magistralmente Jean Renoir- que fluye por las venas de abuelos, padres e hijos. Por la comunidad de la que uno forma parte. Sin todo ello no hay escritura, parece decirnos Welty: “La memoria es algo vivo; la memoria es tránsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive; lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente, los vivos y los muertos. Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida. Una vida así puede ser, también, una vida colmada de retos. Y todo reto serio, ambicioso, surge ante todo de nuestro interior.”

Por Juan José Martín Ramos

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