cabecera 1080x140
Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La China imaginada

Y para un buen escritor idear una ficción en lugares que desconoce o que no conoce a fondo es tan solo cuestión de tener algo con lo que se nace o no se nace: talento. Berti demuestra que lo tiene, y que los premios Las Américas y Emecé obtenidos con esta novela no le tocaron en una tómbola.

El argentino Eduardo Berti ha escrito un libro ambientado en la China de los años treinta del siglo XX que, a ojos occidentales, parece escrito por un chino. ¿Por qué será? ¿Porque ha vivido largo tiempo en China, porque tiene ascendencia china, porque se dedica a la importación y exportación de productos chinos, porque ha estudiado chino, porque está casado con una china?

No, no, no, no y no. Si acaso porque viajó por China durante un par de meses, porque es amigo de la profesora con la que su mujer lleva siete años estudiando chino, porque como editor publicó Historias de China, de Lafcadio Hearn, o porque, lisa y llanamente, le fascina China. Así que llego a la conclusión de que la atmósfera local que transpira El país imaginado (Impedimenta), la sensación de autenticidad que desprende, se debe sobre todo a que Berti es un buen escritor. Y para un buen escritor idear una ficción en lugares que desconoce o que no conoce a fondo es tan solo cuestión de tener algo con lo que se nace o no se nace: talento. Berti demuestra que lo tiene, y que los premios Las Américas y Emecé obtenidos con esta novela no le tocaron en una tómbola.

El país imaginado fluye como un río de aguas propicias al meandro perezoso al relatar la relación entre dos adolescentes enamoradas de su amistad clandestina, con sutiles ecos de erotismo intuido y que viven en un mundo marcado por tradiciones tales como los matrimonios concertados, el respeto a los fantasmas, el culto a los muertos e inquietantes ritos funerarios. Una de las protagonistas ni siquiera es de carne y hueso, sino el fantasma de la fallecida abuela de una de las dos chicas, con la que ésta se comunica en sueños.

Entre los toques antropológicos, destaca la descripción de la boda de una joven muerta con el joven al que amó, costumbre de la que Berti tuvo noticia por el Manual de supersticiones chinas, del jesuita francés Henri Doré. Otro hábito ancestral que recoge el novelista argentino consiste en retirar la almohada de la cama de un moribundo para que expire en paz, ya que en chino una misma palabra significa paz y horizontal.

Pese a desarrollarse en una época en la que gran parte del Imperio del Centro estaba ocupada por los japoneses, la trama se detiene con sosiego en los pequeños detalles de la vida cotidiana, ya sea el canto de un mirlo, los árboles de un parque o el tocado de las dos amigas. Ese ritmo lento hace avanzar sin embargo el río de la vida, y conduce a una de las jóvenes hasta la infelicidad, porque “el mundo es así, algo que promete hacerse y jamás se hace en forma definitiva”.

El país al que hace referencia el título es, en primera lectura, la muerte, “el último de una serie de países imaginados, el país que nunca dejamos de imaginar porque no tenemos de él ninguna imagen real”. Pero también es una China a la que Berti recrea desde la imaginación, el más poderoso de los instrumentos literarios, el único capaz de construir una realidad tanto o más real que la realidad misma.

Por Luis Matías López

Scroll Up